Opinión

Apegos feroces

 
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libro

“Me levanté y escribí en mi diario: ‘El amor es una función de la vida emocional y pasiva, dependiente de otro ideal para alcanzar una resolución satisfactoria: la postura primitiva en la que nacemos. El trabajo es una función de la vida expresiva y activa y, aunque fracase, uno conserva el conocimiento fortalecedor del yo que actúa. Sólo cuando se niega el acceso a la vida imaginativa, uno se entrega por completo al amor’”. Esto señala Vivian Gornick en Apegos feroces, tras percibir su interior como un nido de gusanos devorando sus entrañas. A causa del amor. De los ensueños y placeres que provoca y, por consiguiente, de sus desencantos y dolores.

La de Gornick es una novela autobiográfica. De las conversaciones con su madre por las calles de Nueva York en los años ochenta se desprende una miríada de recuerdos y reflexiones en torno a éstos, que dan cuenta de las múltiples formas en que se constituye la vida de las personas. Al hacer recuento de su propia vida, la escritora  norteamericana pone en tela de juicio las ideas y los modelos que le dieron forma.

Por un lado el de su madre, emigrante judía afiliada en su juventud al movimiento obrero, actividad que deberá sacrificar, junto con su propio placer corporal, para cumplir su papel de esposa, madre y viuda sufriente. Por otro, el de Nettie, una joven y hermosa emigrante ucraniana, también viuda, vecina de Vivian y su familia, que hace uso de su sensualidad para seducir a los hombres y obtener cosas de ellos, y que vive su sexualidad sin tapujos y sin culpa. Si el primero se funda en la devoción a la idea del matrimonio feliz y el amor eterno, el segundo arraiga en el deseo, el interés y el placer carnal.

Ambos, sin embargo, requieren de un hombre, en el primer caso un marido, en el segundo un proveedor. Si su madre le dice: “La vida es insoportable sin un hombre al lado”, Nettie parece decirle: “Todos los hombres son un asco pero tienes que cazar a uno”. Es por eso que Gornick opta por construir su propia vía, la del trabajo y el pensamiento. Desde el momento en que percibe ese “espacio rectangular” que
comienza en la frente y acaba en las ingles, y que es capaz de ensancharse hasta abarcar todo su cuerpo, sabe que no podrá jamás experimentar un gozo igual, que ningún “te quiero” del mundo podrá compararse con esa sensación de seguridad, emoción y paz, fuera del alcance de influencias o amenazas, que le proporciona la actividad intelectual. “Nada puede tocarme. Estoy a salvo. Soy libre. Pienso”.

Aunque, claro, no siempre ocurre así: “Cuando pierdo la batalla del pensamiento, los límites se estrechan, el aire se contamina, la luz se nubla. Todo es vapor y niebla, y me cuesta respirar”.

A pesar de que Gornick nunca deja de creer en el papel transformador de las ideas, en el erotismo de las conversaciones intelectuales y en que el escritorio, y no la resolución satisfactoria del amor, sería su salvavidas, para nada es ajena al sentimiento. Tras su paso por la universidad, en donde el destino de muchas estudiantes como ella era casarse con uno de esos jóvenes brillantes que se convierten en protegidos, discípulos o compañeros intelectuales de los catedráticos célebres, contrae matrimonio con Stefan, un artista al que en realidad no desea sino que fantasea espiritualmente con él. Siente una gran desdicha a su lado, aliviada en ocasiones por el placer que es capaz de proporcionarle su cuerpo durante el sexo.

Luego de separarse, se enrolla con Davey, su amor platónico de juventud. Éste, sin embargo, comienza a enloquecer hasta enrolarse en un culto extraño, de esos que pululan en las sociedades de hoy, por lo que decide abandonarlo. Cerca de los cuarenta, conoce a Joe, un líder obrero veinte años mayor que ella, casado y con hijos, con el que entablará una relación muy larga, sudorosa e intensa, aunque circunscrita a las paredes de su apartamento. “Hablábamos hasta el frenesí, luego hacíamos el amor de forma salvaje y maravillosa, después nos desenganchábamos y continuábamos hablando”.

Y aunque vive esta relación sin ninguna culpa y acaricia la idea de vivir una vida sin futuro, a la larga reconoce que “aprender a vivir sin futuro es un ejercicio estéril”. Quiere un mundo más amplio, en el que además de su deseo, quepa también un amor que se ensancha día con día y que, dado que no tiene el espacio requerido, puede terminar por reventar y arrasar con todo. A fin de cuentas, se percata Gornick con
dolor, Joe sigue siendo la clase de hombre que piensa en términos de la ecuación “Hombre-Marido- Padre / Mujer-Esposa- Niña”. El tipo de hombre que divide a las mujeres en santas y putas, en “la madre de mis hijos” y objetos de satisfacción sexual.

Si algo logra el libro de Gornick es tumbar todas esas visiones preestablecidas, al demostrar que, a fin de cuentas, cada quien tiene derecho a vivir su vida con independencia de concepciones o ideas ajenas. Hacia el final del libro, en un nuevo desencuentro con su madre a causa de su constante regreso a su idea del Amor, Vivian la cuestiona: “¿Es que mi vida no significa nada para ti? ¿Nada en absoluto? […] ¿Es que no merezco reconocimiento por haber dado con una buena idea, mamá? ¿La de que una debería intentar vivir su propia vida? ¿Eso no cuenta, mamá?”.

Escrito por una de las figuras más relevantes del feminismo en Norteamérica —un movimiento que, al menos, puso en entredicho el modelo tradicional, según el cual las mujeres para realizarse como personas debían forzosamente casarse y tener hijos—, el libro de Gornick traspasa las fronteras de lo femenino. Nos conduce
necesariamente, sin importar el género, al cuestionamiento radical de nosotros mismos y de los presupuestos bajo los cuales actuamos. Y eso, claro que cuenta, y mucho.

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