Opinión

Salvador Dalí

   
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Salvador Dalí

"La existencia de la realidad es la cosa más misteriosa, más sublime y más surrealista que se dé”.

El 23 de enero se cumplieron veintiséis años de la muerte del surrealista Salvador Dalí. Puedo aventurarme a decir que han sido pocos los artistas, a lo largo de la historia del arte, con tantos ángulos y perspectivas en su obra, así como también en su personalidad.
Tal vez fue su complicada vida de niño la que dio forma al genio, loco, excéntrico personaje que conocemos, que desafortunadamente recordamos más por sus caracterizaciones o su bigote, tributo a Velázquez, que su obra en sí, que marcó indudablemente las prácticas en el arte de principios del siglo XX, a lado de los surrealistas, y en solitario, después de su expulsión del grupo. Resulta difícil sobrepasar esa condición de actor, celebridad o protagonista de los medios de comunicación.

Salvador Felipe Jacinto Dalí nació en Figueres, España, en 1904. Su infancia fue ensombrecida por la muerte de su hermano mayor, un año antes del nacimiento del pintor. Sus padres decidieron tener otro hijo después de lo sucedido, llamándolo igual que su fallecido primogénito. La sombra del hermano muerto marcó profundamente a Salvador Dalí hasta el punto de creer ser la encarnación y copia se su hermano. Esto puede explicar la sobreafirmación de su personalidad, su egocentrismo exacerbado y una cierta necesidad de reconocimiento.

Al mudarse a Madrid en 1919 para estudiar en la Academia de Bellas Artes, donde su talento resaltó de la misma manera que su temperamento, conoció a sus grandes amigos: Federico García Lorca y Luis Buñuel, con quien crearía en 1929 el guión y la realización de Un Perro Andaluz, el filme más característico del surrealismo, nacido de dos sueños que Dalí contó a Buñuel. Fue expulsado de la Academia en 1923, regresó a su natal Girona, donde fue encarcelado por la dictadura, acusado de rebelión. En 1926 viajó a París, capital del arte en esa época; ahí se encontró con André Bretón, su gran ídolo Pablo Picasso, y Joan Miró, quien justamente lo introdujo al grupo surrealista, empapándose de toda la turbación política y creativa del momento.


A pesar de su expulsión del surrealismo por las diferencias políticas con André Bretón, Salvador Dalí fue el rostro más conocido del movimiento. Si desde sus años de escuela fue clara su superioridad técnica en la pintura, fue el Surrealismo el que le dio la oportunidad de crear un arte nuevo, que presentaba justo el caos de un tiempo donde la masacre humana se hacía pública; el poder expresar irónicamente la decadencia moral no tenía precedente en el mundo del arte.

Pinturas como El gran masturbador (1929), La persistencia de la memoria (Los relojes blandos) (1931), Construcción blanda con judías hervidas (Premonición de la Guerra Civil) (1936) o Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar (1944) son obras visualmente poderosas y complejas, la cantidad de fetiches iconográficos que operan simbólicamente son tanto producto del inconsciente como elementos cargados de referencias críticas: el tiempo y los relojes, las muletas, los elefantes, la figura femenina, los órganos sexuales... Altamente influenciado por la abstracción y las lecturas de Sigmund Freud, el Salvador Dalí de los años 20 y 30 creaba escenas provenientes de mundos alucinantes, etéreos, pero contundentes.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Dalí se preguntó: “Velázquez y Rafael, si hubieran vivido en una era nuclear, ¿qué hubieran pintado?”, y dejó los sueños y el inconsciente a un lado para abordar temáticas atomistas y científicas como en Galatea de las esferas, de 1952.

A diferencia de sus contemporáneos, incluso del mismo Picasso, Salvador Dalí fue un artista que aprovechó el surgimiento de los medios de comunicación para explotar su persona y promocionar su arte. Nunca negó su gusto por el dinero, el lujo y el poder. Aceptó y se adaptó a la perfección a los vertiginosos cambios que trajeron la modernidad y la posguerra. El tener audiencia en lugar de un público frente a la obra abrió la posibilidad de manejar otros soportes además de la pintura, como la publicidad. Andy Warhol fue, sin duda, un excelente alumno de Dalí en el ámbito de la visibilidad del artista en la naciente cultura de masas.


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