Opinión

Sándor Márai

 
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Sandor Márai.

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil decidió que no escribiría en esta ocasión de la CNTE, tampoco de las elecciones. En cambio notó que en la cartelera de teatro, Gil es un gran aficionado a la escena dramática, se representan dos obras del escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989): El último encuentro, dirigida por Raúl Quintanilla, y La mujer justa, una adaptación de Ugo Trujillo y Graciela Defau, dirigida por Enrique Singer. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco y se acercó a los libreros de finas maderas, de un entrepaño tomó sus libros de Márai, todos publicados por la editorial Salamandra, y leyó algunos subrayados. Márai observó a tiempo que uno también construye lo que le ocurre, lo construye, lo invoca. Así es el hombre. Obra así, incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos hemos abierto, invitándola a pasar. Gil esparce en esta página del fondo estos párrafos de la obra del gran escritor húngaro que se quito la vida a los 89 años de edad.

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¿Qué sabe uno de la vida? Nada que sea real. Vivimos entre fantasías idealizadas que parecen sacadas de tarjetas postales.

La hermana

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Tuve que admitir que la materia prima de mi oficio, la palabra, no es un elemento tan imprescindible de la comunicación humana como a veces suponen los escritores cegados por el orgullo; en momentos críticos, la gente capta la esencia con muy pocas palabras o incluso sin ninguna.

La hermana

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A veces, en los momentos más trágicos de la vida, nos encontramos de improviso más allá del dolor y de la desesperación, y nos volvemos extrañamente sobrios, indiferentes, casi de buen humor.

La mujer justa

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Se podrían mover montañas con la fuerza que ha empleado en sofocar ese recuerdo. Creo que no me equivoco. A veces me dejaba asombrado. Ha intentado llevar a cabo lo más difícil que una persona puede hacer en la vida. ¿Sabe lo que ha hecho? Ha intentado hacerse indiferente a los sentimiento mediante la razón, que es como intentar convencer con palabras y argumentos a un paquete de dinamita de que no explote.

La mujer justa

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Hay algo impertinente en vivir más de la cuenta. Es como cuando los anfitriones intercambian una mirada disimulada preguntándose cuando se marcharan los invitados.

Diarios

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Al final de mi vida he emprendido la empresa más extraordinaria: la preparación para una travesía de la que “nadie ha vuelto”. Cuando llego al piso, ya es de noche; la cama de Lola hace meses que no está hecha y por un momento me distraigo en pensar que pronto llegará el momento en que pueda marcharme a la nada, donde está ella y adonde iré yo. Duermo bien, como quien ha dejado todos sus asuntos cerrados antes de iniciar un largo viaje.

Diarios

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Se sentía como antes de un viaje, como si estuviera apoyado en la barandilla de un barco para emprender una travesía alrededor del mundo y así conocer por fin cómo es. Lo invadía una satisfacción peculiar ahora que por fin podría hablar con Él en privado, en aquel lugar íntimo, aislado acústicamente, donde nadie los oiría, sólo en aquel pequeño y entrañable universo.

La extraña

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La guerra tiene lugar lejos de aquí, las detonaciones no se ven ni se oyen, pero su suciedad llega a la ciudad, del mismo modo que la ceniza de un gran incendio se posa en regiones distantes. Al principio sus habitantes supieron de la guerra por lo telegramas; después por el paso incesante de los trenes. Luego se acondicionaron como hospitales aulas de una escuela primaria y un ala del convento. La ciudad se ha acostumbrado a la guerra, ya nadie habla de ella; la gente ya no arranca de las manos del voceador las ediciones especiales del periódico local, ya no corre a la estación para conseguir los diarios que llegan de la capital. Sí, los ciudadanos se han acostumbrado a la guerra como se acostumbra uno a la vejez, a la idea de la muerte y a cualquier cosa en este mundo.

Los rebeldes

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Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los camareros acercan las bandejas que soportan la primera botella de Glenfiddich, Gamés pondrá a circular la máxima de George Bernard Shaw por el mantel tan blanco: “La literatura es una extraña máquina que traga, que absorbe todos los placeres, todos los acontecimientos de la vida. Los escritores son vampiros”.

Gil s’en va

Twitter:@GilGamesX

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