Opinión

Semana Santa, fe y dinero

 
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Esta semana dio inicio la Semana Santa, que alrededor del mundo se representa de diferente manera, sin embargo todas estas expresiones recrean algunos de los pasajes de la pasión de Cristo. (Reuters)

Para quienes dudan de la importancia que el Turismo Religioso tiene en la industria de los viajes, tendrían que ver que varias de las temporadas altas que se dan en esta actividad económica están determinadas precisamente por sucesos ligados a la fe.

Y no solamente en fechas tan significativas como la de Semana Santa –durante la cual tuvieron origen los principales símbolos del cristianismo--, por cuya celebración un gobierno laico como el mexicano determinó conceder dos días oficiales de asueto: jueves y viernes, debido a que la sociedad mexicana es mayoritariamente cristiana, sobre todo católica, a pesar del terreno que ha perdido en las últimas décadas frente a otros cultos.

A finales del siglo XIX, más del 99 por ciento de la población nacional era católica, en tanto que hoy –datos del INEGI del Censo de Población 2010–, existe un panorama muy plural, con decenas de creencias distintas, donde se incluye que casi el quince por ciento afirma no profesar ninguna religión.

Por lo que se ve, la batalla principal por retener o ganar adeptos se da dentro de quienes creen en Cristo como Dios, aunque la Iglesia Católica se ha visto mermada por otras denominaciones cristianas como protestantes, pentecostales, evangélicos y cristianos, seguidos de Adventistas del Séptimo Día, Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), Testigos de Jehová y judíos. No obstante, el INEGI precisa que también han ganado adeptos “expresiones de origen más reciente”.

Así tenemos que, de una población total de 112 millones, en números redondos en México existen 93 millones de católicos; 821 mil protestantes; un millón 782 mil pentecostales; cinco millones 783 mil cristianos y evangélicos; dos millones 538 mil bíblicos diferentes a los evangélicos; 67 mil judíos; cuatro mil islámicos y 18 mil con alguna otra creencia de origen oriental, entre otros. Los que no profesan nada suman cinco millones.

Y, aunque cada uno de ellos tiene sus propias fiestas y celebraciones, las únicas que impactan a toda la población en sus tradiciones son las cristianas: Navidad, Día de los Reyes Magos (juguetes para los niños y la rosca con muñequitos escondidos), el cual da pie para celebrar el Día de la Candelaria (tamales); Cuaresma (con el Miércoles de Ceniza y la vigilia de carne), a la que anteceden los carnavales; Semana Santa y Pascua (con famosas representaciones del martirio, muerte y resurrección de Jesucristo, como la de Iztapalapa en la Ciudad de México y la de Taxco, además de Morelia y San Luis Potosí, entre muchas otras); el Corpus Christi (Día de las Mulas) y, como no es mi intención hacer una lista precisa, hasta terminar con la celebración del Día de Muertos (gran fiesta sincrética con creencias prehispánicas) y, obvio, el Día de la Virgen de Guadalupe, cuyo santuario es el más visitado de todos los que hay en el mundo, incluyendo a la Basílica de San Pedro en El Vaticano.

A todas estas fechas podemos agregar los cientos o miles de fiestas patronales, tanto de vírgenes como de santos y santas que se diseminan en cada uno de los pueblos del país o, incluso hasta por sectores y barrios en las grandes ciudades. Tal vez uno de los casos más peculiares sea el del Niñopa, en la delegación Xochimilco, que es la imagen de un Niño Dios que no vive en ninguna iglesia, sino en los cuartos o departamentos que cada año le construye el Mayordomo en turno, mismo que tiene que anotarse en una lista y esperar hasta varias décadas para que le toque ser el anfitrión del niño.

Muchas de estas fiestas y conmemoraciones cumplen, más allá de lo religioso, con la atávica función de redistribuir la riqueza en un ámbito local, zona de influencia que se extiende dependiendo de la importancia de la celebración.

Y, un punto importante, todas –o la mayoría– provocan el desplazamiento de personas ya sea en recorridos cortos o largos, es decir: genera turismo, con su consecuente derrama de dinero, impactando en las economías locales y la nacional.

Según la Secretaría de Turismo, a cargo de Enrique de la Madrid, el principal periodo vacacional que recuerdan los mexicanos es el de verano, seguido de la Semana Santa, que da la oportunidad de viajar a millones de compatriotas. Claro que la mayoría no irá a rezar, pero, por ejemplo, San Luis Potosí espera recibir a 300 mil viajeros, Michoacán 610 mil e Iztapalapa a más de un millón de visitantes. Y ya no hablemos de lo que se registra en los destinos de playa.

Sí, todos, de alguna u otra forma, practicamos el Turismo Religioso a lo largo de todo el año.

Correo:garmenta@elfinanciero.com.mx

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