Opinión

Seguridad e indecisión

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Osorio Chong

El asesinato de la presidenta municipal de Temixco, Morelos, a unas horas de haber tomado posesión de su cargo, ha provocado justa indignación y preocupación. Lo que no provoca, me parece, como no lo ha provocado ningún acto criminal antes, es una decisión clara de enfrentar el tema de seguridad en México.

No quiero decir que los gobiernos no hayan propuesto medidas aparentemente útiles, desde el Sistema Nacional de Seguridad al Mando Único, pasando por lo que usted guste. Lo que no percibo es que se diga con toda claridad cuál es el origen del problema. No es el narco, aunque sea creencia generalizada. El problema es la inexistencia de la ley, para efectos prácticos. Me dirán que esto es obvio, pero lo que me interesa hacer notar es que no tenemos una falla de procedimientos tácticos, sino de inicio: no se cumple la ley.

Y me parece que para cumplir la ley se requieren dos pasos, únicamente. El primero, someter a todos, empezando por las autoridades. Por eso mi insistencia en que el Sistema Nacional Anticorrupción es la discusión más importante que tenemos en este año, y que su correcta implementación puede transformar por completo este país en unos pocos más. El segundo, necesitamos organismos fuertes para aplicar esa ley, porque no se trata sólo de convencer, hay que castigar a los que la infrinjan. Y eso significa dedicar recursos en serio a toda la cadena, desde la Policía hasta las cárceles, pasando por procuración, impartición y administración de justicia. Y eso exige triplicar lo que hoy gastamos.

Durante el siglo XX en México tuvimos niveles de violencia incluso mayores que los actuales, pero ocurrían lejos de las ciudades, y todavía le parecía a muchos razonable que así fuera, después de la guerra civil de inicios de siglo. Pero en las ciudades, incluso con Policía igual de deficiente que la actual, había pocos problemas. Era un régimen autoritario, y se entendía que no era buena idea enfrentarlo. Quienes se incorporaban al régimen, en cambio, podían cosechar su lealtad. Para nadie era secreto que el camino a la riqueza en México pasaba por la nómina gubernamental, y no por el esfuerzo empresarial.

A partir del inicio de la guerra contra las drogas en los setenta, hubo gran complicidad de mandos medios con criminales. Tal vez más que mandos medios, si las leyendas de la Brigada Blanca se pueden confirmar. Pero el fin del régimen autoritario en 1997, coincidente con la desaparición de Amado Carrillo, desató una nueva forma de negocios, que mostró el camino a miles de criminales potenciales. No todos inmiscuidos en el narco, pero todos aprovechando las inmensas lagunas en las leyes y su aplicación. La incapacidad policial se hizo entonces evidente, y entramos en el círculo vicioso que nos ha traído hasta acá.

Así, me parece que las dos causas de la magnitud de la inseguridad que vivimos proceden de ese viejo régimen: por un lado el uso de recursos públicos para generar lealtades, y por otro la construcción de un sistema de seguridad y justicia que no se pensaba utilizar nunca. Abusivos en el poder, inútiles en la aplicación de la ley. Eso es lo que hay que cambiar:

limitar a los poderosos y atraer a los mejores al sistema judicial y de seguridad.

Con un Sistema Nacional Anticorrupción funcionando, y un gasto en defensa, seguridad y justicia del triple del actual, no le quepa duda de que el Mando Único, o el Sistema Nacional, o lo que sea, funcionará. Sin eso, nada va a servir. Alinear incentivos y castigos, le dicen los expertos.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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