Opinión

Segunda parte

 
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Aún no se sabe si el INE repondrá el material quemado. (Quadratin)

Hoy arranca la segunda, y última, parte del gobierno de Enrique Peña Nieto. Ayer fueron las elecciones, y no puedo comentarle nada de ellas porque fui seleccionado como funcionario de casilla, de forma que este texto fue escrito antes del domingo. Ya mañana y en el resto de la semana habrá tiempo de analizar los resultados y elaborar escenarios.

Puesto que el interés público del día de hoy se concentrará en los resultados, es de suponer que casi cualquier otro tema será muy poco atendido, y eso hace difícil escribir colaboraciones como ésta. Sin embargo, me parece que hay algo que se puede comentar hoy: el proceso en que estamos es mucho más grande que la elección de ayer.

No quiero decir con esto que las elecciones no importen. Claro que importan. Son el mecanismo que tenemos para sustituir a quienes gobiernan. No por los mejores, sino por los que hay, que luego resulta desesperante para muchos. Antes de 1997, los mexicanos no teníamos esa posibilidad. Nuestra opinión era irrelevante. Hoy, nuestra opinión importa cuando votamos, y cuando presionamos de forma organizada al gobierno, el día que sea. De forma desorganizada, nunca sirve.

Sigo convencido de que el proceso en que estamos inició a mediados de los años ochenta, como resultado del absoluto fracaso del régimen de la Revolución, que se hizo patente en 1982. Hubo una primera ronda de reformas, especialmente económicas, dirigidas por un grupo que seguía usufructuando el control político tradicional. Pero las placas tectónicas del fin del régimen seguían moviéndose, y 1994 fue un año terrible, que nos dejó la gran crisis financiera de 1995 y la transición democrática de 1997.

Como he insistido, en 1997 no había sociedad civil, y el tránsito ocurrió del poder presidencial absoluto al poder de los partidos. El debilitamiento del gran árbitro permitió la disputa abierta y libre de los poderes fácticos, como después se les ha llamado: líderes sindicales, empresarios oligopólicos, gobernadores, crimen organizado, cada uno buscando controlar su espacio de poder, base de sus ingresos, que no son otra cosa que recursos extraídos al resto de los mexicanos.

Después de 12 años de inactividad de los partidos, la segunda etapa de las reformas resultó espectacular, y barrió de golpe con esos poderes fácticos, que han intentado defender sus privilegios con sus armas de siempre. Pero esos 12 años también sirvieron para que empezara a existir sociedad civil. Incipiente, débil, a veces confundida, pero hoy contamos con ella, a diferencia de 1997. Gracias a ello, las leyes de transparencia y contra la corrupción fueron mucho mejores de lo esperado, y también gracias a ella la reforma educativa ha podido avanzar, aunque sea poco, frente al monstruo que nos heredó el viejo régimen.

Derrotar al pasado no implica sólo cambiar leyes y quitar poder a estos grupos, requiere por encima de todo de un cambio mental que ha sido muy lento. Reconocer el fracaso de México en el siglo XX, es decir del régimen de la Revolución, y de la Revolución misma, no es cosa fácil. Por eso hemos tardado tanto.

Entender que sólo la sociedad civil organizada puede darnos un México competitivo, democrático y justo, y que ya no existe presidencia imperial, ni régimen corporativo, ni habrá jamás revolución que nos haga justicia, requiere un par de generaciones.

Vamos bien.

Twitter: @macariomx

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