Opinión

Se prohíbe fumar


 
Veámoslo a la inversa, sólo como ejercicio: imaginemos que el Congreso (hablemos sólo de México), aprueba una ley que prohíbe la producción, traslado y venta de cigarrillos de tabaco.
 
 
En la exposición de motivos se habla de la gran cantidad de víctimas de cáncer y de otros padecimientos producidos por el consumo de cigarrillos. El Estado mexicano ha decidido, se dice, proteger a los ciudadanos y a los niños y jóvenes de este mal. Por eso a partir de tal fecha constituye un delito procesar el tabaco con fines de producción de cigarrillos, cigarros o puros.
 
 
Los consumidores, a quienes se considerará enfermos, sólo podrán portar 3 cigarrillos como máximo para su consumo. (Nada se dice acerca de cómo le harán estos adictos para hacerse de tales cigarrillos, puesto que al mismo tiempo se está prohibiendo procesar el tabaco y producir cigarros, pero, en fin, así dice la ley.)
 
 
Portar o transportar una cantidad mayor será sancionado con multas de hasta tantos días de salario mínimo y con cárcel de hasta diez años, pongamos. Se establecen docenas de supuestos y castigos para quienes transgredan la norma. Duros castigos, desde luego. Va en serio.
 
 
Los fumadores pensarán: ¿Y yo cuándo le pedí al Estado que me protegiera de mis gustos?
 
 
Los cigarrillos desaparecen de las tiendas de las esquina y de las de conveniencia, de los mercados y de los grandes almacenes. Ya no hay cigarrillos por ninguna parte.
 
 
Pasan unas semanas: alguien se acerca y en voz baja ofrece cigarros. ¿Vende una cajetilla por 40 o 50 pesos? No. Cuestan cien. O doscientos.
 
 
¿Cuánto irá a las arcas públicas en forma de impuestos? Nada, desde luego. El beneficio es neto para la cadena de productores, distribuidores, vendedores al menudeo.
 
 
A los tres meses surgen los cárteles del tabaco; empiezan a ser famosos sus líderes, de los que se sabe poco, como se sabe de lo que existe en la penumbra. Empiezan a surgir los mitos: El Humo, El Mil Filtros, La Lumbre, apodos tras los cuales hay negociantes ilegales, felices de poder comercializar lo prohibido. Un nuevo mercado, lucrativo e infinito.
 
 
Los cárteles no quieren competencia en sus territorios. Están dispuestos a defenderlos a fuego y sangre. Pelean entre ellos y contra la policía, quizá contra las fuerzas armadas. Es exorbitante la ganancia como para renunciar a ella. Los vastos recursos permiten comprar armas de diverso alcance y alquilar voluntades en el entramado del poder público.
 
 
Los fumadores adquieren los cigarrillos cada vez a precios más altos. Deben ir a lugares oscuros o tratar con delincuentes, la cadena del mercado negro. Se esconden para fumar, clandestinos sociales y legales. Corre el tabaco en fiestas ocultas. Algunos deciden dejar de fumar, otros seguir haciéndolo o empezar a hacerlo, lo que habría ocurrido de todas formas.
 
 
Ahora ya no son mil los muertos por la violencia cada mes, sino mil doscientos o mil quinientos.
 
 
Algo semejante ocurriría si lo que se prohibiera fueran los refrescos, las papas fritas, el café o el chocolate. Por no hablar de las bebidas alcohólicas.
 
 
Sólo por imaginar, sólo por reflexionar a la inversa.