Opinión

Se fue una gran mujer mexicana

 
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Blanca Magrassi. (Cuartoscuro)

El pasado viernes falleció la señora Blanca Magrassi, mujer mexicana ejemplar por muchas razones. Esposa de un relevante protagonista de la política mexicana contemporánea, don Luis H. Álvarez, tuvo sin embargo su propia personalidad, valía individual y méritos propios. Lo anterior sin perjuicio de los proyectos, tareas, aventuras, andanzas que juntos emprendieron, complementándose de manera admirable, siempre bajo el signo del servicio a los demás.

No son las anteriores las clásicas palabras líricas que suelen brotar del sentimiento cuando alguien conocido fallece. No, no es el caso. Es, éste, el fiel testimonio de alguien que pudo observar a lo largo de muchos años esa esforzada experiencia de generosa servicialidad de un matrimonio mexicano como idealmente debería haber muchos, pero que lamentablemente no los hay.

Conocí a la señora Blanquita, como cariñosamente se le llamaba, en el verano de 1962, el año siguiente al de mi ingreso a las filas de Acción Nacional. Fue en ocasión de la visita que tres muchachos de Torreón hicimos a la ciudad de Chihuahua durante una semana, para apoyar en los últimos días la campaña local panista. Ese año las elecciones chihuahuenses fueron para todos los cargos: gobernador, munícipes y diputados locales.

Con el antecedente de que había sido el candidato presidencial de Acción Nacional apenas unos años antes, en 1958, me emocionó conocer personalmente a don Luis y a su esposa Blanquita, cuya personalidad me impresionó.

De inmediato me vino a la mente un dato muy conocido entonces: que en aquella campaña del 58 visitaron juntos más de 500 poblaciones, lo que ningún candidato presidencial de cualquier partido hizo antes ni ha vuelto a hacer después. Ello a pesar de las limitaciones y demás circunstancias adversas propias del autoritarismo priísta de la época, que estaba en su apogeo. Entre otras de tales circunstancias, el encarcelamiento de que fue víctima el candidato presidencial Luis H. Álvarez en un pueblo de Zacatecas.

Al ver por primera vez a la señora Blanquita, de manera inconsciente asocié su persona con la de una digna dama que acompaña a su marido por todos los rincones del país en la durísima tarea del rescate político de la patria. Por esos días juveniles había leído –y quizá por ello en ese momento tuve presente lo leído- en alguno de los libros de Vasconcelos, en El Proconsulado o quizá en La Flama, algo que me había dejado desconcertado.

Parecía anecdótico, pero en el fondo no lo era. Pintaba más bien la trágica realidad de México. Sucedió en la campaña presidencial de 1929, en la que Vasconcelos fue candidato y enfrentó a Ortiz Rubio, el primer candidato a la Presidencia de lo que hoy es el PRI. Ese año coincidieron elecciones para gobernador en Coahuila. En un acto de campaña celebrado en Torreón por el candidato opositor, Vito Alessio Robles, un grupo de distinguidas damas estuvo presente, entonces algo insólito, lo cual dio al acto un toque de altura y dignidad.

Luego, por increíble que parezca, en su visita a la ciudad el candidato oficialista se hizo acompañar por un numeroso grupo de prostitutas. Para evitar malos entendidos, los partidarios de Alessio ya no volvieron a invitar mujeres a los actos de campaña. La veracidad de uno y otro dato me había sido confirmado por un testigo de ambos hechos, don Anselmo Aranday, tío abuelo político.

Treinta años después, la señora Blanquita dio generoso testimonio de que la participación de la mujer –lejos de degradar como el oficialismo quería- enaltece, dignifica la política.

Desde el día que la conocí, dos rasgos de su personalidad me llamaron poderosamente la atención. Los noté aún en la última vez que tuve oportunidad de saludarla, en la presentación del más reciente libro de don Luis, hace alrededor de un año: Veía a las personas directamente a la cara, a los ojos, pero no con mirada inquisitiva sino con luminosa bondad. Y traía siempre una sonrisa dulce y cálida. Afectuosas condolencias a don Luis.

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