¡No es la economía! ¡Son el Estado y la injusticia!
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¡No es la economía! ¡Son el Estado y la injusticia!

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¡No es la economía! ¡Son el Estado y la injusticia!

12/04/2018
Actualización 12/04/2018 - 11:57

Al leer las plataformas de los partidos en lo relativo a la cuestión social y el crecimiento económico, se echa de menos el reconocimiento de lo que se ha mostrado como esencial para cambiar el rumbo y enfilar al país hacia un desempeño económico menos hostil al bienestar social. Es decir, un curso de crecimiento que nos acerque a lo que se nos extravió en las últimas tres décadas de globalización acelerada con cargo a las señales y mandatos del mercado.

El haber caído en tal sumisión a una utopía abstracta es la razón de fondo de nuestras desdichas sociales, resumidas en una desigualdad económica y social prácticamente inconmovible y una pobreza de masas que afecta a casi el cincuenta por ciento de la población.

Ahí, en ese enorme continente humano, habitan los más vulnerables, menos educados y con menor acceso a los servicios públicos de salud. Carecen de seguridad social y obtienen ingresos que no rebasan los tres o cuatro salarios mínimos. Un panorama desolador que no puede sino abochornar al más curtido en las tragedias del desarrollo de las que nos hablara el sabio Hirschman.

Evitar otra de estas tragedias, para volver a vivir una desbandada generalizada de los jóvenes, la desazón generalizada de los adultos y la inepcia interconstruida de las elites, reales y supuestas, del poder y el dinero, debería ser el punto de partida de un proyecto nacional dirigido a asegurar nuestra subsistencia y sentar las bases de nuestra renovación como conjunto humano y social. Más no es de eso de lo que gustan hablar las falanges contendientes por el poder constituido.

La médula de esta espina tan dolida y ya torcida está en la reproducción de la desigualdad como fenómeno total, multivariado y omnipresente. Asumirla como variable universal de nuestra realidad y pivote de los usos y abusos del poder, debería ser consigna principal de toda fuerza y organización política y social comprometida con el país, sus instituciones y destino.

Pero en donde está el diablo, es decir en los detalles, uno encuentra una y otra vez que no hay tal cosa en el discurso y los sentimientos miliares de dirigentes y acompañantes. Que ahí, en las alturas, se habla de otra cosa y se piensa en dimensiones lejanas de esta oprobiosa matriz del dolor y el sinsabor.

En los núcleos profundos de este inventario ingrato está la incapacidad del Estado para reconocerlo y proceder a superarlo. También está la ingratitud multivalente de la política democrática con las bases de la sociedad, lo que se ha convertida en una auténtica deslealtad de los actores principales de dicha política con sus orígenes y mandatos primigenios, los que le dieran legitimidad de origen al cambio estructural del sistema político económico, desplegado a fines del siglo, bajo la insignia de una modernidad bien dispuesta para auspiciar nuevas formas de inclusión y cohesión social.

De movilidad y gestación de expectativas realizables para las nuevas generaciones que transformaban nuestra demografía.

Pero no ocurrió así, porque el cuerpo político emergente se engolosinó con las prebendas y las 'prerrogativas', como se les llama en el medio electoral, y se encerró en sus pequeñas y grandes miserias, sus compras y ventas de protección mientras el entorno democrático era colonizado por los poderes de hecho y sin derecho.

Al renunciar a realizar una reforma fiscal distributiva, a la vez que recaudatoria, los habitantes del Estado que se abría con la democracia renunciaron a hacer de éste un genuino Estado democrático. Porque al resignarse a no contar con los recursos suficientes, se renunció al desarrollo y se sepultó la justicia social.

Lo malo, que se ha vuelto lo peor con los años, es que con la supuesta 'justicia de mercado' lo que se ha impuesto es la injusticia en todas sus dimensiones. Sin Estado no hay democracia con sentido histórico y social; pero sin capacidades financieras e institucionales en manos de ese Estado, no hay legitimidad para él y sus dichos, usos y costumbres.

Si se va a hablar de la cuestión social como se debe, entonces hay que hablar del Estado, sus finanzas y capacidades. Y entenderlos como una asignatura que, de seguir pendiente, nos lleva a una implosión inmisericorde.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.