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Opinión

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22/01/2018
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FIDEL CASTRO
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LA HABANA, Cuba.- La revolución, el partido, la lucha, la resistencia. Un solo hilo argumental que presenta a la historia distinta de lo que es: una suma de sucesos. Causa, ideología, retórica repetida que toma trozos parciales de episodios épicos que se justifican con la propia recreación oficial y que se vigila, palmo a palmo, por la ciudadanía, que hace las veces de policía política del régimen. Mezcla y confusión entre el personaje, el suceso, el partido y el gobierno. “Soy fidelista, no comunista”; “somos socialistas, no comunistas”; “hay elecciones, no imposiciones”; “no hay pobreza, solo poco poder adquisitivo”; “el sistema de la revolución funciona”. Sin embargo, hay quien me contestó que llevan 60 años hablando de lo mismo.

Fidel se ve más visionario que dictador; un padre de la patria que en-frentó al imperio a costa del pueblo. Es verdad que hay salud, educación y seguridad, los postulados básicos del Estado. Sin embargo, hay chavales con camisetas del Barcelona y del Real Madrid por doquier, tiendas de firmas extranjeras a precios incomparables, poco abasto en las tiendas racionadas de canasta básica para nacionales, y una economía suigéneris que corre en paralelo con los pesos cubanos y los del turismo que son, a su vez, perseguidos por los propios locales.

Las promesas de la revolución se refrendan. La educación está fidelizada. Fidel y el Che son íconos y souvenirs. Morbo, fascinación, respeto, miedo.

Los Comités de Defensa de la Revolución vigilan a cada ciudadano. Hay uno por manzana. Reportan directamente a la Policía los ilícitos y la rebeldía contra el régimen. La broma común de los ciudadanos es que en La Habana hay tres millones de ciudadanos, de los cuales dos millones son policías. Cuando hablas de temas políticos, los cubanos se cuidan de bajar la voz y miran alrededor para ver si alguien podría escuchar.

El cuento de la Guerra Fría sigue en pie. El Museo de la Revolución retrata la breve historia de Cuba en fotos de Fidel y el Che; muestra el yate Granma y deja ver los balazos que se tiraron cuando fueron por Bautista.

Resulta descomunal imaginar la opulencia de los edificios señoriales de La Habana capitalista. El contraste con la pobreza (como la entendemos) y el hacinamiento genera una fascinación morbosa que lastima. La alegría de esta gente parece olvidar su miseria. Algo parecido sucede con nuestro pueblo. Claro, sin violencia ni delincuencia.

Me preocupa el fanatismo porque limita la libertad, aprisiona la ima-ginación y calla lo que se piensa. Elimina opciones, tapa caminos.

¿De verdad repetir lo mismo acerca la promesa de una nueva realidad? Ideologizar no es formar. Cierto es que se abusó, que había corrupción e injerencia, pero no sé si a la juventud que no puede salir del país en una era globalizada le resulta abominable Bautista o de verdad cree que Reagan y los Bush son cretinos a los que deban agradecer la consolidación de la Revolución.

Me asusta la similitud con quienes funden causa, adversario y salvador del hoy precandidato que promete esperanza de la misma manera que lo hizo en el PRI, en el PRD y ahora en Morena.

Recuerdo la historia nacional escuchada y repetida en la escuela primaria, con los anteriores libros de texto gratuito (no he leído los nuevos), en los que aparecía la formación de México como una línea ininterrumpida en las que Independencia, Reforma y Revolución per-tenecen a los buenos y triunfadores que hicieron justicia e inventaron los derechos sociales, y no guerras de guerrillas con distintos frentes y fines y tiempos. Aquí en Cuba hay quien me dijo que la revolución comenzó con la expulsión de los españoles, siguió con la toma de Fidel, continuó con las expropiaciones y se defendió con el partido que postula y engloba los cometidos del gobierno parlamentario. Me suena a 'revolución institucionalizada'; pero también las causas del pasado no se distinguen mayor cosa del discurso de Anaya y del de López Obrador.

La ideología no es mala, es bienvenida con el debate de ideas, prin-cipios y postulados, siempre que se hagan en la arena de las reglas prestablecidas. Todos quieren hacerlo de nuevo, romper con el pasado para siempre, prometen, prometen, prometen.

Hay quienes creen a ciegas en el caudillo, en el joven, en el tecnócrata.

Ningún fanatismo es positivo. La polarización acerca al extremo, enerva los ánimos y descalifica al de enfrente. Leo debates en las redes sociales entre apasionados que se descalifican recíprocamente y se acusan, mofan y señalan sin confrontar idea; ya nadie propone encontrarse a mitad de camino.

Eso le pasó a Cuba. Eso le pasa a Estados Unidos. Pareciera que eso se asemeja a lo que postulan algunos. Pensemos, analicemos, discutamos, comparemos.

Twitter: @salvadoronava

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