Opinión

Segunda vuelta, corazón
y cabeza

 
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Módulo especial urna elecciones

Las elecciones en el Estado de México y las presidenciales de 2018 expondrán el gran error histórico de no haber legislado la segunda vuelta en elecciones mexicanas. Es previsible que en 2019, a la luz de los posibles conflictos poselectorales que viviremos en los próximos dos años, los partidos finalmente acepten que es inaplazable adoptar una buena práctica y tendencia mundial.

En el Estado de México hay tres candidatos competitivos y uno en ascenso. La elección puede terminar en tercios, o bien, con dos candidatos en el rango de 28-32 puntos porcentuales y otros dos en el rango de 18-22. En ambos escenarios, quien gane será electo por una minoría de votantes en una elección sumamente competida y conflictiva que es además preámbulo de la elección presidencial de 2018. Si la distancia entre los punteros es de menos de cinco puntos, es casi costumbre que se solicite la anulación de la elección.

En 2018 es previsible que la competencia al final de las campañas se polarice entre dos, como en 2006, y el resto de los candidatos rezagados. Que así sea responde a que ante la falta de una segunda vuelta, los votantes desarrollan el voto estratégico: al inicio de las campañas la gente expresa simpatía por su candidato preferido pero después, en caso de que no tenga posibilidades reales de ganar, muchos optan por su segunda preferencia para evitar que otro –el más indeseable– gane. Eso es, dos vueltas compactadas en una sola.

Cuando hay dos rondas de votación, en la primera la gente vota de manera sincera y la segunda de manera estratégica. Eso da a la gente la oportunidad de un voto más reflexivo y brinda información relevante de la ubicación del electorado y sus preferencias. Según Pedro Kumamoto, con segunda vuelta la gente vota la primera vez con el corazón y la segunda con la cabeza.

En México la segunda vuelta tiene dos grandes enemigos que lo son además entre ellos mismos: el presidente de la República y Andrés Manuel López Obrador. El primero dijo a finales de octubre del año pasado, en un foro organizado por EL FINANCIERO, que la segunda vuelta construía “mayorías ficticias” y que era inoportuno pensar en esta modificación dada la cercanía de las elecciones de 2018.

López Obrador dice que la segunda vuelta sería una trampa de la mafia del poder para evitar que gane. En febrero de este año dijo que la iniciativa es una forma con la que el PRI y el PAN pueden aliarse para 2018 porque ya vieron que van a perder: “Ya están viendo que no van a poder solos y que se tienen que aliar”.

El primer argumento es falso. Que las mayorías de la segunda vuelta sean pasajeras no las hace ficticias. La segunda vuelta simplemente ayuda a ordenar las preferencias del electorado y evitar que el más repudiado gane la presidencia (eso puede ocurrir con los candidatos con más negativos). Sin ella, un partido o candidato con muchos negativos puede ganar simplemente porque tiene más votos que sus adversarios. Las dos vueltas permiten que la gente combine el corazón y la cabeza para elegir.

La segunda vuelta no fue diseñada para formar gobiernos estables de coalición (esa es otra discusión). En ocasiones puede derivar en alianzas perdurables, pero en ocasiones simplemente sirve para elegir al Ejecutivo.

Respecto al segundo argumento, la evidencia muestra que en más ocasiones ha habido alianzas anti-PRI que de éste con el PAN. De tal forma que el mayor temor ha sido del PRI, partido que ha enfrentado en los últimos años diversas alianzas del PAN con el PRD (el agua y aceite se dice para cuestionarlas).

No obstante, López Obrador teme que el voto estratégico que ocurrió en 2006 se repita en 2018, cuando un segmento del PRI, al ver que su candidato Roberto Madrazo estaba rezagado en el tercer sitio, decidió apoyar la campaña de Felipe Calderón ante el temor de que ganara AMLO.

Twitter: @LCUgalde

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