Opinión

¿Se puede poner peor?

 
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[Tepito. Foto: Cuartoscuro] Los mexicanos no hablan mandarín ni los chinos español: el regateo y las calculadoras son sus métodos de comunicación. 

Hay quien define al populismo como una enfermedad. Bernard-Henri Levy lo define como la enfermedad senil de las democracias. Sin embargo, hay quien ve al populismo como la cura a la enfermedad de la propia democracia.

De aquella democracia que terminó por imponerse en cerca de 65 por ciento de la población mundial (según The Economist, considerando democracias perfectas, imperfectas e híbridos), que ha traído en el discurso la igualdad, y en el día a día una desigualdad profunda y lacerante en donde según Oxfam 1.1 por ciento más rico de la población mundial posee más riqueza que el resto del planeta; de aquella democracia que en 2016 creció en términos económicos a nivel mundial en 2.7 por ciento; de aquella democracia en la que la mitad de la población mundial sobrevive con menos de dos dólares diarios y mil millones con menos de un dólar diario; de aquella democracia en la que uno de cada cinco niños no podrá terminar la primaria, que atestigua ataques terroristas, narcotráfico, muros y atropellos a los derechos humanos fundamentales que prometía defender.

Ante ello, ¿debemos temer al populismo? ¿Quién debe frenarlo, los ciudadanos que lo ven como una opción? ¿Las instituciones son capaces de frenarlo? ¿El statu quo?

Mientras los defensores del liberalismo se debaten en satanizar al populismo, se olvidan de partir por aceptar que la democracia no ha sido capaz de dar los resultados mínimos que por sí solos sean capaces de arrebatar el discurso vivo y redentor que el populismo entraña.

Aquella bandera del pueblo que la democracia perdió es la que hoy se vuelve su enemigo y amenaza con muros, con nacionalismos, con 'soluciones' que se traducen en alternativas que avivan la esperanza perdida.

La crisis de representación que en el fondo otorga evidencias de velar e imponer sus propios intereses atiza el fuego del populismo sin que las instituciones que debían 'frenarlo' pongan un alto a la impunidad y a la corrupción con la que manejan los recursos de todos.

Hoy la promesa de la democracia y del liberalismo se torna falsa e inalcanzable (igual que las del populismo, pero al menos éstas son 'nuevas') , estas promesas del liberalismo y de la democracia carecen de sentido y de credibilidad, ante ello emerge el populismo como una alternativa valiente que va obteniendo victorias sobre todo en el ánimo hastiado de los ciudadanos, gana terreno porque ésta conlleva valores y emociones que no han sido representadas; que los partidos políticos han sido incapaces de interpretar, y que los representantes no han enarbolado.

Así, la incertidumbre se apodera de los mercados, de las personas, de liberalismo y de la democracia. ¿Las instituciones terminarán por imponerse?, aún es incierto.

Hoy somos testigos de victorias en terrenos que creíamos superados: xenofobias, nacionalismos, narcisismo, soluciones fáciles (o al menos diferentes), polarización y demagogia, y todo ello en una sociedad que ha perdido el rumbo y también sus valores.

Una sociedad vulnerable que pierda la capacidad de distinguir entre lo falso y lo verdadero, entre lo malo y lo bueno, entre el futuro y el presente, entre lo importante y lo superfluo, entre el mesías y su propio verdugo; incapaz de reaccionar más allá de 140 caracteres y con la decisión de su voto a cuestas, de un voto fundamental que ante este paradigma pudiera ser más allá de nombres e implicar una luz al final del túnel o el abismo en el que la sentencia está dictada: sin duda que esto se puede poner peor.

Twitter: @SamuelAguilarS

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