Opinión

Salario mínimo: hacia un incremento coordinado entre Estados Unidos y México

Michael J. Piore/ Clemente Ruiz Durán

 

1
 

 

Coordenadas: Crecimiento en los salarios contractuales

Los autores son profesor emérito David. W. Skinner del Massachussets Institute of Technology (MIT) y profesor e Investigador del Posgrado de Economía de la UNAM.

Actualmente, en México y Estados Unidos se están discutiendo incrementos importantes al salario mínimo. Sin embargo, en cada lado de la frontera existe poco conocimiento de lo que se debate en el otro. En México se ha logrado avanzar en desvincular el salario mínimo como unidad de referencia y parece existir consenso en que su nivel debe ser incrementado. En Estados Unidos, la campaña por un salario mínimo federal de 15 dólares –más del doble de los 7.25 actuales– se ha convertido en un movimiento social, donde diversas organizaciones han logrado que ordenamientos locales sean aprobados en varias ciudades, y están a punto de aprobarse en California y Nueva York. La propuesta que aquí se presenta se basa en la idea que un aumento coordinado entre ambos países tendría más sentido, en términos económicos y políticos, en comparación con incrementos unilaterales.

Esta propuesta beneficiaría a Hilary Clinton en los Estados Unidos porque le permitiría responder de forma conjunta, aunque limitada, a las presiones desde el interior del Partido Demócrata en materia de comercio, salario mínimo e, incluso, migración. También sería una respuesta a sus compromisos con los simpatizantes de Bernie Sanders, así como a las presiones y resentimientos populares subyacentes en los movimientos de Sanders y Trump, al mismo tiempo que sería una oportunidad para que mostrara flexibilidad y originalidad en política pública.

En México, el colapso del peso ha fortalecido la propuesta para un aumento del salario mínimo. De hecho, la devaluación ha reforzado la posición competitiva de la industria mexicana en los mercados internacionales, a tal grado que permitiría compensar cualquier costo que pudiera suponer un aumento salarial. Hasta hoy, la única respuesta por parte del gobierno ha sido presentar un presupuesto de austeridad, una política que minará la prosperidad económica, posiblemente generando un efecto recesivo e incrementando aun más la tensión social. Bajo este escenario, un aumento al salario mínimo estimularía el consumo interno –que ha sido la principal fuerza de crecimiento en los últimos años–, permitiendo compensar la caída en la demanda generada por el gasto público y reduciendo la desigualdad en el ingreso, la cual está erosionando el tejido social.

Algunas de las consecuencias adversas que supondría el incremento del salario mínimo en México o Estados Unidos se reducirían con un aumento coordinado en ambos. Por ejemplo, la atracción de inmigrantes indocumentados que podría derivar de un incremento unilateral en el salario mínimo de Estados Unidos podría ser compensado por un incremento concurrente en México. De manera similar, el efecto negativo sobre la inversión extranjera directa que conllevaría un incremento unilateral en el salario mínimo mexicano, podría ser reducido con un aumento en Estados Unidos.

Una negociación del salario mínimo con tales características podría tornarse complicada, pues tomaría mucho tiempo y requeriría establecer un conjunto de modificaciones que, en este momento, resulta difícil que pudieran aceptarse. Sin embargo, el impacto de un incremento simultáneo al salario mínimo parece no haber sido considerado en análisis y debates previos.

A pesar de lo anterior, el terreno para incrementar el salario mínimo ya está preparado en ambos países, por lo que la única “coordinación” que se requeriría es un acuerdo verbal entre Clinton y algunos funcionarios mexicanos. De concretarse con rapidez, las fuerzas que suelen oponerse a los acuerdos comerciales no tendrían tiempo para coludirse. Asimismo, de resultar “exitoso” en términos económicos y/o políticos, sería un enfoque que se podría extender no sólo para el comercio entre Estados Unidos y México, sino eventualmente para las relaciones comerciales con otros países en desarrollo.

Se debe reconocer que el salario mínimo funciona bajo lógicas diferentes en ambos países. En México se ha desvinculado como unidad de referencia para propósitos diferentes a su naturaleza y, por otra parte, hay una gran cantidad de personas en empleos informales donde se obtienen salarios por debajo del límite mínimo. Por lo anterior, los efectos de un incremento del salario mínimo en la economía mexicana serían limitados.

En el caso de Estados Unidos, el aumento que se discute a 15 dólares, es mucho mayor que cualquier aumento que logre acordarse en México, incluso bajo la hipótesis de concretar un incremento mayor al 10%. No obstante, ambos aumentos han sido planteados con distintos calendarios de implementación: en Estados Unidos se pretende que sea de forma progresiva y dependerá de cada jurisdicción territorial, mientras que en México se podría hacer de forma gradual de acuerdo a un esquema que tome en consideración la productividad. En todo caso, debe notarse que la propuesta de coordinación no es más que una extensión mínima al debate de la política interna que se está realizando en cada país y que en Estados Unidos esta en camino de resolverse.

Es necesario recordar que el “Brexit”, aunado al éxito de las campañas de Sanders y Trump, marcan un profundo cambio en el grado de tolerancia hacia el enfoque de globalización en que se ha enmarcado la política económica durante los últimos treinta años. Ante esta fuerte oposición política, los tratados que se han negociado durante los últimos años –entre Estados Unidos y Europa, entre Canadá y Europa, o el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP)– podrían ser rechazados.

Encarar estas presiones directamente o intentar atacarlas a través del proceso político, supone el riesgo de provocar el tipo de reacciones surgidas en los años 20 y 30, que condujeron a la exacerbación de los sentimientos fascistas y comunistas en Europa. De hecho, la derecha representada por Trump, así como los movimientos surgidos en Francia y Austria, sugieren que este tipo de reacciones se encuentran ya en proceso.

La oposición a las políticas de “globalización” se encuentra fragmentada y sus partidarios tampoco han presentado una alternativa a la política actual que sea coherente y que permita convencer a la oposición, o bien, satisfacer sus preocupaciones. Si ha de surgir una alternativa genuina deberá ser a través de ejercicios de prueba y error, donde un incremento coordinado del salario mínimo, bajo un contexto en que no se requiere negociar un acuerdo complejo, parece ser un buen primer paso hacia un cambio de política.