Opinión

Sentir


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El Juli

Julián López El Juli ha sido un fenómeno en el mundo del toro desde su aparición como niño hace ya más de 20 años por los festivales en plazas españolas. Hemos escrito mucho de él los profesionales del toro; tiene varios libros en su honor; ha sido portada en todas las revistas especializadas en tauromaquia; incluso se ha convertido en figura social en el mundo, eso sí, cuidando su imagen y familia con honor y buen gusto.

Mandar en el toreo es sueño de todos y privilegio de pocos. El madrileño ha sido desde su irrupción como matador de toros, centro de atención, ataques y polémica. Su tauromaquia y su capacidad torera le han permitido aguantar, superar los ataques y demostrar que estamos ante un torero de época. La historia no podrá juzgarlo, deberá alabarlo, porque lo que ha hecho, hace y está por hacer, rebasa en muchos sentidos las predicciones de los expertos y críticos que se montan en la grandeza del toreo para intentar destacar, cuando el verdadero mérito está en tener la capacidad de interpretar la obra realizada por el torero y su colaborador, el toro.

El Juli está más allá del bien y del mal. Taurinamente hablando no hay profesional serio que no reconozca y admire su tauromaquia. Cientos de miles de personas han vibrado con su arte en prácticamente todas las plazas del mundo taurino. Los ganaderos del mundo han asumido el reto de crear un toro lo suficientemente bravo para lucir ante el inconmensurable poder del toreo de Julián.

El domingo pasado en la Plaza México fuimos testigos de una obra de arte de altos vuelos, complementada no sólo con la estética actual del toreo expresado por El Juli, sino por la desbordante capacidad lidiadora del madrileño. Su primer toro, un serio ejemplar de la ganadería de Montecristo, reunió las cualidades para permitir un gran toreo. Como no hay toro perfecto, es talento del torero trabajar con las virtudes y disminuir los defectos en el comportamiento de cada toro; así fue, El Juli supo ver al toro desde los primeros capotazos, vio su clase y su nobleza, pero se percató también que por el volumen del astado y su tendencia de salir suelto no se le debía forzar en los primeros tercios. Lo consintió y dejó medio a su aire en los dos primeros tercios de la lidia. Ya con la muleta, cuando nadie veía en el toro las condiciones para disfrutar del Juli, llegó el milagro del toreo. La nobleza del toro al embestir y el buen estilo para hacerlo, permitieron a Julián romperse, sentir y hacernos sentir; hizo cosas impensables, se pasó al toro por dónde quiso y le llevó con gusto y arte en muletazos muy largos, de suave ritmo.

Esta formidable foto captada por Tauroagencia describe la madurez de un hombre y su relación con el toro. El cuerpo del torero se funde en la embestida templada y humillada de un toro cuyo físico suma a la estética del toreo; la cadera quebrada marca el camino de la embestida sentida, del incomparable ritmo del toro mexicano que permite a los buenos toreros abandonarse, olvidarse del cuerpo, fundirse con el toro y sumar a un público que ávido de emociones disfruta de la magia que en el ruedo surge en unos segundos y dura para toda la vida.

Fue una borrachera de arte, de entrega y de valor. Para torear así hay que ser muy valiente, hay que estar dispuesto a todo, entregando el cuerpo al toreo. Permitir al toro la opción de tener al torero a su alcance es el verdadero valor. La bravura empujada por la nobleza, permite que el toro —siempre y cuando se le respete— sume a esta puesta en escena al torero, para así juntos fundirse como lo hacen los amantes, como lo hacen lienzo y pincel.

La sinrazón vino al negarle un trofeo, si bien la estocada de impecable ejecución y no perfecta colocación pudo restar la segunda oreja, la primera era de ley.

El Juli se unió en comunión en triunfal vuelta al ruedo, 35 mil almas conectadas al corazón del torero que entrega su vida para hacernos sentir.

Gracias, maestro, porque vivir como aficionado en su época es un privilegio.

Twitter: @rafaelcue

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