'Cuau': empieza el experimento
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'Cuau': empieza el experimento

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'Cuau': empieza el experimento

03/10/2018
Actualización 03/10/2018 - 11:29

Un buen gobernador en México es un perro verde. Nadie ha visto uno. Bueno, como un cisne negro: hay algunos que aseguran que han visto alguno. Que si Alberto Cárdenas, que si Enrique Burgos, que si Carlos Medina, que si Cuauhtémoc Cárdenas (en el DF, no en Michoacán). ¿Ustedes tienen el suyo? Pero casi no se ven cisnes negros… ni buenos gobernadores.

Nuestro experimento democrático cumple 30 años desde el quiebre de la elección de 1988 con la mirada puesta en la presidencia de la República, donde se intentará, como nunca desde entonces, reinstalar el país de un solo hombre.

Contra los declarados intentos centralistas de López Obrador el argumento federalista no resiste la prueba de la risa. Zedillo quiso ser un federalista, pero su debilidad frente a Roberto Madrazo inauguró no sólo la época de emancipación de los gobernadores frente a Los Pinos (cosa que siguió y se consolidó con Fox y Calderón), sino también la de los despilfarros y la irresponsabilidad de los mandatarios estatales frente a desafíos mayores, entre ellos los del crimen organizado.

Desde la Tamaulipas de Tomás Yarrington y Eugenio Hernández hasta la Colima de Ignacio Peralta tenemos dos décadas de gobernadores que frente a los criminales sólo se encogen de hombros deslizando la responsabilidad en las fuerzas federales. Cuadro de honor merece en ese reglón el doctor Mancera, experto en cantinflear frente a la criminalidad que azota a los capitalinos.

Quizá en estos años hemos tenido un puñado de gobernadores que, con distintos mecanismos, no rehuyeron el tema de la inseguridad. Se me ocurren Marcelo Ebrard, Rubén Moreira y Graco Ramírez. Los primeros tomaron el asunto en mano propia, y el tercero a través de su comisionado Alberto Capella, recientemente nombrado como titular de seguridad de Quintana Roo.

Pero ni así, ni por haberse involucrado más decididamente en los temas de seguridad los tres mencionados en el párrafo anterior alcanzarían a ser considerados, por muy variadas razones (derechos humanos, obras polémicas, tolerancia a la corrupción, clientelismo…), buenos gobernadores.

Tenemos entonces, en general, malos gobernadores. De Baja California a Yucatán. Y a pesar de ese mediocre estándar, de vez en cuando tenemos peores gobernadores: Javier y César Duarte, Roberto Borge, Andrés Granier, Emilio González Márquez, Roberto Sandoval, Mario López Valdez, Guillermo Padrés, Amalia García, Juan Sabines, Manuel Velasco, y el etcétera que ustedes gusten. Ejemplos de improvisación, frivolidad, indolencia, irresponsabilidad e impunidad.

La cuestión con los mencionados es si al momento de ser elegidos para hacerse cargo de una entidad federativa el electorado ya tenía indicios de que serían un desastre como mandatarios. Quien haya conocido al entonces diputado federal Javier Duarte sabe que él no se transformó al llegar a la casa de gobierno de Xalapa. Pero no en todos los casos es tan evidente.

Una camada de nuevos gobernadores acompañará la asunción de Morena al poder federal. Algunos han tomado ya posesión. Es preocupante que el primero de ellos, Diego Sinhue, haya creído que en medio de la crisis de violencia que padece Guanajuato lo mejor era no cambiar a los mandos en la Fiscalía y Seguridad Pública. Pero es su decisión, así que pronto veremos por qué lo hizo.

Donde todo será un experimento es en Morelos. Esa entidad ha tenido malos gobernadores como pocas, ¿Cuauhtémoc Blanco podría ser peor que Carrillo Olea, Sergio Estrada, Marco Adame y Graco?

La respuesta inmediata no tendría que surgir del clasismo/elitismo que pregona que un jugador de futbol está incapacitado para gobernar una entidad (además ya vimos que gente “capacitada” no da buenos resultados, per se).

Sin embargo hay indicios preocupantes. Cuauhtémoc el político no es una sorpresa: su récord en Cuernavaca es pobrísimo y la evidencia de que sus designios son los que le ordena su mánager José Manuel Sanz es una señal de alerta: se trata de gobernar, no de hacer negocios.

Qué bueno sería tener espacio para la duda y creer que en una de esas el Cuau llega inspirado a este cargo público en el que debutó el lunes y se convierte así como así en un buen gobernador. La verdad es que no se ve por dónde ocurra el milagro del perro verde. Ojalá, por el bien de los morelenses, al menos no sea de los peores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.