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Transformación 4.0

09/07/2018

Andrés Manuel López Obrador, ganador de la elección presidencial, reiteradamente se refirió a su triunfo durante la campaña electoral como una mutación a la par de la Independencia, la Reforma y la Revolución, momentos de cambios definitorios en la historia de México. Los niveles de corrupción, cinismo y violencia son tales que si el presidente electo los abate sería un cambio sin proporción en más de un siglo. Claro, faltan los “cómos”, “con qué” y “quiénes”. Ya veremos.

Me gustó su discurso. Lo vi presidente por primera vez. Sacó su pragmatismo y relució su profundo amor a México. Conoce todo el país. La gente lo adora. Parece bien intencionado. Se reconcilió con todos y ofreció certidumbre a los mercados sin desatender a los suyos, que son más que muchos.

Es verdad que hay otros sucesos de progresión democrática en nuestra historia contemporánea: el voto de la mujer, los legisladores de representación proporcional y la pluralidad, la elección intermedia del presidente Zedillo en la que el PRI perdió la mayoría legislativa, los primeros gobernadores de oposición, las alternancias de Fox y Peña, la creación del IFE y el Tribunal Electoral, las comisiones de derechos humanos y de los órganos de transparencia, la autonomía del Banco de México y ahora, hay que decirlo, del Sistema Nacional Anticorrupción; aunque también es justo decir que los avances de diseño orgánico y normativo no han encontrado reciprocidad en la vocación democrática de muchos representantes, lo que pasó factura con la quita masiva de votos.

Teníamos una democracia sin demócratas, y normas e instituciones para controlar el poder que se enfrentaban a políticos patrimonialistas sin pudor: líderes sindicales y gobernadores millonarios, amigos del Presidente en cargos con los que se llenaban los bolsillos y un sistema de procuración de justicia ineficaz cuando se trataba de Odebrecht, la Estafa maestra, la casa blanca y un sin fin de episodios vergonzantes.

Sí, tuvimos una elección única: récord de votos para el presidente electo y su partido; mayor número de votantes; estados con carro completo o con oposición mayoritaria; mayoría parlamentaria avasalladora; disminución drástica de la oposición; cambio de posición en los partidos; desaparición (hasta ahora) de dos de ellos por pérdida de registro; pérdida del bastión priista de Atlacomulco, y el necesario cambio de dirigencia en los antes mayoritarios: deberán irse los peñistas del PRI, Anaya y los anayistas del PAN, y el PRD tendrá que ver qué unión de tribus puede evitar su naufragio.

La aceptación de los resultados que nos regaló Meade dio cuenta de su tamaño y fue un suspiro en nuestra turbia democracia. Grandeza y generosidad que obligaron a Anaya a salir en las mismas condiciones; aunque el queretano, tal y como es, trató de sacar ventaja hasta de las cenizas. De hecho cuentan que incluso en la última semana seguía pidiendo millones a empresarios, con la cantaleta de que podía ganar y que los malosos gobernadores de su partido le habían quitado “el apoyo” para “operar”, patrimonialismo vil… cuentan también que hubo reclamos del presidente del INE al equipo de Meade porque le frustraron el grandilocuente mensaje con el notición de la cuarta transformación, perdón, de los resultados… el árbitro disputando rating y protagonismo a los jugadores, qué pena.

Nadie puede pasar por alto lo claro y basto de los números, el reconocimiento de los adversarios, la institucionalidad de los presidentes saliente y entrante y el comportamiento de los mercados. Muy a pesar de todos nuestros males, la jornada y sus resultados fueron ejemplares y son esperanzadores.

López Obrador tiene la posibilidad de reformar la Constitución, tiene Congreso, gobernadores, alcaldes, presupuesto, margen de discrecionalidad y de reforma, posibilidad de implementar cualquier política pública, legitimidad y grandes expectativas.

El hartazgo ciudadano, convertido en voto generoso, hizo de AMLO un volcán que con su lava arrastró a la victoria a tantos desconocidos y desconocedores de la cosa pública con los que hay que tener cuidado y contrapesos. Cuando las expectativas son tan altas el margen de error y frustración se incrementan, y es mucho trabajo público el que escapa al presidente de la República en una federación que tiene por base al municipio.

Su seguridad no le pertenece y debe ser muy prudente, pues es sin duda centro de estabilidad política y muchos son los que le temen y rehúyen; aunque por fortuna, más los que le deseamos lo mejor.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.