Mancera: el efecto pulga
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Mancera: el efecto pulga

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Mancera: el efecto pulga

08/06/2018

Los chapulines son cosa del pasado. Qué chiste tiene saltar de un congreso local a uno federal, o de éste a uno estatal. O de una curul a una alcaldía y viceversa. Truco circense ya muy choteado, cero original, en las carpas mexicanas.

Tenemos en la política tanto chapulín que si en estas fechas un dron lograra captarlos en pleno salto, el mismísimo Moisés los confundiría con la plaga del antiguo testamento.

No, lo de hoy, a pesar de que andan por doquier, no son los chapulines. Lo de hoy es la pulga. La razón para cambiar la denominación es sencilla. La pulga hace del salto una virtud: salta mucho más allá de su tamaño, o dicho de otra manera, sorprende la manera en que logra brincar tan alto siendo tan pequeña.

Todo eso no crean que yo lo sabía. Qué va. Lo leí ayer en la BBC (http://www.bbc.com/mundo/vert-earth-37270159). Ahí aseguran que una langosta del desierto puede “catapultarse hasta lograr alturas de 25 centímetros”. El reporte agrega que hablando de saltadores “mención especial merecen las pulgas, capaces de brincar 200 veces su propio tamaño… se dice que las pulgas de gato dan saltos de 20cm, mientras que las de perro llegan a 25cm”.

Dicho de otra forma, un brinco de esos resulta un portento, una cosa extraordinaria. Algo así como lo que logró esta semana Miguel Ángel Mancera, un salto extraordinario, diríase que inédito, en la política mexicana: pasará de ser gobernador (es un decir) al Senado. Cuando ello ocurra, habrá inaugurado una época, y por tanto había que buscar una categoría que intente capturar la esencia de tal proeza.

Antes de seguir, vayamos con una breve explicación de un experto. Hace unos meses, Jorge Alcocer sentenció que lo que intentaba Mancera, irse de una gubernatura al Senado, era “un burdo fraude a la ley”. Aquí parte de su argumentación:

“El problema constitucional se remonta a lo aprobado en 1917 cuando los constituyentes de Querétaro, por economía de texto, decidieron que los requisitos para senador de la República, salvo el de edad, fueran los mismos que para diputado, entre los que se establece que los gobernadores y el jefe de Gobierno no pueden ser postulados para ese cargo, y por tanto tampoco para senador, aunque se separen definitivamente de sus puestos. La reforma de 1996, que estableció los senadores plurinominales, dejó intocado el artículo 58 donde se encuentra dicha remisión. “Desde la primera elección de senadores plurinominales (1997) hubo una interpretación por todos aceptada: la prohibición constitucional debe entenderse que es aplicable también para senadores plurinominales, que son electos en una sola circunscripción, es decir, mediante una lista única por la que se vota en todo el territorio nacional. La interpretación ha sido respetada, por dos décadas ningún gobernador o jefe de Gobierno pretendió burlar la prohibición abusando de la omisión. Eso es lo que ahora pretende hacer en su exclusivo favor el doctor en Derecho, Miguel Ángel Mancera. Es un fraude”. (Reforma 18/02/18)

Esta semana, ese peligro para México llamado Tribunal Electoral del Poder Judicial de Federación, decidió que Mancera podía ejecutar su salto, con lo que es de temerse que se acaban de abrir de par en par las puertas del Senado a todos y cada uno de los gobernadores, tan presentables todos ellos.

Hasta antes de este año, un mandatario estatal no podía refugiarse en el Congreso de la Unión. Pero siempre hay una primera vez. Mancera, sus impulsores (Anaya, Dante y compañía), sus cabilderos, sus padrinos (los magistrados) y sus ambiciones (¿o lo correcto sería decir: sus temores?) acaban de hacerle un flaco favor a la democracia mexicana.

Señoras y señores, niños y niñas, con uuuustedes, el debut nacional de un nuevo tipo de chapulines político: el salto de la pulga. ¿Y ustedes que creían que ya habíamos visto todo en esta elección?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.