Opinión

Señales

 
1
 

 

Enrique Peña Nieto

Llevo días discutiendo con colegas y amigos la disculpa del presidente Peña Nieto el pasado lunes. Para unos es un 'perdón' tardío, que se negó a otorgar y reconocer en su momento, lo que permitió un daño considerable a la institución, a la investidura y a su propia reputación.

Para otros es una señal alentadora, positiva, que envía un mensaje de humildad, de aceptación, de reconocimiento.

Personalmente aplaudo el acto de contrición, no existen antecedentes
–más allá de aquel histórico y también histriónico de José López Portillo– en los que un presidente en turno ofrezca disculpas a la ciudadanía. Es positivo y favorable reconocer los errores, los desvíos, las malas decisiones.

A favor de los detractores es importante decir que la sola disculpa no concluye el capítulo, no erradica una conducta equívoca el reconocerla públicamente y ofrecer disculpas. Es, ciertamente, el primer paso, trascendente, significativo, pero sólo el primero. Muy importante será lo que venga después y acompañe la solicitud de perdón.

En esa ruta, dos señales muy positivas aparecen en el escenario nacional. La primera, la controversia constitucional presentada por el gobierno federal para detener los excesos transexenales de los gobernadores señalados por corrupción, desfalco, peculado, desvío de recursos y más delitos: Javier Duarte de Veracruz, Roberto Borge de Quintana Roo y César Duarte de Chihuahua. El ejercicio jurídico desde la presidencia apunta a detener –¡¡¡¡finalmente!!!!– a tres servidores públicos con graves señalamientos de corrupción, que este gobierno federal se había negado a investigar, procesar o siquiera cuestionar. La señal positiva consiste en impedir la impunidad, en bloquear las iniciativas que –vergonzosamente– sus congresos locales aprobaron y autorizaron, como el nombramiento de sus fiscales especiales, auditores y hasta escoltas protémpore en el caso de Borge.

Por meses insistimos en la acción enérgica por parte de la presidencia para detener estos excesos, para llamar a cuentas a los gobernantes, para iniciar procesos mediante alguno de los muchos instrumentos que la Federación sí tiene a su alcance. Imagine usted que tan sólo la Auditoría Superior de la Federación señaló observaciones al gobierno de Veracruz desde hace tres años. Si se hubiera actuado desde entonces, probablemente el desfalco hubiera sido menor.

La otra señal positiva, y este mérito es más de la ciudadanía, o mejor dicho, de las organizaciones de la sociedad civil (Transparencia, Imco, México Evalúa, Mexicanos contra la Corrupción y tantas otras) que impulsaron la aprobación del Sistema Nacional Anticorrupción. Como nunca antes en México, un grupo de representantes auténticamente ciudadanos trabajaron de forma conjunta con los legisladores: construyeron consensos, defendieron premisas, toleraron desplantes, atestiguaron la resistencia de la clase política mexicana a ser escrutada, cuestionada, forzada a rendir cuentas. Ejemplar el trabajo de estas organizaciones, educativo e ilustrativo ejercicio que demuestra lo que una iniciativa ciudadana puede alcanzar y construir. ¡Felicidades!

El sistema no es perfecto, la 3de3 no se alcanzó en su totalidad, pero el avance es rotundo y significativo. No teníamos estos instrumentos hace tan sólo seis meses y hoy están sentadas las bases para un ejercicio mucho más transparente de la función pública. ¿Qué sigue?

Justamente ahí es donde la acción presidencial debe acompañar a la disculpa para hacer esto trascendente.

Somos profesionales en este país por coleccionar leyes ejemplares en elegantes tomos de piel, que triste y lamentablemente no se aplican, no se ejercen, no se ponen en práctica. El Sistema Nacional Anticorrupción debe ser todo lo contrario. Es el instrumento más poderoso para que el gobierno, la Contraloría, la Función Pública reformada, fortalecida, actúe con vigor y ejemplaridad contra los corruptos.

De nada sirven las docenas de funcionarios de bajo o medio nivel, jefes de departamento o coordinadores que son consignados, inhabilitados.

Muchas veces son peones de aparatos extensos de corrupción, quienes entregan a un chivo expiatorio –con los pagos y las promesas a futuro– a cambio de mantener en la opaca impunidad a los 'grandes', a los visibles e importantes. Son, como ha dicho con precisión Eduardo Bohórquez de Transparencia Mexicana, redes de corrupción e impunidad las que el sistema debe perseguir, investigar, consignar y desmontar. La red completa, el aparato íntegro que impida su reproducción con otros personajes o nuevos funcionarios.

El futuro político del presidente Enrique Peña Nieto depende –casi exclusivamente– de la reconversión moral que él mismo y su administración logren de aquí al final del sexenio. La memoria que su nombre dejará en la historia del país, puede ser mucho más trascendente que las reformas y los eventuales resultados que puedan dar en los siguientes años. Sí y sólo sí –lo hemos dicho antes– este sistema anticorrupción viene acompañado por una vigorosa acción de combate a la corrupción, rendición de cuentas y transparencia. No hay otro camino. Lo demás se está haciendo y habrá que esperar a que se alcance el resultado.

Las señales positivas y alentadoras apuntan hacia una conciencia y una aceptación del problema, a un reconocimiento humilde que se despoja del poder y lo que conlleva. Puede ser un momento de inflexión, de quiebre, de golpe de timón como han señalado muchos. Es ahora que el gobierno puede lanzar una auténtica cruzada anticorrupción, que abarque todos los niveles, todos los sectores. Sí, a los funcionarios, pero también a quienes bailan y juegan ese vals desde el comercio, la industria y la empresa para obtener los beneficios, los contratos, las concesiones.

Hacemos votos por que las señales no sean sólo retórica, sino vital semilla de verdaderas acciones.

Twitter: @LKourchenko

También te puede interesar:
Las mentiras de la CNTE
El país de la opacidad
Descomposición