Opinión

Se consolida el bastión de la izquierda en el Pacífico


 
 
La importancia geoestratégica de Ecuador, donde se reeligió fácilmente el presidente Rafael Correa Delgado, destaca frente a los planes integracionistas de Washington que miran al Pacífico como un gigantesco mare nostrum del libre comercio sin la presencia de China, uno de los países que más podría aportar al esquema si no fuera, en realidad, una de las piezas para la 'contención' del dragón asiático.
 
Ante la línea de gobiernos de centro derecha que recorre el litoral latinoamericano del Pacífico desde Baja California hasta la Tierra del Fuego, pasando por el Canal de Panamá, Quito es la excepción que permite a Brasil y el Mercosur, aún sin fronteras directas, mantener sus aspiraciones de una salida al oeste para continuar la venta de materias primas a Beijing, ante las dificultades que puede encontrar en Perú la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional promovida por Brasilia. China, además, ha contribuido con su cuota de acuerdos financieros favorables al crecimiento y la estabilidad de Ecuador, que se añaden a la reforma fiscal y el alza del petróleo.
 
El buen desempeño económico, así, es la base que consolida a la 'revolución radical y ciudadana' iniciada por Correa en 2006 y que a partir de entonces, apunta Reuters, logró duplicar el gasto en educación, mejorar la infraestructura desde la selva amazónica hasta la sierra andina, construir 20 hospitales y modernizar 500 clínicas en un país de 15 millones de habitantes que se reintegró a la OPEP en 2007 tras 15 años de ausencia y que, por cierto, tiene pendiente cumplir el proyecto de conservación del Parque Nacional Yasuní, declarado Reserva de la Biósfera por la Unesco, al cerrarlo en definitiva a las transnacionales petroleras y mineras.
 
Impuestos
 
Correa incrementó los impuestos a las firmas energéticas -entre ellas Petrobras- y en 2008, año clave para afianzar su programa, declaró la moratoria técnica frente al pago de 3,200 millones de dólares en bonos globales, aún cuando tenía fondos suficientes, al argumentar que la deuda fue contraída ilegalmente en el pasado. Más tarde, recompró el adeudo con un fuerte descuento que irritó a Wall Street y dejó a Quito fuera de los mercados temporalmente.
 
Pero es imposible no aludir al factor político en el éxito del economista Correa, fugaz ministro de Finanzas que estudió en Bélgica, donde conoció a su esposa, y en la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, donde se graduó con una tésis opuesta al dogma neoliberal que barrió al subcontinente. Ahí aparece ineludible el año 2008, que vio la aprobación en referéndum de la nueva Constitución y el diálogo al filo de los cañones que evitó una guerra con Colombia y probablemente un incendio regional, luego del osado ataque de Álvaro Uribe y el Pentágono contra la retaguardia de las FARC en Lago Agrio.
 
El mandatario dio certidumbre a un pueblo que parecía resignado a las asonadas y los cambios volátiles en el Palacio de Carondelet, con una pobreza que afectaba a 65% de la población y un desempleo de 12%. Un pueblo que ya había probado, en una década, el populismo desorbitado y estéril de Abdalá El Loco Bucaram, la mediocridad de Álvaro Noboa y la traición de Lucio Gutiérrez al levantamiento indígena-militar.
 
Decidió brindarle una oportunidad al carismático abanderado de 43 años, que aseguraba inspirarse en 'las sagradas escrituras y la doctrina social de la iglesia' tras conocer la miseria lejos de su natal Guayaquil, entre los Kichwa de Zumbahua, y éste no la desaprovechó, al precio de romper en el proceso con algunos de sus principales aliados, como su mentor político, Alberto Acosta, o su propio hermano, Fabricio, quien habría violado las leyes contra el nepotismo y ahora lo acusa de 'creerse un mesías' al mando de un 'sistema totalitario'; cargos muy similares, cabe mencionar, a los del derrotado Guillermo Lasso, quien sostiene que Correa practica el 'socialismo de franquicia' importado de Venezuela y Bolivia.