Los enojados
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Los enojados

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Los enojados

01/08/2018
Actualización 01/08/2018 - 9:02

Son tiempos raros. Los que ganaron en la elección de hace un mes, varios de ellos, demasiados de ellos, muestran un día sí y otro también señales de enojo. Los que perdieron, muchos de ellos, la mayoría de ellos, apenas si chapurrean inverosímiles pretextos, o irrelevantes promesas, vengadores de huecas soflamas que no atinan a ver que la realidad los rebasó, y que si algo toca es reagruparse, pensar, entender.

Los que ganaron prácticamente ganaron todo. Guanajuato es el islote apenas magullado por el tsunami moreno. Puebla es el chipote de un cacicazgo que se pudrirá solo. Y dicho en buen latín, los que ganaron, los de Morena, lo hicieron de buena ley. Jugaron con las reglas del sistema, y barrieron a los grandes del sistema.

¿Por qué entonces la fiesta les duró tan poco? ¿Por qué les pesa tanto que les cuestionen? ¿Tendrán nostalgia de la campaña? ¿Por qué quieren acallar a los que no celebran? ¿Por qué condicionan el diálogo con las organizaciones sociales a que se ganen la interlocución en las urnas?

Qué singulares ganadores. Pareciera que les abruma más el rumor del disenso que la gran tarea, mastodóntica, que se avecina. Pues qué les habrá faltado ganar, qué no les dio la ciudadanía que les dio mayoría y mandato. Serénense, ya ganaron.

Por eso, aunque hay muchos felices, y muchos expectantes, y muchos ilusionados; y aunque eso es bueno y no sólo bueno sino también justo, porque se lo merecen quienes a esa opción apostaron el futuro de México, aunque todo eso se registra en las encuestas, la discordia no se ha disipado. Fue el triunfo que no ha unido, que no ha reunido a los diferentes.

El aire que por un momento pretendimos renovado por una votación ejemplar, por la escasez de incidentes graves (ni a Moreno Valle le alcanzó para empañar tan emotiva gesta cívica), a un mes ese aire sigue enrarecido por ventiscas de incordios que a nadie debieran asustar en una campaña, pero que a todos deberían alertar en tiempos normales.

Pero no. Estamos en la polarización. En el denuesta que algo queda. Estamos en ruta de acostumbrarnos a vivir en una democracia donde se festeja, por ejemplo, que periodistas pierdan sus empleos. Donde se premia la diatriba no el debate.

En una democracia donde los funcionarios que van a ser nombrados no piden –con tranquilidad y entereza, sin humillarse– una oportunidad para demostrar su valía, para probarse eficiente funcionario en la nueva era. No. El que será el empleado de todos regaña a este o aquel crítico invocando espectros ideológicos a la hora de la descalificación, tergiversando la historia de lo que nunca ha terminado de explicar. Y así el subalterno como el jefe, que ha respondido a los cuestionamientos sobre el fideicomiso del terremoto acudiendo al baúl de las descalificaciones que tan útil resultó en la campaña.

Ganó pero no ha renovado epidermis. Y si el líder está así, el antiejemplo cunde. Se contagian de la manía por los desplantes quienes uno ha juzgado de tiempo atrás articulados críticos, tan efectivos en el argumento como en los recursos del ingenio. Pero de eso poco se ve en estos días, afanados como parecen en ganar la discusión que no sólo ya ganaron en las urnas sino que ahora deberán probar en la realidad, y en ello deberían invertir sus energías, no en pólvora para Twitter.

Cuando todo eso pasa, todos perdemos, sobre todo los ciudadanos, que es a quienes nos debemos los de la prensa (o comentocracia, si gustan) y, paradójicamente, también los políticos. Y entre éstos, los que más pierden con esa actitud de estar permanentemente en campaña, están los que ya ganaron una. Esos, los que a un mes de la elección, responden a las críticas, a la disidencia, enojados.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.