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24/05/2018

El pasado debate presidencial fue un show mediático, más que un ejercicio democrático de ideas y propuestas. Cada candidato fue a lo suyo. AMLO a escurrir el bulto y mantener su ventaja, sin caer en errores que pudieran costarle votos. Anaya a torpedear al puntero para obligarlo a responder y afianzarse como la opción de posible triunfo, desde una segunda posición. Meade con una nueva estrategia, más articulado y propositivo, en búsqueda de votos para subir en las preferencias luciendo sus cualidades. Jaime Rodríguez en busca de posicionamiento mediante acciones audaces para afianzar votos y mantenerse en el colectivo social.

De una u otra forma, todos lograron su objetivo, menos los electores. Hasta los conductores lograron notoriedad por su mala actuación. El nivel del debate fue muy bajo. AMLO exhibió su ignorancia frente a los temas, su nulo interés por proponer o explicar programa. Si acaso habló del tren transpeninsular del Istmo, que ya existe, de hacer de los consulados procuradurías de defensa de migrantes, función que por ley ya desempeñan estas representaciones. Ninguna propuesta seria. Se refugió en su guión: PRIAN son la mafia del poder, acabar con la corrupción con su ejemplo y voluntad resolverán todos los problemas. Los memes no se hicieron esperar. ¿cómo ganará la selección mexicana en Rusia? Acabando con la corrupción, así muchos e innumerables.

Anaya sí presentó propuestas en materia de política exterior y de negociación con EEUU, aunque utilizó la confrontación para provocar a AMLO; lo logró, pero el nivel bajó al grado de descalificaciones y bromas que no son lo que esperamos de un debate presidencial. En un debate se confrontan ideas e incluso se descalifican propuestas, pero se hace con base en argumentos, no en burlas. Que a muchos les parezca gracioso el robo de la cartera o el mote de Ricky Riquín, no avala este tipo de conducta frente a quienes esperaban un ejercicio democrático. Es increíble que lo que quede del debate sean estos episodios. ¿Y el país?

José Antonio Meade fue más propositivo, conoce los temas a profundidad y lo demostró, aunque aquí, contrariamente a lo registrado, su nivel de discurso no es accesible a grandes audiencias, porque no conocen ni siquiera los nombres de acuerdos o tratados internacionales, de la apertura comercial de México, ni del valor de la diplomacia como arma de defensa de la soberanía nacional. Sin duda el más capaz, también recurrió a ataques. El caso de Nestora Salgado ha causado polémica porque, como se lo cuestionaron a AMLO, nadie se explica la postulación de un personaje de negro historial, cuando hay tantas opciones de ciudadanos merecedores de ser representantes populares por sus trayectorias de lucha. AMLO defiende la postulación como una expresión de la pluralidad de Morena y señala fue exonerada.

Han surgido voces de perjudicados, de varios periodistas y defensores de víctimas de secuestro, que señalan que Nestora es legalmente libre, aunque aún hay procesos en su contra, que la CNDH condenó sus prácticas, aunque se justificaron en usos y costumbres, situación cuestionable porque Olinalá no está clasificado como municipio indígena, porque se pedía dinero para liberar a supuestos presos que fueron abusados y maltratados.

En el fondo lo que está en este debate es una concepción de justicia que contrasta entre amnistía y defensa de prácticas comunitarias indígenas, algunas muy cuestionables en términos de derechos humanos, que encabeza AMLO; y otra, que apela al Estado de Derecho, aunque reconozca otras prácticas, pero con apego a derechos humanos, como lo ha establecido la SCJN. Aún no sabemos si Nestora ha renunciado a su doble nacionalidad para poder ser electa, condición indispensable según nuestra legislación. Napoleón Gómez Urrutia sí lo ha hecho. Nestora se dice amenazada y pide a Meade una disculpa pública. El candidato ya rechazó hacerlo y se ubicó del lado de las víctimas. Usted juzgará posiciones.

Por último Jaime Rodríguez afianzó sus votos con una actuación que logró impactar, hizo algunas propuestas, pero lo que resaltó es que jugó con sus interlocutores, forzando a AMLO a estrechar manos a sus contrincantes tras haber ofendido a Anaya. Apeló a su madre como su héroe, situación que provocó memes que ubican a su progenitora y a AMLO como competidores por el triunfo del debate. En fin, es un personaje divertido que cumplió su meta de posicionarse. Ya en entrevista televisiva había logrado simpatizantes al confrontar a periodistas líderes de opinión con fuertes cuestionamientos sobre su labor, que ofendió a éstos, pero generó adhesiones al candidato independiente.

Lo más lamentable del debate fueron los conductores. Una cosa es encauzar el mismo, otra muy distinta, es considerarse parte del ejercicio, con opiniones, sugerencias y posturas propias como si fuesen actores del proceso. Fue Yuriria Sierra la más desubicada, sin que León Krauze se quedase atrás, ambos arrebatando la palabra a los candidatos, extendiendo el tiempo con sus propios comentarios, más que preguntas u orientaciones. En fin, es joven nuestra democracia. Faltan ejercicios de este tipo que se irán perfeccionando. Lamentable el nivel del debate, pero eso no es excusa para que de nuevo AMLO insinúe que se deben cancelar. Huye de riesgos, lo cual se entiende, pero no puede evadirlos, menos aún cuando su postura ha sido tan comodina de solo administrar su ventaja.

Las encuestas dan un favorito, el enojo y el voto de castigo prevalecen. Pero aún falta la recta final. Llegar a la meta implica un esfuerzo de todos los candidatos, lo merecemos los electores. Y desde luego, con un mejor nivel de discusión de los temas nacionales, sin bromas ni bullying. Es nuestro destino común lo que está en juego. La decisión es el 1º de julio.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.