El futuro que ya fue
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El futuro que ya fue

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El futuro que ya fue

07/12/2018
Actualización 07/12/2018 - 14:33

Andrés Manuel López Obrador tiene una clara visión del México que desea para 2024. Ya capitán del barco, en su mapa ha dibujado una ruta directa al destino. Es un México próspero, con un bienestar que llega a los que menos tienen (“primero los pobres”). Un país orgulloso, con un nacionalismo robustecido. No hay titubeos en la mano que blande el timón o la voz que da órdenes al cuarto de máquinas. Tiene además a una tripulación en la que confía, y de la que no espera ningún motín o rebeldía. Las discrepancias, si las hay, se ventilan en privado.

El problema es que es una visión equivocada, anclada en un pasado que no puede volver, que proyecta un México que no puede regresar. Es una agenda anclada en el rechazo a la estrategia económica (el neoliberalismo) que ha sido la clave para que muchos países sean hoy ricos. Sus propuestas se nutren de ese 'anti' (el antineoliberalismo), sin entender que su rechazo debería ser al capitalismo de cuates, no al capitalismo. No importa si el Muro de Berlín cayo hace casi 30 años, el presidente de la República no lo considera como algo relevante.

Porque López Obrador no sueña con el futuro, sino con el pasado. Enaltece a un Antonio Ortiz Mena como un modelo de Secretario de Hacienda, destacando que era abogado y no economista (al parecer ignora que la licenciatura de Economía se estableció en México años después de que Ortiz Mena concluyera sus estudios universitarios). Habla del Desarrollo Estabilizador embelesado, ignorando que se trataba de un México proteccionista y estatista –o tal vez precisamente por eso.

Es el mundo de la juventud lejana de Obrador. Esa economía que se medía por los recursos naturales, sobre todo el codiciado petróleo (codiciado en 1974, claro). Con 29 años, en 1982, llegó ese detestado neoliberalismo. A sus ojos al parecer fue una larga, extraordinariamente larga, pesadilla con la que espera terminar. Seis sexenios más tarde, llegó su turno.

Es un presidente, como Echeverría, que ve con sospecha a los empresarios. No meterá reversa a la reforma energética, pero ha pisado el freno hasta el alto total. Su reproche es que invierten poco y producen menos, por lo que ha llegado de nuevo el turno de un Pemex revigorizado, como el que vio en el sureste mexicano setentero. Volkswagen anuncia que en menos de una década ya no producirá motores de combustión interna, AMLO sigue con la obsesión de una refinería (o incluso dos) para que el país deje de importar gasolinas.

En esta utopía no se mencionan los astronómicos gastos, menos las pérdidas financieras. La noción de los recursos escasos no existe en las ensoñaciones obradoristas, y cuando alguien las menciona entonces lo traduce como quiebra y bancarrota. Es de suponerse que el costo financiero (como en el caso de cancelar Texcoco, incluyendo la triste saga de los bonos que apenas inicia) es algo que no importa cuando estorba los sueños presidenciales.

Es una visión 1974 para 2024, el futuro que ya fue, y que terminó mal.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.