Opinión

Si eres francesa, ¿naciste en Francia?


 
Es cierto: los que aparecen en la televisión revestidos de periodistas suelen no serlo, a veces.
 
Vea usted qué clase de entrevistas realizan los locutores afamados, que cobran lo que una veintena de humildes reporteros juntos. Se acerca André Marín al uruguayo Gustavo Matosas, que acaba de lograr para su equipo, el León, una victoria más para aproximarlo a la senda del campeonato.
 
—Matosas, ¿qué sigue? —pregunta el hombre del micrófono.
 
El entrenador responde, con lógica inquebrantable:
 
—La semifinal.
 
Obvio.
 
¿Para qué preguntarlo?
 
El mismo locutor, ahora con un ex jugador que ha llevado a su equipo, por fin, al campeonato. Todos los futbolistas festejan, aúllan, gritan, se abrazan, están eufóricos, la alegría se les sale de los ojos. Se acerca André Marín al técnico que ha ganado la volátil corona para ponerle el micrófono en la boca. Casi se la ensarta. Y le pregunta:
 
—Alfredo Tena, ¿contento?
 
Uf.
 
¿No era visible su felicidad? Ni modo que el entrenador dijera que en ese momento estaba apabullado por la tristeza, o contrariado, o angustiado, o expectante por la aparición de algún meteorito que destrozara en ese instante el estadio.
 
Sin embargo, pese a su mediana labor periodística, a André Marín no le falta jamás trabajo, incluso en cada televisora donde va aumentan considerablemente sus emolumentos.
 
En una supuesta mesa redonda, un trío de conductores de televisión, entre ellos incluso un director de un diario deportivo, cuestiona —que es un decir— a José Manuel, Chepo, de la Torre, el entrenador de la selección mexicana, para saber de sus planteamientos, de sus procederes, de sus eficacias futboleras. Y de pronto, como impulsado por su espíritu de investigación, el que dirige un periódico, que no se diferencia en absoluto de sus compañeros de la televisión (los que probablemente ni periodistas son), pregunta, de manera directa, sin vacilaciones, al grano:
 
¿Eres mamón?
 
Y todavía el técnico de la oncena tricolor responde que no, para nada, él no es pedante, no es presuntuoso. Etcétera.
 
¿Qué consignas periodísticas impondrá a sus reporteros, entonces? ¿Cómo se va a hacer respetar haciendo esos papelones en la televisión? Si esas preguntas formula el director, ¿qué cuestionamientos harán los reporteros?, ¿quién supervisará los contenidos?, ¿cómo avalarán una buena entrevista?
 
Y esto ocurre en la pantalla casera una y otra vez, como si fuera el pan natural de cada día.
 
Estas situaciones no sólo suceden, por supuesto, en las esferas futboleras.
 
Adela Micha tiene enfrente suyo a la magnífica cantante europea Emma Shapplin.
 
La soprano irradia belleza.
 
Adela Micha la mira pensando, tal vez, en lo bonita que es, ciertamente (Emma Shapplin, no ella), y le dice, por empezar la plática:
 
—Eres francesa, ¿verdad?
 
Breve pausa, y, en seguida, la prestigiada periodista, premiada numerosas veces —e incluso revestida doctora Honoris Causa ya— interroga:
 
—¿Dónde naciste?
 
Luego de estos dislates pregunta, pensando, acaso, que Emma Shapplin es una artista como las que ella está acostumbrada a entrevistar —que es un decir, pero además no importa ya que ella sola, debido a su ímpetu mediático, gana lo que una treintena de reporteros juntos—, como lo hace con varias de sus colegas de Televisa (porque en esa empresa, hagan lo que hagan —ya cantar, o actuar, o entrevistar—, todos son colegas: allí ya son globales, pues hacen lo que se requiera en el momento), y le dice a Emma Shapplin, creyendo tal vez que se lo está preguntando a Lucero, o a Yuri, o Belinda:
 
—¿Quién te descubrió?
 
Pero la soprano no es un continente, ni una 'estrella' impulsada por la industria, ni una artista inducida por el espectáculo a vender millones de copias a cambio de pertenecer a la farándula de las vanidades.
 
No.
 
Es como lo que acontece con los grandes conciertos. Las televisoras sólo buscan a las 'estrellas' promovidas por la industria discográfica, jamás a los músicos que se han hecho portentosos caminos ellos solos, como, digamos, Bruce Springsteen, quien, cuando vino a México —en diciembre de 2012—, no llenó ni siquiera el Palacio de los Deportes (con una ingeniería acústica lamentable), ni fue requerido por los locutores. Para qué, a lo mejor ni sabían quién era. ¡Pero qué tal Italia! Acaba de estar el roquero en Milán, la semana pasada (tal vez en el centro de unas 50,000 personas al pendiente de su audición), con un sonido que fluía a la perfección hasta en el último asiento del estadio. Y buscado tanto por la prensa escrita como por los conductores televisivos. Era nada menos que Bruce Springsteen.
 
Y estuvo bien que no lo buscaran los locutores mexicanos, finalmente.
 
Porque me imagino a Adela Micha preguntándole cosas como ésta, por ejemplo:
 
—Tocas la guitarra, ¿verdad?
 
Y luego:
 
—¿Cuál es tu instrumento favorito, entonces?
 
Y el admirado Springsteen contemplándola sorprendido, como no queriendo creer que esas cosas le sucedieran justamente a él.
 
Ni qué decir que lo entrevistara un periodista deportivo.
 
¿Te gusta el rock? —le preguntaría, tal vez, André Marín.
 
O, mejor, el director del diario deportivo, queriendo ser rudo, crítico, agudo, lo cuestionaría a boca de jarro:
 
Dicen que eres cabrón, ¿es cierto?
 
Uf.