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17/05/2018

La percepción es realidad en política y en comunicación. La comunicación moderna no es espontánea, se crea, se organiza, es una industria. Se emiten y se reciben mensajes que vinculan personas y grupos sociales. Así se forma identidad e imagen de personas e instituciones. Por eso es tan importante cómo se elaboran los mensajes, cómo se comunican y cómo se perciben. En una campaña política, para comunicar no hay que pedir, ni exigir, hay que seducir.

Al efecto, el mensaje debe considerar el clima y momento político, las expectativas de los electores, las características del candidato y de sus adversarios. El objetivo es posicionarse, esto es, quedar instalado en la mente, la emoción y el imaginario de los ciudadanos. Lograrlo implica centrar la comunicación en un mensaje eje o rector de la campaña, si bien habrá un mensaje específico para cada sector social que buscará las motivaciones para ganar su apoyo.

El mensaje es el discurso, es el fundamento racional, emocional, cultural, expresado a través de la palabra, las imágenes, la conducta, la expresión corporal, los símbolos, las metáforas empleadas para precisamente seducir y lograr el voto. El mensaje es lo que se dice, lo que no se dice y por qué, cómo se dice, es lo que perciben los electores. Debe sintetizar emoción y creatividad. Debe conocer y explotar la idiosincrasia, el imaginario del pueblo. Debe despertar pasión, utilizando las tendencias de la opinión pública, debe convencer, persuadir, de que esa pasión solo puede funcionar con el voto por esa opción.

El mensaje empero tiene sus limitaciones, debe ser creíble y coherente, aún cuando se dirija a distintos sectores sociales, no puede surgir de una ocurrencia, y de preferencia debe ser constructivo. Si bien debe buscar una ventaja exclusiva que lo distinga de la competencia, debe tener elementos racionales. El candidato debe convencer, no improvisar. La necesidad de que sea del agrado de los electores lleva a estimar el mejor mensaje es el deseo del ciudadano, así se cae en la demagogia. Seleccionar temas solo por el ranking en encuestas o por buscar voto corporativo es tentador, aunque a veces, lo que suma, resta.

Los candidatos presidenciales han armado su mensaje. Cada uno con propuestas y buscando a un público heterogéneo, lo cual ha implicado contradicciones que generan desconfianza. El más cuestionado en este campo es AMLO que habla para diferentes públicos, emite mensajes contradictorios, que sus voceros tratan de acomodar, pero que señala incongruencias que despiertan sospechas sobre su verdadero compromiso.

Ese es el talón de Aquiles que seguramente será explotado el próximo domingo en el debate que se celebrará en Tijuana con la participación del público asistente con un formato novedoso. Las contradicciones son notorias e inocultables. Tanto Meade como Anaya guardan congruencia en su mensaje, lo que les da credibilidad. El caso de AMLO es patético, pues en busca de mantener preferencias abunda en contradicciones.

Lo que sorprende es la ingenuidad de los electores. Descalifica empresarios, los ataca y luego manda mensajero para serenarlos. Se alía con la CNTE y el elbismo del SNTE, promete acabar la Reforma Educativa, habla de despidos injustificados e incluso de presos políticos (recordemos encarcelados por fraudes, violencia, y otros delitos) y antes suscribe compromisos con sociedad civil para mantener avances. Descalifica el proyecto del NAICM, para después centrase en el negocio, concesionarlo, y en automático es salvable, pese a críticas hechas. Promete seguridad para inversionistas en el extranjero, pero arremete contra la apertura de la Reforma Energética, y asegura a sus bases que recuperará nuestro petróleo.

La lista sigue y sigue. Promete bajar precios de gasolina, imposible ni con nuevas refinerías. De sus ocurrencias, trata de hacer propuestas, el caso de la amnistía es un buen ejemplo. No se compara la amnistía para luchadores sociales en México y en el mundo, con el pacto de impunidad con criminales, escudado en campesinos pobres y en consumidores criminalizados. Legislar para liberalizar y regular consumo es lo viable, acabar el negocio, no perdonar a quienes por lucro asesinan, secuestran y mutilan. ¿Qué decir de migrantes? Quiere convertir consulados en defensorías de éstos lo que sin duda es una clara injerencia en políticas de otro país, lo cual elevará el conflicto con EEUU y se abandonará la labor de promoción comercial.

Aunque mueve a risa, 'El Bronco' tiene razón en que AMLO se siente Santa Claus. Becas y ayudas para todos, por una u otra situación. Circula en redes el “Ya me vi” donde un jefe de familia cuenta los beneficios que recibirán y ya no tendrán que trabajar. Lo cierto es que el costo de sus ayudas supera por mucho el presupuesto público. Y una de dos, trata de cumplir sus promesas y genera presiones inflacionarias, o bien, aumenta impuestos o deuda, aunque lo niegue. No puedes dar lo que no tienes.

¿Qué decir de su estrategia de autosuficiencia alimentaria y precios de garantía? Hoy somos superavitarios en nuestra balanza comercial agropecuaria. Exportamos a febrero de 2018, 5, 838 MDD e importamos 4, 234 MDD, con un crecimiento del 13 por ciento respecto a 2017, el mayor saldo positivo en 26 años. La dinámica de las exportaciones agroalimentarias supera la venta de productos petroleros, o de las remesas o del turismo, de ese tamaño ha sido la transformación. Y ahora quiere que el Estado decida cultivos y fije precios, bajo la cuestionable autosuficiencia alimentaria, en un mundo globalizado, lo que llevaría al campo a un gran desastre, sin cumplir un despropósito.

Bajará sueldos a la alta burocracia, denigra el servicio público, dice que su ejemplo bastará contra la corrupción, lo que no sucedió en la CDMX. Dice que no usará avión presidencial, que ya lo ofreció en venta, sin explicar cuanto costarán sus traslados y de sus comitivas. En fin, el mensaje es fundamental en toda campaña política. Pero para seducir se requiere racionalidad y emotividad, con credibilidad. ¿Cuál es pues el verdadero AMLO? El rijoso y que divide, o el que pregona paz y amor. Ustedes deciden en que creer.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.