Opinión

Sanders: sustancia y estilo

 
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Sanders celebra con su equipo la victoria en Indiana. (Reuters)

El 26 de mayo de 2015, Bernard Sanders anunció su candidatura presidencial. Pocos lo tomaron en serio. Un año después, todavía parece un candidato viable, tiene preocupada a la favorita y la ha obligado a replantear toda su campaña. ¿Qué tiene de especial este senador de Vermont?

Su discurso es simple pero poderoso. Estados Unidos no está dando a sus ciudadanos los empleos, los servicios educativos y de salud que merecen porque la economía está distorsionada. Los grandes bancos, las compañías financieras, aseguradoras, farmacéuticas y petroleras que la controlan han propiciado la concentración de la riqueza, el empobrecimiento de la gente y la degradación del ambiente.

Y esto no va a cambiar porque el sistema político ha sido corrompido por ellas y trabaja a su favor: permite que no paguen impuestos y salarios justos, las rescata de sus excesos y les perdona sus fraudes, a pesar de haber dejado a miles sin casa y sin empleo.

Para enfrentarlos se necesita alguien que no es uno de ellos (como Donald Trump) y que nunca ha recibido dinero de ellos (como Hillary Clinton). Hijo de un migrante polaco, educado en escuelas públicas, activista por la justicia desde la universidad, alcalde ejemplar y activo legislador, Sanders representa un cambio real, creíble.

Lo que dice suena lógico: el cambio sólo es posible si se reforma el financiamiento de las campañas y se frena la influencia de Wall Street en la política. Lo que pretende se siente justo: dividir los grandes bancos (como hizo Roosevelt en 1933), aumentar los impuestos a los billonarios, subir el salario mínimo, asegurar un retiro digno, ampliar los programas de salud y hacer gratuita la educación superior. No importa que lo que promete sea inviable o utópico; él ha logrado crear la esperanza de que el país se recupere del deterioro social, económico y ambiental.

Este mensaje está respaldado por una trayectoria consistente, que lo muestra como alguien de sentimientos sinceros, mente independiente y fuertes convicciones. En ese terreno el contraste con la ex Primera Dama no podía ser mayor. Ella ha cambiado continuamente sus posiciones (sobre el sistema de salud, el salario mínimo, la regulación de las financieras, la guerra de Irak) de acuerdo a lo que la gente quiere oír. A estas alturas nadie sabe cuál es “la verdadera” Hillary Clinton.

El estilo también cuenta. Su apariencia es sencilla pero digna. Despeinado, con su camisa azul arremangada, no usa mancuernillas, reloj de marca o lentes de diseño. Fuera de eso sólo se le conocen una chamarra y tres suéteres. Cuando un comediante se burló afirmando que únicamente tenía dos juegos de ropa interior, le concedió una entrevista a la revista People mientras echaba a la lavadora varias cargas de ropa.

Tiene una retórica persuasiva y diferente. Dice las cosas clara y apasionadamente, como conversando entre amigos. Sin gritar ni insultar le da fuerza a sus palabras. Puede parecer que no se contiene y brincar del asiento y aun así no verse agresivo. Habla con las manos y señala con el índice con la misma cadencia con que pronuncia separadamente cada sílaba de la palabra que quiere enfatizar. Repite frases hasta ocho veces para remarcar su punto (“The american people…”, “Today in America…”).

Además de todo lo anterior, sabe hacer una buena campaña. No por nada ha ganado 14 elecciones. En sus mítines, junto a los cartelones hechos con plumón se levantan posters de colección (“Not me, us” y “Together”). Lo mismo difunde profesionales anuncios de televisión, con testimonios de Harry Belafonte o Susan Sarandon y música de Simon and Garfunkel, que sube a YouTube videos caseros de gran efectividad (“In 180 seconds you will be voting for Bernie Sanders”).

A la gente le gusta como es. Sienten que está convencido de lo que dice, que siempre es el mismo. Inspira confianza lo mismo a los adultos que añoran tiempos mejores que a los jóvenes que no ven muchas oportunidades en su futuro. A esas generaciones, desencantadas con la democracia americana, no podía sólo pedirles su voto en noviembre; los invita a que se involucren en un movimiento de mayor alcance, en una verdadera revolución política.

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