Opinión

¿Se vale odiar?

    
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Odio

Existen relatos de vida saturados de historias de abandono y agresión de los padres hacia sus hijos. Muchos hombres y mujeres recuerdan vívidamente los momentos en que sintieron que sus padres los habían abandonado. Generalmente, encuentran un punto en la historia en el que la relación con uno o con ambos comenzó a deteriorarse.
Antonio intenta hablar con su madre, a los 8 años:

-Mamá, me pegaron en la escuela.
-Estoy ocupada (viendo la televisión).
-Es importante (llorando).
-Después (la mirada perdida).
-Es que estoy muy triste (sollozando).
-Este programa es una porquería (hablándole a la televisión).

No sentir correspondencia en el amor que el niño necesita recibir de sus padres le rompe el corazón.

Antonio recuerda que su madre lo abandonó emocionalmente cuando tenía 11 años. Él entraba a la pubertad y ella a un cuarto oscuro de su mente que la alejó del mundo entero durante años. Antonio no sabe con precisión lo que le pasó. Sólo sabe que a partir de ese momento dejaron de hablar, de viajar juntos, de celebrar cumpleaños y navidades. Parecía que el alma de su madre había muerto.

Un abandono de este calibre lanza al niño o al adolescente a la vida adulta con gran velocidad y violencia. A sus 35 años, Antonio se pregunta si puede ser feliz sintiendo odio por su madre. ¿Es válido odiar a una madre que te abandonó cuando apenas podías valerte por ti mismo?

La reparación del odio es posible e incluso necesaria para encontrar el camino de la serenidad. Hacer la paz con su historia y perdonar a su madre, un trabajo emocional muy difícil que Antonio tendrá que hacer si quiere ser libre y estar tranquilo.

Existe un mandamiento no escrito que prohibe odiar a los padres. La sobrevivencia emocional del hijo se pone en riesgo cuando acepta sentir este odio, que casi siempre es consecuencia de las conductas agresivas y a veces aniquilantes de padres que no lograron desarrollar el amor y la empatía necesarios para cuidar de su crecimiento emocional.

Algunos hijos, para sentir pertenencia y aún tratándose de una relación abusiva, se identifican con el padre o la madre agresora. Es mejor, piensan, vivir en una relación abusiva que ser una hoja al viento.
Los hijos que sienten odiar a sus padres por haberlos abandonado y maltratado tienen problemas importantes con la culpa. Se odian por sentir odio, creen que merecen un castigo por lo que sienten y se viven como indignos de ser perdonados.

La culpa por el odio a los padres queda enraizada en la mente de algunas personas. Los padres agresivos despiertan en los niños –y también en los adultos en los que después se convierten– el deseo de ser perdonados (por algo que no hicieron) con la esperanza de ser amados después.

El perdón es un proceso indispensable para conseguir la tranquilidad de la mente y del alma. Aquellos que se presentan ante el mundo como autosuficientes, fuertes y capaces de resolverlo todo solos, debido a sus experiencias de abandono y maltrato, son quienes más ayuda necesitan para aceptar su vulnerabilidad y para acceder a la humildad.

Los eventos traumáticos no procesados, relacionados con las fallas o errores de los padres, impactan en la autopercepción (la idea que uno tiene de si mismo) y en la percepción de los otros. De estas ideas sobre uno y los demás puede derivarse, por un lado, frialdad emocional de grado patológico, que hace imposible la capacidad de vinculación. O sentimientos tumultuosos de necesidad afectiva, que vuelven a la persona frágil y capaz de entregar su amor a cualquiera que pueda darle unas cuantas migajas de atención.

Twitter: @valevillag

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