Opinión

Sexo, mentiras y debates

Hay palabras que en México, particularmente en el ámbito político, adoptan un significado muy alejado del contenido en los diccionarios. “Debate” es mucho más que una confrontación de ideas. Es un acto preliminar fundamental para que toda idea controversial sea legitimada. No hay proposición que valga si antes no ha pasado por el tamiz de los dimes y diretes de aquellos que están a favor y en contra. El debate es un fuego purificador que limpia la impureza y además certifica la ansiada pulcritud. Y, por supuesto, lo ideal es que “debata” la “sociedad civil” –otra expresión nebulosa que en México significa, generalmente, toda persona ajena a la política.

El “debate” debe estar abundantemente acompañado de adjetivos: abierto, exhaustivo, democrático, plural, profundo, de calidad… para que, obvio, no sea un falso debate. Ya con las respuestas a sus 10 preguntas sobre la reforma energética, Alfonso Cuarón enseguida llamó no a uno (que, obviamente, suena a poco) sino a tres grandes debates, por supuesto en televisión y horario de telenovela estelar. El público, considera el cineasta, está poco enterado de los pros y contras de la reforma energética. Probablemente es cierto. Sin embargo, es de dudarse que esos millones prenderán ansiosos la tele para seguir los dichos, réplicas y contrarréplicas de todos aquellos que se van a poner a “debatir”.

Lo más probable es que apaguen el aparato (o cambien de canal) al constatar que las infidelidades maritales de Luisa Fernanda con Francisco Antonio han sido suplantadas por una discusión sobre la insuficiencia tecnológica de Pemex para explotar depósitos de lutitas en aguas profundas.

Si alguien cree que los debates son fuente de información basta recordar el primero sostenido por los aspirantes presidenciales en 2012. ¿Lo más memorable? Las voluptuosas formas de la edecán que, sin decir palabra, repartió los turnos a los cuatro participantes. Más bien, en los debates escasean los hechos y campean las verdades a medias y mentiras completas. No en balde “debatir” es uno de los recursos más socorridos de los demagogos.

Además, ¿Quién va a querer “debatir” algo ya aprobado a nivel constitucional y con iniciativas de ley secundaria en el Congreso? Muchos. De entrada, todos aquellos que aman y gozan los reflectores –y no pueden ser vistos rechazando un “debate”. Raudos y veloces, políticos de todos los colores (incluyendo al PRI) dijeron estar completamente de acuerdo con Cuarón… y argumentaron que debatirán, mucho, en las Cámaras. Con la iniciativa legislativa sobre la mesa, las conclusiones de la mayoría de esos intercambios serán tan útiles y memorables como las discusiones bizantinas sobre el sexo de los ángeles.

Las preguntas iniciales de Cuarón valieron la pena, y los funcionarios relevantes hicieron muy bien en contestarlas en detalle. Pero el gobierno también actuó acertadamente al escurrir el bulto ante la segunda acometida del director (argumentando, precisamente, que los debates se darán en la esfera legislativa). Sin embargo, hubiera sido mejor defenderse de frente. La propiedad estatal del petróleo ha sido un desastre para la economía nacional, sólo extraordinariamente beneficiosa para grupos muy pequeños que por décadas han mamado en abundancia de las ubres de Pemex.

La apertura y liberalización no sólo eran necesarias, sino que incluso llegan tarde (como lo demuestra el reciente déficit comercial petrolero con Estados Unidos). Se puede debatir hasta el cansancio al respecto, pero es complicado sustentar que el status quo es lo ideal. Lo que debió argumentar el gobierno es que ya no era hora de debatir, sino de actuar. Pero, claro, habría sido acusado de evadir el “debate”.

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