Opinión

San Juan Pablo

Múltiples voces han surgido estas semanas que cuestionan y critican la canonización de Juan Pablo II. Con pleno sustento y sobrada justificación, señalan la sospechosa relación del papa Juan Pablo II con el criminal Marcial Maciel, líder y fundador de la Congregación de los Legionarios de Cristo. Para muestra menciono solamente el calificativo que le otorgó el papa en ocasión de un festejo legionario en Roma: “Ejemplo de las juventudes de América”.

Comparto aquí la historia narrada a este reportero por una voz autorizada en Roma y que fue publicada en este mismo espacio hace algunos meses: En 2004, un clérigo menor ––no un obispo ni mucho menos un cardenal, aparentemente un fraile–– que había servido por más de 30 años en el Departamento de Estado del Vaticano, solicitó una audiencia privada con su Santidad con el fin de despedirse. Como es sabido, el otorgamiento de una audiencia privada con el papa es un raro privilegio que se concede a muy señalados personajes y en circunstancias especiales. Debido a la frágil salud de Juan Pablo II la audiencia fue negada una y otra vez, hasta el mes de diciembre de ese año, en que finalmente fue concedida.

El prelado fue visitar a su Santidad con un expediente bajo el brazo que desplegó ante los ojos del papa una vez que estuvieron solos. El anciano funcionario del Departamento de Estado explicó a Juan Pablo II que no se quería ir sin prestarle este último servicio. Le explicó que le habían engañado, que le habían ocultado la verdad y desacreditado los testimonios y versiones originales que ahí se registraban. El papa preguntó que si las personas que aparecían como acusadores aún vivían y estaban en pleno dominio de sus facultades mentales. El clérigo respondió que sí y que eran gente de bien, productivos, incorporados a la sociedad.

El expediente en cuestión era el de Marcial Maciel.

Lo que sucedió después es fácilmente verificable con los registros de los acontecimientos. Maciel fue cesado de sus funciones como superior general de la orden en diciembre de 2004 ––en vida de Juan Pablo––, sometido a un voto de silencio y a no ejercer el ministerio sacerdotal durante el tiempo que se hiciera una investigación a fondo. El testimonio narra que Juan Pablo mandó llamar a una abogada austriaca, exprocuradora y ministra en su propio país, para que hiciera una investigación independiente. Esta mujer, cuyo nombre se ha mantenido en secreto, fue integrante en su juventud de un club de alpinismo al que concurría también un joven llamado Karol Wojtyla. A ella le encomendó Juan Pablo la investigación completa, cuyos resultados le serían entregados sólo a él, directamente, sin filtro o aduana.

En ese mismo diciembre, días después de esta entrevista y del cese fulminante del criminal Maciel, Juan Pablo ingresó al Policlínico Gemelli ––la primera hospitalización en los meses finales de su vida––, internación que el Vaticano reportó como “precautoria” por una posible crisis respiratoria por la temporada invernal. El papa murió el 2 de abril de 2005, después de otras dos visitas al hospital, en una de las cuales se le practicó la traquetomía que lo acompañó hasta el final.

Las víctimas en México que han formado parte del grupo de acusadores, fueron, en efecto, entrevistadas nuevamente entre marzo y mayo de 2005. Se presume que el resultado de esa investigación le fue entregado después a Benedicto XVI, quien como se sabe, ejecutó medidas enérgicas en contra del cura mexicano, a quien formalmente expulsó de la congregación y nombró a un obispo coadjutor, Velasio De Paolis, para hacer una revisión profunda de estatutos, funciones y organización.

Bien harían la iglesia romana y el Vaticano, a la luz de la canonización, en clarificar toda esta historia que demostraría, sin lugar a dudas, la inocencia de Juan Pablo II. Todo indica que la red de corruptelas y encubrimientos que tejió por décadas Maciel ––al interior del Vaticano–– sirvió plenamente para engañar al propio papa, hoy declarado San Juan Pablo.