Opinión

Salvar al PRI

02 diciembre 2016 5:0
 
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A Jorge Gallegos, in memoriam

Uno. En efecto, en el trance de la sucesión de Luis Echeverría, el Presidente Nacional del PRI, ni más ni menos que don Jesús Reyes Heroles, dispuso “Primero el programa, después el hombre” (por cabeza alguna pasaba entonces una candidata).

Dos. Se instalaba, apenas, en el desaparecido Cine Roble, la Convención Nacional. Por sus pistolas, la CTM disparó a José López Portillo, amigazo de don Luis. Quién ganará Palacio Nacional en un ring sin contendientes (de ahí la Reforma Política, esa LOPPE apresurada fuente de la partidocracia que nos carcome). A volar la tirada de don Jesús.

Tres. Al participar en la reciente instalación del Consejo Político Nacional del PRI, el Ejecutivo Federal desempolvó la fórmula. Planes, programa, antes que nombres. ¿Qué planes, programas? ¿La inacabada Agenda Social de la “Revolufia” (madre del Partido Nacional Revolucionario, abuelo del PRI)? No: en esencia, el freno a la corrupción. De ahí que el orador estelar celebrara la expulsión de los funcionarios corruptos, traidores del tricolor. Aunque, eso sí, no debían pagar justos por pecadores.

Cuatro. Al tiempo que recordó el tropiezo que significó ganar de 12 candidaturas a gobernador sólo 5, y asumió el costo de “transformar a México”; el orador pidió unidad a una militancia que llamó “guerrera” y a la que lanzó a la calle para convencer con argumentos casa por casa. Se acabó el confort poltrón de las oficinas partidarias y burocráticas.

Cinco. Pero si bien EPN se mostró optimista, y dejó a los partidos oponentes los destapes anticipados y las ganas malévolas de dividir a los mexicanos; datos objetivos hacen pensar, más que en una avanzada hacia 2017( el Estado de México en primer término) y 2018 (“la Grande”), en medidas de emergencia destinadas a mantener al PRI a flote. Partido que en el 2000 perdiera la Presidencia de la República y en 2012 la recuperara.

Seis. ¿Qué datos objetivos? La popularidad a pique de Peña Nieto. El fracaso de la cruzada contra el hambre (cuyas estadísticas reales se pierden en un papasal del tipo de la “verdad histórica” sobre la noche nazi de Iguala). La corrupción que, sumada a la impunidad, se alzan hoyos negros en el firmamento público.

Siete. Donde algunos analistas “leen” el control férreo de Los Pinos, en lo que toca al nombre del próximo candidato priista (¿candidata, en una de esas?), yo advierto tripulación de repuesto. Alarma. 6 Secretarios de Estado. El Jefe de la Oficina de la Presidencia. El vocero del Gobierno Federal. Un subsecretario. El ex-Secretario de Hacienda.

Ocho. No hablo de una “sálvese quien pueda” sino de un “salvemos al PRI”. Partido escorado, el mástil agrietado, las velas medio en jirones, que navega en dirección de una tormenta perfecta. Juntos y revueltos los vientos de proa, en popa, alisios, maestrales, mareros, terrales. Y, en el norte, Boreas Trump.

Nueve. Las subsecuentes declaraciones del Presidente Nacional del partido en apuros, tampoco enarbolaron banderas populares, arrebatadas es verdad a siniestra y a diestra, a estibor y a babor.

Diez. Únicamente encuentro, en esencia repito, el freno a los corruptos. Al estilo del más antiguo PAN, el de 1939 (¿y quién alguacilará al alguacilador?). Comisiones casi de Salud Pública, filtros, exclusas, pruebas de honesta sangre.

Once. Operaciones urgentes bajo la línea de flotación. Duros tiempos, negros temporales a ojos vistas.

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