Opinión

Rumba pactista, ¿blues del régimen?

 
1
 

 

(Shutterstock)

Ahora todos somos pactistas, pactólogos o pactófobos. Glosamos su historia y mentimos sin recato. Lo que olvidamos, para empezar por parte del gobierno federal y su jefe nato, es cómo se hacen, arman y se difunden los pactos. Y, desde luego, explicar para qué queremos pactar.

La versión actual, propuesta por el presidente Peña, convoca a la solidaridad de los comerciantes y productores así como a la 'razonabilidad' de los trabajadores y sus organizaciones como se hacía en el pasado, pero no dice cómo, ni de qué manera puede tenerse alguna idea, más o menos hilada, sobre la marcha de los acontecimientos que llevaron a las fuerzas políticas y sociales a pactar. Ya no se diga sobre cómo habrán de distribuirse sus costos y, eventualmente, sus beneficios.

La gastada metáfora del cinturón que se aprieta, usada por el señor Aceves de la CTM, es insuficiente, aunque eventualmente pueda servir de ayuda para ilustrar las asimetrías sociales que nos marcan y dividen. La defección de la Coparmex, junto con el un tanto ridículo show independista del gobernador de Morelos, pretendidamente representando los sentimientos de la Conago, no hacen sino dramatizar en el extremo lo que hoy vivimos y sufriremos: el fin de un régimen político que no por viejo dejó de servir, a su manera autoritaria y dilapidadora, al mínimo orden que toda comunidad, local o nacional, reclama como condición para sobrevivir, reproducirse y progresar. Eso se acabó y más nos vale hacernos cargo de ello cuanto antes.

El capitalismo siempre ha reclamado pactos de todo tipo para sobrevivir. Es tan inestable y propenso al desequilibrio que no puede sino depender de otras fuerzas, contrarias a su lógica primigenia, para subsistir y reproducirse. Las masas trabajadoras o los intelectuales descontentos; los agrupamientos civiles y hasta los herederos de grandes fortunas, en algún momento pueden plantear y plantearse un cambio en las relaciones de producción, lo que puede llevar a cambios mayores en las reglas políticas y las que median el conflicto obrero patronal, casi siempre distributivo, que está en el fondo del cambio tecnológico y de su ritmo. Si quisiéramos, así podríamos leer nuestra historia contemporánea.

Los trabajadores, del campo y la ciudad, tienen mucho qué ver con el cambio técnico, no les es ajeno y a lo largo de los siglos han dado lugar a gestas y sucesos históricos. Hoy se recuerdan esos acontecimientos pero se les mitifica y se pretende olvidar su significación histórica. Lo cierto es que el capitalismo no puede vivir ni reproducirse sin cambio tecnológico y que los efectos de este cambio ineluctable no siempre son aprehendidos ni entendidos oportunamente por los Estados y sus elites.

De ahí el papel de la movilización social, de las masas y su elites, que reclama protección e incorporación a la nueva circunstancia, así como la ira y furia que suplanta este reclamo cuando no hay respuesta. Es, digámoslo en vocablo premoderno, la lucha de clases que a más de gestar espectros propicia cambios técnicos e institucionales y políticos de gran envergadura.

Lo malo viene cuando a este reclamo se une un 'malestar en la cultura', como el que glosara Freud a principios del siglo pasado. Sin saberlo del todo, el médico austriaco anunció el arribo de una época de devastación que no sólo se nutría de la penuria material de la Gran Depresión y de la terrible derrota de la Primera Guerra, sino también y sobre todo de la realidad de un cambio existencial, por ende cultural, de la mayor trascendencia. Sin contar con instituciones o capacidades para encauzarlas o satisfacerlas, esas necesidades dieron lugar al más inimaginable de los horrores del siglo XX: un dictador volcado a la guerra y el saqueo; la persecución de los diferentes; la eliminación de los otros, los definidos como raza del mal.

Todo esto puede parecernos ajeno o incluso lejano. Pero no lo es tanto; podría estar llegando a nuestras playas o surgiendo de nuestros propios e indigestos intestinos. El cuerpo social y político no está en silencio; es decir, no está sano. Hay que hablar, oír y acordar; hacer uno o varios pactos. Los que sean necesarios, antes de que la tormenta estalle del todo.

Correo: economia@elfinanciero.com.mx

También te puede interesar:

Nacionalismo y autocracia
No es la economía... somos todos
De percepciones y tiempos