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Amloproa

09/11/2018
Actualización 09/11/2018 - 11:55

Una decisión aquí, declaración allá, acción otro día. El presidente electo acumula pérdidas para el país antes de ceñirse la banda tricolor. De manera abierta o invisible, mina la riqueza presente y futura de los mexicanos. En esa palabra que tanto le fascina, bienestar, ya acumula un enorme pasivo.

El costo total del Amloproa será incuantificable porque mucho pertenecerá al terreno del 'hubiera'. Ese crecimiento económico que hubiera ocurrido. Esa inversión que hubiera llegado por parte de un conglomerado extranjero, lo mismo ese turista que mejor viajó a otras tierras. Las emisiones de deuda pública, en pesos y moneda extranjera, que pagaron un rendimiento mayor al que hubieran tenido en otras circunstancias. Esos empleos que se hubieran creado por ese mexicano que se hubiera arriesgado a abrir o ampliar su empresa, pero ya no.

Peso y acciones se desploman, pero en cierto modo son engañosos, pues se recuperan. ¿Cuál hubiera sido su nivel sin ese golpe inicial y el posterior 'rebote'? Lo que puede afirmarse es que superior. Más preocupantes son las perspectivas de los inversionistas, nacionales y extranjeros. El presidente electo cree que puede hablar, negociar, compensar, presionar. Cierto, pero no considera a los que ahuyentó, aquellos que ya no llegarán ante su manifiesta arbitrariedad personal e incomprensión de esa economía que cree puede doblegar.

Sí hay acciones que serán cuantificables. La insensatez de cancelar el aeropuerto en Texcoco y optar por Santa Lucía puede cifrarse en cientos de miles de millones de pesos, entre lo perdido, compensado, lo que costará el nuevo proyecto que está por tener siquiera un dibujo serio. Perdonar a morosos de la Comisión Federal de Electricidad implicará una pérdida para la empresa de alrededor de 45 mil millones.

A ello habrá que agregar al menos 270 mil millones por dos elefantes blancos, que además es casi seguro perderán dinero al operar: la refinería de Tabasco y el Tren Maya. Dicha cifra de lo que costarán es del propio presidente electo, por lo que probablemente la realidad traerá sorpresas desagradables. En estos dos casos habría que agregar más incuantificables: un costo ambiental significativo, dado el daño a zonas protegidas por el ferrocarril, y la terquedad en adorar al petróleo.

Así se irán acumulando los costos, la mayoría imposibles de medir, para los habitantes de México. Representarán un lastre como los que heredaron los demagogos de antes que tuvieron visiones similares. Igual se les llenaba la boca hablando del bienestar del pueblo, y heredaron mayor pobreza. Porque en economía no hay nada gratis y se paga muy caro pretender lo contrario.

Sin llegar a diciembre, muchos ya sufren en carne propia los costos del Amloproa, sea en minusvalías en su Afore, sea con el espectro del desempleo para miles cuando se cancelen las obras en Texcoco. Es apenas el principio de lo que seguramente será un lastre brutal para todos mientras se habla con grandilocuencia de bienestar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.