Opinión

Se trata de gobernar, no de gustar


 
Una de las mejores frases que he oído de un político en la última década fue dicha por Dick Cheney, el oscuro y taimado vicepresidente del también cuestionable George W. Bush. En una de las pocas entrevistas televisivas que dio, la entrevistadora le dijo que la mayoría de la opinión pública del país rechazaba la más reciente acción militar estadounidense, Cheney respondió con una sola palabra: “¿y?” (“so?”), excelente respuesta. El pueblo estadounidense eligió a esa administración para gobernar por cuatro años. Una vez transcurridos éstos, tendría nuevamente la posibilidad de manifestar su opinión reiterando a ese partido en el poder, o quitándolo (como, de hecho, lo hizo). Pero, mientras tanto, hay que dejar que el gobierno haga lo que cree se debe hacer, no se trata de un concurso de popularidad sino de gobernar. Si se tratara de gobernar por plebiscito, decisiones (“reformas estructurales”) históricas estadounidenses como la abolición de la esclavitud, la reforma constitucional para hacer legal a nivel federal el matrimonio interracial, o la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, no hubieran contado con aprobación popular en ese momento. La historia muestra que fueron decisiones correctas.
 
La principal víctima en este mundo de Twitter, Facebook y de reacciones instantáneas ha sido la profundidad y el contenido en aras de la inmediatez. Las noticias y las imágenes vuelan a una velocidad que excede a la de la capacidad para darle contexto a lo que ocurre y de entender entorno y consecuencias. Hoy, todo mundo opina, pero no todo mundo entiende; hoy, todos escriben, pero pocos leen. Basta con echarle un vistazo a las respuestas del público a blogs, o leer twits con respecto a temas como la reforma energética o la reforma educativa; éstos están llenos de ideología, se refugian en lugares comunes, descalifican por principio, y reflejan una profunda ignorancia sobre el tema y su entorno. Sufrimos de analfabetismo dogmático.
 
 
A riesgo de decir obviedades, es importante recordar que los profundos problemas que presenta México son compartidos en su mayoría con otros países latinoamericanos. Los nuestros los comparten otros y ellos tienen problemas que no tenemos. Sería difícil, por ejemplo, pensar que México pudiera caer en ciertas situaciones que ocurren en Venezuela o Argentina, México tiene –por ahora- instituciones más fuertes. No se trata de recurrir al “mal de muchos”, pero es importante recordarlo para que evitemos asignarle culpas gratuitas al PRI, o que caigamos en la trampa de pensar que México patentó la corrupción, concibió a los legisladores mediocres, o inventó a los empresarios abusivos.
 
 
México presenta problemas de pobreza y desigualdad, un Estado de derecho débil, corrupción intolerable, el sistema educativo es malo, hay poco o nulo desarrollo de tecnología y la competitividad es deficiente. Esos profundos problemas estructurales tomaron décadas, e incluso siglos, en desarrollarse, o quizá más bien “enrollarse”, hasta llegar a su estatus actual. Para resolverlos, no hay recetas mágicas o pócimas milagrosas. En la mayoría de los casos, lo único que lograría hacer este presidente, o cualquier otro, es plantar semillas que, con suerte, germinarán en las próximas décadas. Culpar hoy al gobierno de Peña Nieto por la desaceleración económica de este año es tan absurdo como lo sería premiarlos si las cosas fueran mejor. No existe presidente, partido político o secretario de Estado capaz de generar un impacto relevante inmediato, capaz de erradicar de un plumazo la pobreza, la ignorancia, la corrupción, o la desigualdad.
 
 
Si partimos de la base de que hoy la mayoría de la población de México carece de educación y de que hay enormes intereses a los que conviene el statu quo, ¿por qué nos preocupa tanto la aceptación inmediata de cada política propuesta? Es como si fuese deseable gobernar por plebiscito. Eso ni siquiera sería recomendable en Noruega o Alemania -países más homogéneos y con mayor educación que México- porque esa participación asume que la población tiene visión de largo plazo, que es imparcial, que tiene la misma información y capacidad de comprender que un experto, que concibe cómo cada decisión afecta a su entorno, y puede vislumbrar su efecto de largo plazo.
 
 
Cuando se dice que la reforma energética es o no popular, parece asumirse que la mayoría entiende la situación real de Pemex, que comprende los retos geológicos que la producción enfrenta, que es capaz de incorporar en su análisis los profundos cambios que están ocurriendo en el mercado energético mundial por la nueva extracción de gas de esquisto y por la potencial dominancia estadounidense como el nuevo gran productor del mundo. Después de este fin de semana, resulta evidente que incluso gente que ha estado involucrada en el tema, como Cuauhtémoc Cárdenas o no entiende o no le conviene entender. Una y otra vez, vemos que el dogma domina a la razón.
 
 
Este no es un concurso de popularidad. Sí, hay que buscar generar apoyo y diseminar información, pero de lo que se trata es de gobernar. Eso siempre implicará tomar decisiones que puedan ser a corto plazo impopulares. Este sexenio apenas empieza, ya resolverán los libros de historia si lo que se hizo fue o no lo adecuado. Pero, tengamos claridad absoluta de que nunca será más fácil que hoy pasar las reformas estructurales. Éstas son necesarias para crecer en serio, y sin crecimiento se seguirá agudizando el problema de desigualdad, marginación e ignorancia, elementos que sin duda debilitan a nuestra democracia y ponen a México en riesgo de caer en manos de un populista. El futuro de México está en juego. Una vez más, es ahora o nunca.
 
 
El columnista es Socio Fundador de SP Family Office en Nueva York y autor del libro Ahora o nunca, la gran oportunidad de México para crecer.