Opinión

Saldos de la visita papal

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papa Francisco. (ilustración)

El Papa no vino a hacer campaña política, sino a sembrar algunos mensajes en el segundo país con más católicos en el mundo.

Nada con el narcotráfico, pues representa al demonio.

El ideal de familia es el tradicional, que está en riesgo por “ideologías colonizadoras”.

Los que explotan a la gente en las maquiladoras (y en cualquier otro trabajo, supongo) serán juzgados por Dios.

Atacó la cultura del “descarte” que toma al ser humano como desechable.

La corrupción y el narcotráfico son males de nuestro tiempo y no hay que sucumbir ante ellos, por ser antievangélicos.

Levantar muros no es cristiano (que fue un mensaje en el avión de regreso a Roma).

Francisco trató de tomar distancia de otro papa que caló hondo en el cariño de los mexicanos: Juan Pablo II.

Al Papa polaco se le iba a ver. Francisco quería que se le fuese a escuchar.

En la búsqueda de diferenciarse con Juan Pablo II, oró ante la tumba de Samuel Ruiz, quien no gozaba de la simpatía de Karol Wojtyla.

Mostró su cercanía con los diáconos en Chiapas, a quienes Juan Pablo II les había prohibido realizar actividades mayores.

No vi mucho más en la visita del papa Bergoglio.

Tampoco había que esperar algo diferente.

En lo interno, sí hay ganadores y perdedores.

Ganó México, su imagen internacional y su confianza en sí mismo como país que puede ser anfitrión de una personalidad que moviliza a millones de seres humanos y recorrió el territorio en vehículos sin blindaje, con un saldo absolutamente blanco.

Ni un herido leve. Ni un manotazo. El Papa no vino “al infierno”.

Perdieron los que querían que el país fuera exhibido ante el mundo como una versión moderna de Sodoma o Gomorra a la que el vicario de Cristo llamaba a destruir con la movilización “del pueblo bueno”.

También perdió el sector de la Iglesia que fue duramente señalado por el Papa como proclive a subirse a la carroza de los nuevos faraones y olvidarse de los que más necesitan el aliento y la compañía de sus pastores.

Y el gobierno perdió una oportunidad de oro en la ceremonia oficial de bienvenida, en Palacio Nacional, para enseñar la extraordinaria riqueza cultural y étnica del país, en lugar de tener ahí a empresarios y políticos como si se tratara de un Informe de Gobierno.

México se reafirmó como país de libertades, en el que el propio Pontífice, que es Jefe de Estado, eligió qué lugares visitar y con quiénes reunirse. Es absurdo insinuar –y minimizar a Francisco– que el gobierno le manipuló la agenda y le dijo a quiénes recibir y a quiénes no.

Perdieron los que tenían cifradas sus esperanzas en que la visita de Francisco tuviera consecuencias electorales para un lado u otro.

Se trató de una gira pastoral y quienes esperaban otra cosa se quedaron frustrados.

Twitter: @PabloHiriart

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