Opinión

Segunda fase, algunas ideas

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La  marcha fue esta tarde del monumento a la Revolución a la Secretaría de Educación Pública. (Eladio Ortiz)

En 1950, la cobertura en educación primaria en México era de 61 por ciento. Cobertura es la comparación entre el número de niños (o jóvenes) en un cierto nivel educativo con el número de niños (o jóvenes) que tienen la edad para estar en ese nivel. Así, en 1950, 61 de cada 100 niños de entre seis y 12 años de edad estaban en primaria. Veinte años después, la cobertura era de 93 por ciento, y desde 1980 a la fecha la cifra ha rondado el 100 por ciento (en varios años ha sido mayor que eso, por niños menores de seis o mayores de 12 que están en ese nivel).

En secundaria, la cobertura en 1950 era de 4.0 por ciento, pero para 1970 ya era 30, 70 en 1990, y actualmente está cerca de 96 por ciento. En educación media superior, la cobertura era de apenas 2.0 por ciento en 1950, para 1970 era de 13, 38 en 1990 y ahora está alrededor de 67 por ciento. En educación superior este indicador no es muy útil, pero le puedo decir que la primera vez que tuvimos más de un millón de estudiantes en este nivel fue en 1990, y ahora andamos por 2.5 millones. (Toda la información de Inegi, cálculos míos).

México ha sido muy exitoso en incorporar a niños y jóvenes en la escuela. Varias políticas han auxiliado en ello, como por ejemplo Progresa-Oportunidades-Prospera, que indudablemente dio un impulso significativo para que pudiéramos llegar a prácticamente 100 por ciento de cobertura en toda la educación básica (es decir, hasta tercero de secundaria). Pero la calidad educativa es deplorable, según sabemos. El problema es que lo sabemos con certeza sólo en este siglo. Es decir, no podemos saber si el gran incremento en cobertura tiene que ver con el bajo nivel (más escuelas, pero cada vez de menor calidad), o si siempre ha sido así. Puesto que no tenemos información suficiente de cómo llegamos adonde estamos, me parece que lo más conveniente es compararnos con otros países para buscar soluciones.

Lo primero que podemos saber es que la cantidad de dinero que se gasta no es el problema. México es uno de los países que más invierte en educación (en términos comparativos). Tampoco los salarios de los maestros son el principal problema (aunque seguramente esto no les va a gustar): comparado con el ingreso promedio de sus habitantes, México es el país que más paga a sus maestros de secundaria, por ejemplo, según los datos de PISA 2009. Pero no dudo que en todo el tema del dinero hay mucho que puede mejorarse, sobre todo ahora que ya podemos empezar a saber de verdad cuántos maestros hay y cuánto ganan. Es fundamental que esta transparencia sea cada vez mayor y se garanticen los incentivos prometidos, como la Carrera Magisterial.

Un segundo elemento importante es que en México destinamos demasiado tiempo a ciencias sociales. Una cuarta parte del tiempo de nuestros niños y jóvenes se dedica a esto, el doble del país avanzado más cercano a nosotros (Suecia). Estas disciplinas son importantes, pero no para ocupar esa cantidad de tiempo. Y hablando de ello, no creo que jamás podamos tener un sistema educativo eficiente con cuatro horas y media de clase al día. Entiendo que ya hay mucho avance en jornadas extendidas y otras pruebas piloto. También me parece que en muchos lugares esto se complica porque las mismas instalaciones se utilizan para dos o hasta tres turnos, impidiendo dedicar seis o más horas a un grupo. Pero eso no es imposible de resolver.

En breve: no es necesario gastar mucho más, pero sí mucho mejor. Pero en lo relativo al tiempo, es necesario ampliar en ambas direcciones: más horas de clase, pero mejor distribuidas. Le seguimos.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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