Símbolos y traza del nuevo gobierno
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Símbolos y traza del nuevo gobierno

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Símbolos y traza del nuevo gobierno

03/12/2018

Kennedy pregonaba: “No te preguntes qué puede hacer EU por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”. Andrés Manuel López Obrador tiene la filosofía contraria, y no por poner primero los pobres, sino por su política de distribución directa de recursos. Cita con frecuencia a los liberales, pero su modelo económico para combatir a la pobreza no generará riqueza para los subsidiados. Claro, crecerá su clientela política…

Estratega de los mensajes en clave democrática y trasfondo populista, cambió los símbolos en su toma de posesión y conoce bien al destinatario de su prospectiva. Desde la salida de una modesta privada de clase media en el Jetta blanco, contrastó con la partida del presidente saliente desde Las Lomas en camionetas blindadas.

Los Pinos, símbolo inaccesible del poder, se abrió como Versalles tras la revolución francesa. La venta del avión, el festival cultural en el Zócalo y las manos que chocaba en el trayecto a San Lázaro difieren de los lejanos presidentes de antaño. La extraña inversión de los colores en la Banda Presidencial no es más que la idea de darle vuelta al pasado.

Al evento no fueron invitados los titulares del INAI, IFT, Cofece ni Coneval, lo que muestra un desprecio a la composición de la división de poderes con órganos constitucionales autónomos, encargados de limitar al poder.

Comenzó protestando guardar la Constitución, lo que celebro. Agradeció a Peña Nieto por no intervenir en las elecciones como otros, lo que confirma el pacto de impunidad para los salientes. Hubo cadetes en lugar del jefe del Estado Mayor, lo que cambia la imagen del presidente de siempre.

Anunció una transformación pacífica y ordenada, pero profunda y radical, que acabará con la corrupción e impunidad, que “impide el renacimiento de México” para convertir a la honestidad y la fraternidad en forma de vida y de gobierno.

Dio datos históricos macroeconómicos ciertos, pero con su matiz. Arremetió contra la reforma energética y educativa, lo que es de preocuparse. Avisó políticas proteccionistas para el maíz y autosuficiencia en derivados de petróleo, lo que alterará la balanza comercial.

Equiparó la privatización con corrupción y al modelo de concesión con el Porfiriato. Cuidado: no son lo mismo, pero el mexicano promedio, de poca educación, lo recibe como algo igual que lo irrita y que explica su pobreza.

Acabar con la corrupción y con la impunidad será positivo si logra avances, pero se contradice con su anuncio de la nueva etapa sin persecuciones, al argumentar que para regenerar la vida púbica de México, si se abrieran expedientes, tendrían que empezar por los de arriba, no alcanzarían los jueces y habría una gran confrontación. Partidario del perdón y la indulgencia al margen de la ley que lo obliga, encuentra coartadas para sus contradicciones en la cantaleta de la última palabra de la ciudadanía por la vía de las consultas.

Convertirá la corrupción en delito grave, que no lo era; y ahí tendrá el arma de persecución para empresarios y políticos adversarios.

Anunció una nueva democracia que acabe con la vergonzosa época de fraudes electorales. Elecciones libres con cárcel a quien meta dinero a las elecciones. Menos mal que no se le aplicó esa norma…

Hay datos positivos: señaló que las inversiones de accionistas estarán seguras; se respetará la autonomía del Banco de México, y que con los ahorros se incrementará la inversión pública para la industria petrolera y eléctrica. Proyectos públicos con inversión pública y privada mexicana y extranjera.

Corroboró algunos proyectos en los que sigue más a su intuición que a la investigación: Santa Lucía; refinerías; Tren Maya, y zona libre en la frontera, donde habrá el mismo precio de energéticos que en EU a partir del 1 de enero, reducción del IVA al 8.0 por ciento y del ISR al 20.0 por ciento, con aumento del salario mínimo. Así que ya sabe usted empresario: a abrir oficinas en Tijuana para ahorrarse un 10.0 por ciento de impuestos.

Me preocupan sus reformas constitucionales para garantizar el estado de bienestar y la intervención del Estado para disminuir las desigualdades sociales, así como aquellas que no especificó para la transformación política, pero de las que dijo que su ejecución prevé la dificultad para que sus adversarios no las reviertan en el futuro. Ahí está el cambio de régimen.

En el Zócalo expresó que se “purificará” al aparato público y los indígenas tendrán preferencia.

Los mercados no oyen sus mensajes porque ya lo conocen, esperan a los encargados de implementar sus políticas. Sin eficacia institucional al margen de su voluntad, serán los símbolos y no las normas ni el conocimiento lo que defina la traza del nuevo gobierno.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.