Opinión

Rumbo a la tragedia

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La semana pasada Miguel Ángel Mancera cesó al secretario de Obras y Servicios acusado de probable conflicto de intereses. (Cuartoscuro)

Ayer comentaba con usted que la gran batalla de la izquierda ocurrirá en el DF, porque es ahí en donde tienen su gobierno más exitoso. Han gobernado 18 años, y al menos estarán tres más, pero también es la entidad federativa con más recursos disponibles, por su capacidad de generación de ingresos propios. Más aún, en la última elección, el actual jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, fue el gobernante electo con mayor margen en el país. En otros lugares donde han gobernado, no han durado tanto, ni los presupuestos se parecen. Hoy mismo compiten por la gubernatura en Guerrero y Michoacán, pero no creo que pueda decirse que llevan ventaja. Y si ganan, gobernar no será sencillo.

Así que todo es en el DF. Por eso López Obrador empezó a presionar a Mancera esta semana. AMLO es muy buen candidato cuando logra polarizar el ambiente, y me imagino que quiere hacer algo similar ahora, actuando como candidato supletorio en toda la entidad. Tal vez se dé una vuelta a otros lugares, pero apostaría que más del 80 por ciento de su tiempo en esta campaña se dedicará al DF, incluyendo la conurbación del Estado de México, especialmente al oriente de la ciudad. Ahí está el 13 o 14 por ciento del padrón electoral, que ha dado entre 6 y 8 puntos de votación a la izquierda en elecciones anteriores. Eso representa 40 por ciento de la votación total de esa fuerza en elecciones intermedias, como las que tendremos en unas semanas. O la mitad si sólo consideramos al PRD.

Y ayer decíamos que es precisamente ésta la disputa relevante. PRD y Morena tienen 15 por ciento de la votación para distribuirse. Tal vez un par de puntos más, pero eso es todo. Al polarizar, López Obrador apunta a alcanzar la mitad de esa votación, mientras que el PRD ha concentrado sus esfuerzos en limitar la pérdida a un tercio. Los resultados los sabremos en poco tiempo, pero lo relevante es lo que sigue después.

En las elecciones de 2006 y 2012, cuando López Obrador se convirtió en un adversario importante (muy importante en la primera), logró levantar la votación de la izquierda en cerca de 10 puntos. Más de la mitad provenientes del PRI, y el resto como resultado de la polarización entre dos candidatos al cierre de las campañas. Pero esa polarización requiere estar cerca del primer lugar, para poder cosechar. Tal y como terminarán la elección de 2015, el PRD y Morena pueden tener entre 7 y 10 por ciento del voto nacional, cada uno. Mientras, PAN y PRI estarán entre 30 y 35, al menos. Rumbo a 2018, los 7 u 8 puntos que AMLO resta al PRI lo pondrían por debajo del 20 por ciento de la votación, lejos de los otros dos partidos, y por lo mismo sin capacidad de cosechar los votos finales.

Así que la única solución es que la izquierda se vuelva a unir para 2018, o será sólo testimonial, como lo fue por décadas. Pero al polarizar en este momento la elección en el granero de votos, me parece que la posibilidad de unirse después se reduce mucho, si no es que desaparece. Es decir, para poder ubicar a Morena en esta elección, AMLO dinamita la posibilidad de unidad en 2018. Eso sólo le deja un camino, terminar de destruir al PRD después de esta elección.

En esta tragedia de la izquierda, parecida a las disputas familiares por las herencias, su mayor riesgo es abrir el camino a otros, y convertirse rápidamente en irrelevante. Veremos qué ocurre.

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