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07/06/2018

Los habitantes de la Ciudad de México somos los rehenes de cualquier problema, local o nacional, que no encuentre solución. Marchas, plantones, campamentos son habituales para ejercer presión. Ya hasta organizamos nuestra agenda conforme a los cierres de tránsito cuando se anuncian con anticipación. Los de la CNTE son frecuentes y han desquiciado innumerables veces a la capital. El campamento de AMLO cuando perdió la elección de 2006 fue terrible porque además de contar con el apoyo del gobierno local, ocasionó la quiebra de negocios y afectó movilidad. La amenaza de que si hay fraude -es decir, si AMLO así lo percibe-, se soltará el tigre y él no lo contendrá, generó un fuerte cuestionamiento de la opinión pública.

Aunque ya se da por ganador, AMLO sabe que mostrar capacidad de movilización refuerza esa percepción y pone en la balanza el riesgo de estallidos sociales. Hasta circulan videos en redes que lo ilustran. La CNTE vive de negociar prerrogativas. Sus dirigentes saben cómo actuar, conocen sus tiempos y ventajas. Se dedican de tiempo completo, viven, de forzar negociaciones. Así pues decidió retomar la lucha para recordar que sus peticiones siguen vigentes, liberar a maestros, incluidos los que estén detenidos por delitos del fuero común y no por los daños que ocasionan cuando se movilizan. Hoy el objetivo es la Reforma Educativa, su abrogación.

Voceros de Morena sostienen que los maestros fueron afectados y no están de acuerdo con la Reforma Educativa, que es una medida laboral que nada tiene que ver con mejorar la educación, que no se consultó y que se debe incorporar el punto de vista del magisterio. Y aquí la duda. Desde luego la Reforma Educativa, de rango constitucional, fue la vía para abolir prácticas indeseables de los sindicatos sobre sus agremiados. Ellos tenían la facultad de promover o no a los maestros, de darles acceso a beneficios desde prestaciones sociales, hasta decidir su ingreso, cuidar que sus plazas se heredaran o subastaran, y un largo etcétera. Desde luego una reforma que privilegiara el mérito propio y no la calificación del sindicato que nada tenía que ver con el desempeño académico, afectaba seriamente a los sindicatos, tanto a la CNTE como al SNTE.

Emprender esta reforma requería de que el Estado recuperase la rectoría de la educación, a fin de profesionalizar y capacitar al magisterio, bajo un nuevo esquema de incorporación y desempeño. En el esquema anterior no había incentivos para mejorar la calidad educativa, los sindicalizados tenían privilegios y, desde luego, no hacían caso de los directores o supervisores, que en muchos estados estaban ahí también por méritos sindicales. El profundo abandono en que el maestro se encontraba si osaba cuestionar al sistema fue terrible. Desde luego cambiar prácticas implicaba un nuevo orden y requería acabar con cuestionables beneficios.

A muchos maestros no les convenció la Reforma, porque ya estaban formados en un sistema de control corporativo y se acomodaban al mismo. A los sindicatos menos, porque perdían fuerza para imponer a sus allegados en cargos directivos para lograr más control del sistema educativo. Oaxaca llegó al absurdo pues prácticamente todo el sistema era controlado por la CNTE que imponía a los mandos medios y superiores. No había sanciones salvo las que el propio sindicato impusiera, por faltar a sus deberes con sus líderes magisteriales. Las cuotas sindicales engrasan la maquinaria y permiten consolidar su organización y avanzar cada vez con mayor contundencia, en el control de la educación.

Una Reforma Educativa requiere del apoyo de los maestros, lograrlo a través de los sindicatos era imposible. De hecho el rango constitucional fue lo que permitió cambiar el sistema de control sindical. Por eso se habla de afectación de derechos laborales, los cuales chocaban con un nuevo esquema de profesionalización. Por lo que implica para México y su destino la Reforma Educativa prosperó entre los partidos políticos, fue la primera en lograr unanimidad. Todos la votaron. La oposición de Elba Esther ocasionó su caída. La Reforma ha avanzado en dos planos, el laboral y el académico. Recordemos que las evaluaciones a nuestros niños resultaba en pobres resultados, penosos.

Buscar aliados para acceder al poder es algo muy natural en política. AMLO requiere de aliados y el magisterio es una gran fuerza. Es promesa del caudillo revertirla en defensa de los derechos laborales de los maestros, muchos otorgados por presión y sin contenido académico, de los alumnos nada se dice. Cómo proteger a los niños, como elevar la calidad educativa, cómo premiar desempeño, de contenidos no se habla, se evade con la famosa consulta. Porque para AMLO todo lo que no sabe como resolver va a consulta, ¿hasta los derechos humanos?

Regresar al sistema de control corporativo, que obliga a los maestros a subordinarse a los sindicatos a cambio de cuestionables prerrogativas de herencia o venta de plazas, de licencias sindicales, de ingresos y promociones por méritos sindicales y no académicos, es lo que está en la discusión. Morena, que piensa tener mayoría en el Congreso, ha dicho va a reformar la Ley de Servicio Profesional de Carrera para que no se evalúe a los maestros pues señalan eso es indebido. Y lo cierto es que se evalúa para capacitarlos, de no estar aptos se les capacita, si no logran tras varias rondas aprobar, se les reasigna y no se les ubica frente a grupo. Quienes se han negado o no asisten, pierden su plaza, pero antes hay muchos pasos para evitarlo. Los nuevos maestros, seleccionados por concurso, están frente a grupo y no en las marchas de la CNTE. Han perdido capacidad de movilización como se apreció este martes. La SEP señaló que el 98 por ciento de las escuelas funcionaron pese al paro convocado. ¿Le vamos a regresar el control a la CNTE?

En fin, retozó el tigrillo en la capital. Solo para prevenir otros escenarios. ¿Y si de veras fallan las encuestas? ¿Y si no gana AMLO? Sin duda habrá un caos. Pero es preferible enfrentarlo que vivir en él.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.