Opinión

Rumor de ángeles

Víctor Manuel Pérez Valera.

Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

Ante los tiempos de crisis que está pasando nuestro país y también otros países del mundo occidental, parece conveniente hacer una reflexión sobre los aspectos religiosos que influyen en el ámbito social y que coincide con en el tiempo en que se celebra la importante fiesta religiosa de la Navidad. Podríamos sintetizar los diversos fenómenos de la crisis mundial en el anhelo de justicia y de paz, y especialmente esta última, porque todos sabemos que la consecuencia de la justicia es la paz.

Uno de los más grandes sociólogos de la religión del siglo pasado fue Peter L. Berger, quien estudió la influencia relevante de la religión en la modernidad, en varios de sus libros, pero de modo especial en el titulado Rumor de ángeles.

Tres son los conceptos clave que han ocupado las tres principales etapas de la historia: la reflexión sobre el cosmos, la reflexión sobre Dios y la reflexión sobre el hombre. En la edad antigua la reflexión de los filósofos y de los sabios estuvo centrada en el cosmos, en cambio, en la Edad Media el pensamiento religioso sobre Dios fue el centro de la reflexión, en la modernidad, empero, los temas cosmológicos y religiosos, en general, fueron marginados y la reflexión se focalizó en torno al hombre.

Al parecer, escribe Berger, conceptos como lo sobrenatural, la Trascendencia y la justificación de Dios, entre otros, que habían sido borrados o superados por la modernidad, vuelven a ser plausibles, no sólo porque la secularización fue incapaz de responder adecuadamente a las preguntas clave del ser humano (¿Quién soy?¿de dónde vengo? ¿Qué puedo esperar?), sino sobre todo, porque ahora parece evidente que esas realidades eran imprescindibles para dar sentido a la vida y a la sociedad.

Las cosmovisiones seculares no fueron capaces de explicar el sentido de la muerte y del sufrimiento ni de hacer más llevaderas esas realidades. En cambio, el sentido de trascendencia de las religiones tradicionales tiene mucho que aportar para superar las crisis sociales y para contribuir a crear un mundo más humano.

Nos parece que en este contexto puede ponderarse el significado actual y profundo de la Navidad y con ella el mensaje de paz que podríamos llamar rumor de ángeles.

Con lo anterior no estamos sugiriendo que la religión se pueda emplear en sentido utilitarista, ella es un valor en sí, pero puede, sin duda, aportar mucho al vacío existencial y ético que padecemos. De hecho el bien común o justicia social con sus principios de solidaridad y subsidiaridad forman parte de una filosofía que tiene una inspiración religiosa. Lo mismo se podría decir sobre la fundamentación de los derechos humanos.

El mensaje de los ángeles en su anuncio a los pastores es sencillo y profundo. Nos habla de Dios y del hombre, del cielo y la tierra, de la gloria y la paz: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. La palabra gloria, en griego doxa, indica el esplendor de Dios en sí, y la alabanza que suscita su actuación entre los hombres. La paz (eirene), tiene un sentido muy profundo: no se trata sólo de la ausencia de guerra, ni de la paz de los sepulcros, sino de, como lo expresaba San Agustín, “la tranquilidad en el orden” en las relaciones con el Ser Trascendente y con todos los hombres. El otro término clave es el de “beneplácito”, buena voluntad, amor (eudokia). No se trata como a veces se piensa que la Navidad es una exhortación a la buena voluntad de los hombres, sino que se refiere a la buena voluntad de Dios para con los hombres. Existen dos maneras de manifestar el amor a otros. El primero es el regalo a la persona amada, este don se manifiesta en la creación, en el cosmos y participa de la belleza del ser trascendente. La segunda manera es más difícil y más profunda: la persona se da, se entrega, se despoja de sí misma (kenosis) se abaja, desciende y condesciende con la persona amada.

Desde el punto de vista del cristianismo se pueden también fundamentar los derechos humanos en la encarnación del Hijo de Dios. Xavier Dijon utiliza la metáfora de las matriochkas, metáfora que va de lo universal y lo general a lo más pequeño y concreto. Existe en el corazón del mundo algo muy pequeño, el niño de Belén. En Él encontramos la interioridad más profunda: el amor del Padre por todo ser humano, el amor de los seres humanos entre sí, fundamento de la promesa universal de los derechos humanos.