Opinión

Secesión de Crimea,
¿por qué no
de Nuevo León?

La invasión rusa a Crimea presenta una violación alarmante a acuerdos internacionales. Independientemente de lo que sea, cuando se disolvió la Unión Soviética, Ucrania quedó con el tercer mayor arsenal nuclear del mundo con miles de cabezas nucleares. En 1994, firmaron el Memorándum de Budapest en el cual entregaron su armamento, a cambio de que Estados Unidos, Rusia y el Reino Unido se comprometieran a proteger la integridad territorial ucraniana. La anexión rusa de Crimea viola este acuerdo flagrantemente.

Rusia se saldrá con la suya. La posible retaliación estará limitada por la dependencia europea al gas ruso. Interrumpir ese comercio dolería a ambos, pero las ventajas de una dictadura están, entre otras cosas, en la mayor capacidad para imponerle el sacrificio al pueblo.

La población de Crimea eligió en un burdo referéndum –hecho al vapor y a punta de Kalashnikov– reintegrarse a Rusia, país del que se separaron en 1954 para volverse parte de Ucrania. Saldrán de una cleptocracia para regresar a otra. En el Índice de Percepción de Corrupción, Ucrania ocupa el lugar 144 de 177 países y Rusia el 127.

Claramente, la ausencia de Estado de derecho y la corrupción endémica no sólo contribuyeron al estancamiento social (su ingreso per cápita es la mitad que el de México) y a la crisis económica en Ucrania, sino que además crearon oligarquías grotescas en ambos países. Viktor Yanukovych, el depuesto líder ucraniano, se construyó un infame palacio multimillonario –hoy epítome de la corrupción– en 140 hectáreas en las afueras de Kiev. Cuando él manifestó su intención de alejarse de los planes de integración con la Unión Europea para regresar a la esfera rusa, el pueblo se levantó y lo depuso.

Los pueblos reaccionan contra la corrupción excesiva cuando se perciben acorralados, cuando no ven posibilidad de movilidad social, cuando son presa de violencia e inseguridad pero, sobre todo, cuando los oligarcas pierden el pudor y despliegan su riqueza sin recato alguno.

¿Cómo votaría la gente en México en estados como Tamaulipas o Nuevo León si tuvieran una posibilidad de secesión e integración, digamos, a Texas? Con certeza, ricos y pobres votarían diferente. Los ricos pueden manejarse dentro de un sistema en donde la falta de transparencia les puede incluso favorecer, o al menos tienen más cómo defenderse.

Si le preguntáramos a alguno de los más excesivos oligarcas mexicanos si en México hay Estado de derecho, seguramente responderían que lo hay. Ellos no pierden querella alguna, independientemente de si la ley les da o no la razón. Mucho han escrito académicos como Carlos Elizondo sobre el obsceno abuso del juicio de amparo, por ejemplo. El recurso, que era para que el débil se protegiera de los excesos de la autoridad, se ha vuelto una artimaña para mantener privilegios y preservar el status quo.

La gente pobre ha votado con los pies y ha construido otro Mexiquito al norte de la frontera. 33 millones de mexicanos viven en Estados Unidos, 12 millones de ellos nacidos en México. Aparentemente, en un país con leyes y reglas claras, hasta emprenden, a pesar de que la mayoría de ellos migró sin educación y sin recursos, y tuvo todo en contra al estar indocumentados. Ahí respetan la ley, pagan impuestos, son dueños de un millón de negocios, y generan un PIB de casi 1.5 billones (millones de millones) de dólares, 30 por ciento superior al que generan 117 millones de mexicanos en México, y del tamaño del de España.

La falta de un Estado de derecho inhibe esa capacidad empresarial por trámites excesivos y porque la gente sabe que si tienen éxito al desarrollar un negocio serán presa de ataque de empresas más poderosas que tienen al sistema en la bolsa, y de extorsión privada y hasta pública, proveniente ésta de funcionarios corruptos. Prefieren la economía informal. En términos de corrupción, la situación de México no es mucho mejor que la de Ucrania. Está en el lugar 106 en la encuesta antes mencionada, empatado con Argentina y Bolivia. Uruguay está en el sitio 19, Chile en el 22, Brasil 72, Perú 83 y Colombia 94.

Nada detonaría más desarrollo en México que un Estado de derecho. Pero, admitámoslo, a veces lo impiden quienes están mejor acomodados. No hay corrompido sin corruptor. Nuestra clase política es el espejo que refleja lo que somos y lo que queremos. Ojalá entendamos los peligros, antes de que una crisis social seria nos lo recuerde, como la de Venezuela, lugar 160 en la encuesta.

Twitter:
@jorgesuarezv