Opinión

Sergio y lo mejor
de la vida

   
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sergio gonzalez rodriguez

A finales del siglo pasado, luego de una serie de investigaciones en Ciudad Juárez, el escritor Sergio González Rodríguez fue atacado en un taxi. Le hirieron las piernas con un desarmador, le golpearon la cabeza con una pistola. Eran los años de los asaltos en los autos de alquiler, pero la saña de los criminales en contra del también periodista da crédito a la sospecha de que se trató de un mensaje, de que estaban hartos de su reporteo aquellos para quienes la política y el crimen son indisolubles.

Semanas después del ataque, que requirió curación hospitalaria, Sergio comenzó a actuar de manera extraña. Su proceder de repente se volvió errático. En juntas de trabajo en el diario Reforma, donde trabaja desde hace 21 años, y en encuentros casuales, su lucidez se volvió confusión.

Le preguntabas una cosa y respondía sobre una materia totalmente distinta. Aunque algunos lo comentamos, no supimos advertir que algo grave estaba ocurriendo.

A los pocos días, una amiga llamó para decir ¿Sergio González es tu amigo verdad? Lo habían encontrado sin lentes y mal vestido en la calle. Extraviado en más de un sentido. El asalto criminal en el taxi estaba a punto de reventarle por dentro. Un enorme hematoma tenía secuestrado a su cerebro.

En medio de toda la tragedia, que literalmente puso en peligro su vida, surgió una solidaridad abrumadora para con Sergio (no existían las redes sociales, cabe mencionar): sus amigos se cooperaron para depositar en una cuenta bancaria a fin de saldar la operación de emergencia que se le tuvo que realizar en Médica Sur a las pocas horas.

Sergio González Rodríguez, lo sabemos muchos que llegamos hace años a la capital y encontramos en él a un maestro y a un amigo, cosechó en ese momento algo de la generosidad sin dobleces que ha prodigado siempre.

El tratamiento de Sergio requirió largos meses de reposo. Otro se hubiera vuelto loco en ese confinamiento. No es el caso de Sergio, un ser que ha vivido al límite la noche pero que todos los días a las seis de la mañana y sin pretexto acude a la cita con el teclado. De hecho, así fue a las pocas horas de salir del quirófano, cuando apenas pasado el efecto de la anestesia no había quien le pudiera seguir el paso en su diálogo, nuevamente ordenado y contundente.

Años después Sergio publicaría el libro La pandilla cósmica (aquí una reseña http://bit.ly/1OWbrD3). Entre otras cosas, en ese volumen Sergio cuenta lo que vivió esos meses en que su cerebro, arrinconado por el hematoma, comenzó a traicionarle. El relato es aterrador –¿quién no entra en pánico ante señales de que pudiera estar perdiendo la razón?–porque Sergio era consciente de la perplejidad que su errático proceder, el cual detalla con exactitud fotográfica, causaba en el entorno.

Pero Sergio volvió. Y en plan grande. Desde entonces, publicó entre muchos otros libros, Huesos en el desierto, 2002, y El hombre sin cabeza, 2009, textos indispensables para entender la violencia de estos años. Ha ganado el premio Anagrama de ensayo y sus libros viajan por el mundo en varios idiomas.

La Feria Internacional de Guadalajara ha anunciado que este año el homenaje por periodismo cultural será para González Rodríguez.

Enhorabuena para la FIL que se hace grande con este reconocimiento.
Lo mejor de la vida es la vida misma, le gusta decir a Sergio, citando a Enrique El Ojitos Meza.

No, lo mejor de la vida, digo yo ahora, son los amigos como Sergio. Felicidades por el homenaje, y gracias maestro.

IMAGEN: Fotograma tomado de YouTube, video original de kajanegra.com

Twitter: @SalCamarena

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