Texcoco, o cómo destrozar la confianza en un acto
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Texcoco, o cómo destrozar la confianza en un acto

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Texcoco, o cómo destrozar la confianza en un acto

02/11/2018

Ya no hay arreglo, incluso en el improbable caso que el Presidente Electo de marcha atrás. La cancelación del aeropuerto en Texcoco no tiene defensa. No la hay desde una perspectiva técnica o financiera, tampoco siquiera política. Es el primer desastre de magnitud en la historia de México que comete un Presidente electo. Andrés Manuel López Obrador se colocará la banda presidencial con una confianza en su persona y gobierno mucho menor a que había hace pocos días.

Cuando no hay justificación real, no hay comprensión posible. Los inversionistas extranjeros, y muchos mexicanos, no pretenderán siquiera escuchar lo que tengan que decir López Obrador o sus representantes, a toda prisa designados para argumentar que no ahogaron al niño en el pozo, sino que se encuentra nadando alegremente entre sus aguas.

El primer motivo es la “consulta” como pretexto para la cancelación. Una cuestión técnica, con un proyecto ya avanzado en su construcción, no puede ser resuelta por una masa ciudadana que, en su 99% (siendo generosos), sabrá mucho menos que los expertos que definieron Texcoco como el mejor lugar. El circo de los motivos aducidos para cuestionarlo fueron risibles: se empezó alegando corrupción en los contratos, se pasó por la calidad del suelo, y se acabó defendiendo un “lago” que muchos confundieron con el largamente extinto de Texcoco.

Simplemente, poner a votación lo que no debe votarse fue una acción demagógica, quizá aceptable como jugada política para justificar la continuación del proyecto, ridícula para cancelarlo. A ello deben añadirse los numerosos elementos (casillas selectivamente colocadas a lo largo del país, el desaseado proceso para “votar”) que tampoco permiten tomar esa consulta con seriedad. La excusa no fue solo demagógica, sino un insulto a la inteligencia.

La cancelación pone en el limbo decenas de miles de millones de pesos, en contratos y deudas. Agrega costos enormes, y sin cuantificar, de lo que implicará el cambio. Destruye la posibilidad que la CDMX se transforme en un “hub” aéreo que compita con ciudades como Miami o Panamá. Coloca en un futuro incierto la expansión en la capacidad de transporte que se requiere con urgencia. Confirmó que Santa Lucía no tiene sustento técnico alguno. Y, mostró, por supuesto, que el futuro Presidente primó sus ideas personales por sobre todo lo anterior.

Quizá López Obrador pensó que todo se arreglaría ofreciendo negociar, una especie de “amor y paz”. Que un “no pasa nada” surtiría efecto. Pero pasó. Igualmente grave fue su reacción a la reacción de los inversionistas. La depreciación del peso, las perspectivas negativas de las agencias calificadoras, fueron recibidas con un desdén digno de José López Portillo. La acción y palabras obradoristas mostraron no solo al demagogo, sino también al autoritario que espera todo se doblegue ante su voluntad. Con un solo acto, destruyó una confianza en el gobierno mexicano que tomó décadas construir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.