Opinión

¿Sabes la diferencia entre decisiones eficientes y eficaces?

En general se tiene la idea preconcebida de que una “buena decisión” es cuando se obtiene la eficacia con el mejor resultado alcanzable. Sin embargo, al optar entre diferentes alternativas hay incertidumbre y, por tanto, debe elegirse la opción que entrañe la mayor posibilidad de éxito, con un determinado grado de riesgo.

Las decisiones pueden tomarse sin ningún tipo de análisis y eso conducirá a una probabilidad aleatoria de acertar, pero la idea es avanzar en la selección a través de una metodología que permita ser “eficientes”, utilizando todos los recursos que se tienen al alcance, sobre todo cuando la situación que se busca enfrentar es relevante para el patrimonio familiar.

Al final la mejor decisión es una especie de “apuesta fundamentada” con información y ponderada por sus riesgos, con la finalidad de ser eficientes y eficaces.

Es factible ser eficiente y faltar a la eficacia o ser eficaz y dejar de ser eficiente. En otras palabras, pudo haberse hecho el mejor esfuerzo con los recursos, pero aun así alejarse de la solución. Por el contrario, es válido encontrar la respuesta sin tener una manera eficiente de hacerlo.

Incluso hay muchas personas que sin tomar decisiones eficientes tienen logros sobresalientes. Quiere decir que hay otros factores detrás de un buen resultado, como la perseverancia, el valor, la pasión, la intuición o la suerte.

Entonces, ¿para qué nos sirve la eficiencia? Pues bien, sólo es cuestión de darnos cuenta del fracaso de una gran cantidad de pequeños negocios; de la pérdida de casas de muchos deudores morosos; o del apuro de las familias para hacer frente a sus compromisos diarios. Detrás de algunas de esas historias hay decisiones ineficaces que se hubieran podido evitar, con una metodología adecuada.

Al tener un proceso eficiente en la toma de decisiones, la probabilidad de fracaso baja considerablemente, porque permite valorar las circunstancias antes de que ocurran y, aun cuando hay riesgos, éstos son identificables.

De aquí se desprenden dos máximas: “La mejor decisión es evitar una mala decisión” y “No hay peor decisión que mantener una mala decisión”.

Como carecemos de una “bola de cristal” para ver el futuro, tendremos que trabajar en una metodología que nos aminore las posibilidades de fracaso, tema del cual abundaremos el próximo jueves en este mismo espacio.