Opinión

Sergey Lavrov da clases a John Kerry en la crisis


 
Si es cierto, como afirman el experto estadounidense Juan Cole y el portal Moon of Alabama, que el acuerdo alcanzado el sábado entre Rusia y Estados Unidos para el control de las armas químicas sirias constituye una derrota para los halcones de Washington, Barack Obama y Francia, además de marcar el regreso de Moscú a Oriente Medio y del mundo al orden multilateral, entonces habrá que reconocer el papel primordial jugado por Sergey Viktorovich Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa.
 
 
Canciller desde 2004 y, por tanto, responsable con Vladimir Putin de un periodo histórico que ha ido de la decadencia entreguista de Boris Yeltsin a la recuperación del poder y de la influencia del Kremlin, Lavrov, diplomático de carrera, ha dado clases durante la crisis siria a un John Kerry novato, que a lo largo de las complejas negociaciones se ha visto abrumado, confuso y cansado, hasta el grado de cometer el ya famoso “resbalón” de la semana pasada que abrió un resquicio aprovechado al máximo por su colega euroasiático para tomarle la palabra y convencer al régimen de Bashar el Assad de que era necesario el desarme químico.
 
 
Nacido en Moscú en 1950, de padre armenio y madre georgiana, Lavrov estudió en el instituto estatal capitalino de relaciones internacionales y empezó su trayectoria como asesor de la embajada soviética en Sri Lanka; más tarde fue enviado a Naciones Unidas y trabajó en la cancilleria en los difíciles años de la transición postcomunista, hasta suceder a Igor Ivanov como el número uno por órdenes de Putin.
 
 
Servidor civil
 
 
Considerado un servidor civil al estilo de Ivanov, antes que un político, Lavrov ––fumador empedernido y fanático del Spartak de Moscú–– es descrito por Chatham House, el think tank por excelencia de los asuntos mundiales en Gran Bretaña, como “duro, confiable y altamente sofísticado”, aunque no sería parte del primer círculo del presidente ruso ni artífice de lo que para los aliados representa un nuevo activismo que no teme desafiar a Occidente.
 
 
En cuanto a lo que puede ser la piedra angular de su prolongada gestión, el convenio sobre Siria, que aleja al menos temporalmente el riesgo de un ataque lanzado por una Casa Blanca tan errática, débil e inexperta como Kerry, frustrado aspirante en 2004 a suceder a George W. Bush, todavía hay mucho por señalar; basta por ahora con apuntar, citando a Cole, que otros de los grandes perdedores son Arabia Saudita, Turquía, Qatar e Israel, que exigieron a Estados Unidos cumplir sus amenazas.