Opinión

Seis razones del desencanto electoral

 
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Ha permeado en la prensa escrita el argumento de que las elecciones del 4 de junio fueron un retroceso, una compra de voluntades, una elección de Estado e incluso un fraude simple y llanamente. En las redes sociales se respira enojo, frustración y desconfianza. El PAN ha emulado varios de esos argumentos y ha denunciado un fraude generalizado en Coahuila (este partido es acusado mientras tanto de cometer una elección de Estado en Veracruz, donde gobierna).

Morena ha denunciado fraude en el estado de México, aunque ha mantenido una protesta moderada y virtual en redes sociales. Nayarit es la única elección en la cual hubo aceptación del resultado sin que nadie haya protestado (ganó la oposición por 12 puntos).

¿Qué ha ocurrido? ¿Realmente hemos dado un paso atrás? ¿Corresponde el desánimo y la duda de las redes sociales con el funcionamiento del sistema electoral? ¿Merecen el INE y los órganos electorales locales la crítica que se ha desatado en su contra?
Primero hago una observación.

No he leído o escuchado ninguna versión o alegato en Coahuila o el Estado de México con elementos sólidos respecto a un presunto fraude electoral, eso es, la alteración de actas de votación y de resultados una vez que los votos fueron depositados en las urnas.

Esto es muy relevante para evitar confusiones: una cosa es el fraude en casilla o durante el escrutinio, cómputo y difusión de resultados, y otra los delitos cometidos durante las campañas y que pueden dar lugar a un piso desigual de competencia y eventualmente a la anulación de los comicios.

Hecha la observación, esbozo seis razones del desencanto. Primero, ganó el partido en el gobierno en dos entidades que nunca han experimentado alternancia, una de ellas tierra del presidente con más baja popularidad de la era moderna y lugar con graves problemas de inseguridad.

Coahuila, por su parte, además del endeudamiento, ha sido lugar de abuso político para beneficio familiar como lo es que un hermano suceda a otro en el gobierno (aunque después se enemisten).

En ambas entidades ganó el partido en el gobierno cuando 7 de cada 10 electores deseaban un cambio. Siempre que gana el partido en el gobierno por diferencias mínimas hay lío, no solo en México sino en el mundo. Y hay más lío cuando cunde la percepción de que la cancha de juego fue dispareja.

Segundo, el clientelismo electoral se ha detonado como una moneda de cambio para ganar adeptos en elecciones muy competidas. Clientelismo abarca prácticas “legales” (algunas indeseables) como la movilización el día de la jornada, persuasión puerta por puerta en las semanas previas y llamadas telefónicas el día “D” para que los simpatizantes acudan a la urna.

También hay prácticas que fueron ampliamente registradas por los medios: entrega de tarjetas para depósito de dinero en caso de que el candidato gane, pago por voto y pago por no votar (recoger credenciales de elector).

Tercera razón del desencanto son las prácticas de guerra sucia que no se habían presentado anteriormente o cuya incidencia aumentó. Por ejemplo, llamadas en la madrugada para pedir el voto a favor de un candidato a quien se desea afectar (Delfina en el Estado de México); infundir miedo en votantes (citatorios apócrifos de la Fepade a personas de bajos ingresos, quizá para deprimir el voto); las cabezas de cerdo en la sede de Morena en el estado de México; las calumnias en contra de candidatos (por ejemplo, Josefina Vázquez Mota).

Cuarta razón: proclamarse ganador sin resultados y acusar fraude después se ha convertido en un deporte de algunos partidos y políticos. Así ocurrió en 2006 y se ha mantenido de manera intermitente en varias elecciones. Cuando gana la oposición esa tentación desparece, pero resurge tan pronto gana el partido en el poder. Si en 2016 hubiese ganado el PRI la gubernatura de Chihuahua, se habría alegado fraude.

En Veracruz ocurrieron sucesos deleznables de intimidación, compra de voto y uso de recursos públicos en 2016, pero todo ello se opacó porque ganó la oposición.

Quinta razón, la legislación electoral es ineficaz y torpe para lidiar con los problemas reales de la democracia (gasto excesivo, clientelismo desbordado). Asimismo, la reforma electoral de 2014 generó un modelo híbrido que no asigna responsabilidades claras. Se le pide al INE actuar pero el responsable directo de una elección es el instituto local (Ople).

Se le pide al INE que atraiga la organización de elecciones, pero se hace semanas antes de la jornada electoral cuando la ley establece que debe ser antes de que inicie el proceso electoral. (Ello significa que los partidos que desconfíen de algún instituto electoral con elección en 2018 deben solicitar la atracción al INE antes de octubre, cuando inician los procesos electorales).

Por cierto, el PAN es el autor intelectual de la reforma de 2014 que según ese partido le quitaría influencia a los gobernadores. Pero ahora ese mismo partido dice que perdió en Coahuila por la injerencia del gobernador. ¿Y entonces qué pasó con su reforma centralizadora? ¿No debería haber rendición de cuentas de quienes hacen reformas y luego dicen que de nada sirvieron? ¿Cuánto costó ese cambio legislativo para que año con año tengamos las mismas quejas y falta de legitimidad de las elecciones?

Sexta causa y creo la más importante: el desencanto con los resultados electorales es simplemente el reflejo del enojo con la situación del país y con el desempeño de los gobiernos. Cuando nada cambia, gane quien gane, la gente acaba por descreer de todo.

Twitter: @LCUgalde

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