Rumbo a los debates que siguen: Evitar el naufragio
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Rumbo a los debates que siguen: Evitar el naufragio

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Rumbo a los debates que siguen: Evitar el naufragio

03/05/2018

No es la estabilidad política el vector principal de la circunstancia actual del mundo. Sus “brotes verdes”, para recordar aquella frase del presidente Obama relativa a una recuperación económica que muy pronto se tornó esquiva, pueden ser encontrados hoy en la Península de Corea y sus sugerentes reacomodos, sin duda auspiciados por la astucia y prudencia de la República Popular China pero, incluso en torno de la celebración por la cumbre de los mandatarios coreanos, no podemos cerrar los ojos a Irán y la furia trumpiana, o al sangriento cruce de caminos en la Franja de Gaza.

Más acá de esas enigmáticas periferias, donde se cuece el caldo de la nueva globalización y se afirma la ascendente centralidad de la potencia del “Reino del Medio”, en el centro de la economía y la política mundiales se agitan los peores humores y tentaciones autoritarias contra el régimen democrático erigido en la Segunda posguerra.

Ni Italia ni España, mucho menos Grecia, pueden presumir haber forjado renovados equilibrios para gobernar una incierta recuperación y modular un descontento social difuso y confuso pero que, por fortuna, ha podido ser canalizado en los votos, aunque sea por las convocatorias más antisistema de que se haya tenido noticia en las últimas décadas.

Los estadounidenses, por su parte, se empeñan en mostrar(nos) que su otrora envidiable edificio de pesos y contrapesos, instituciones y tradiciones para administrar su poder y mantener al mundo bajo control, denota cada día un desgaste pasmoso. Incapaz de salir de la corrosiva “guerra contra el terror” a la que convocaron sus gobernantes, ahora se asemeja más a una tragedia interminable. De hecho, funciona como matriz diabólica de todo tipo de inclinaciones racistas, autoritarias o nacionalistas sin que pueda advertirse luz alguna en el país de Lincoln.

Es de este contexto del que se nutren los Trumps que en el mundo pululan. Y seguirán hasta que la sociedad internacional haga una pausa y reflexione en el mundo, el de hoy y el de mañana, cuyos perfiles quedaron desdibujados por la Gran Recesión que irrumpiera hace diez años con el desplome de Lehman Brothers, el desborde de las deudas subprime y otras lindezas del artificio incontrolable de los “Golden boys” de Goldman Sachs, la City y Wall Street.

Diez años pueden ser vistos de diferentes maneras pero, lo cierto, es que hasta hoy han sido insuficientes para imaginar algún tipo de despeje de las ecuaciones que avasallan los reflejos de la economía global, su producción y sus finanzas. Lo que sí puede decirse, es que la “nueva” arquitectura financiera internacional sigue extraviada y, para muchos, se ha vuelto fuente de mayores desastres económicos, políticos y sociales.

De aquí la necesidad de mantener un estado de alerta y no archivar la sensación de alarma que allá por 2009 se generó en una parte del planeta y propició las acciones de emergencia emprendidas con relativo éxito por Barack Obama y Bernanke. Ahora lo difícil, sino es que imposible, es identificar los espacios donde habrían de dirimirse los términos y tiempos de una reconstrucción del orden internacional, siempre pospuesta para beneficio de unos poderes no tan clandestinos de la concentración financiera y la especulación con lo que se presente. Y, sí, el crimen organizado.

Nosotros vivimos en las goteras del epicentro y resentimos los impactos de una intemperancia convertida en arma de destrucción masiva por Trump y su banda. Más allá de que los equipos negociadores puedan urdir alguna batería de soluciones y concesiones para apurar la renegociación del TLCAN, lo que debería ocupar nuestros debates sobre el mundo y su globalización y, desde luego, sobre el rumbo a seguir para convertir a nuestra economía en una fuerza amigable con las necesidades de las mayorías vulnerables es hacer un giro que, sin ser abrupto, sea consistente y progresivamente reconocible como un desarrollo generoso socialmente y dinámico para el conjunto de la economía.

Insistir en más de lo mismo a partir de convicciones gastadas por la inercia y obnubiladas por la negación sistemática de la realidad, no sólo es dañino para quien se empeñe en esto; es destructivo para los tejidos productivos y de entendimiento que, a pesar de los pesares, han sostenido una estabilidad mínima en la economía y las finanzas, hasta en la política.

Los entornos se modifican; no es posible regresar las manecillas del reloj histórico. La sucesión presidencial y la cascada electoral que ha caído sobre todos, podría ser la ocasión para una reflexión colectiva que ubicara los eslabones más débiles de la cadena y abriera las ventanas para una ronda de búsqueda explícita de consensos.

Podemos, debemos repetirlo las veces que sea necesario: las cosas no pueden seguir como están ni como van. La clave oculta está en los tiempos, las pausas y los ritmos para evitar una desbandada y que el país reedite otro enclaustramiento donde lo único que nos quedara fuera el alboroto grosero y desordenado para evitar el naufragio.

Claro, lo primero es asumir que la nave ha encallado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.