Lecciones: El crecimiento importa (I)
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Lecciones: El crecimiento importa (I)

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Lecciones: El crecimiento importa (I)

08/03/2018
Actualización 08/03/2018 - 12:35

A pesar de los muchos elogios que el grupo gobernante se dispense es claro para todos, o casi, que el desempeño económico del país ha sido deficiente, mediocre dicen algunos, y que su traducción al bienestar social se minimizó. El crecimiento de la economía ha tenido una trayectoria de cuasi estancamiento, apenas por encima del aumento demográfico, y la inversión ha declinado su ritmo de avance, en buena medida debido a la caída casi vertical de la inversión pública.

En estas condiciones, no podía sino propiciarse un empleo precario, en su mayoría mal pagado, en la economía llamada formal y en la que opera en condiciones informales. Además, la informalidad laboral registra grandes brechas en sus condiciones y remuneraciones. Su vulnerabilidad marca el panorama social en su conjunto.

El magro dinamismo de la actividad económica daña al conjunto de la vida social, y el declive de la acumulación de capital ha afectado ya el crecimiento potencial de la economía que podríamos esperar, de darse circunstancias de pleno empleo de los recursos disponibles. Se trata, al decir de Jaime Ros, de una trampa.

Por esto y más, el crecimiento económico sí importa. No para hacer comparaciones vanas, sino para tener las cimientes sólidas que sostengan un constante mejoramiento en nuestras condiciones de vida y convivencia. El estar hoy por encima del desempeño brasileño o argentino no da puntos de más al bienestar y la prosperidad de los mexicanos. Por eso es que resulta un tanto ocioso y odioso hacer comparaciones.

Como ejercicio intelectual y académico, no hay duda que los contrastes contribuyen a enriquecer nuestro aprendizaje. Pero lo importante es lo que aquí y ahora se hace, y los frutos que salgan de esas acciones.

A treinta años de que iniciara nuestra 'gran transformación' para normalizarnos como economía abierta y de mercado, es preciso pasar revista a esos y otros registros. Sólo a partir de un muestrario como el sugerido, podremos construir un diagnóstico certero y cercano a la realidad. También, diseñar formas consistentes y sensatas para empezar a abandonar la nefasta combinación de un crecimiento demasiado lento, con las carencias en salud, reproducción, cuidado, educación, formación y capacitación laboral. Qué decir de los elementales reclamos de una infraestructura fracturada y un mapa regional partido en mil y una realidades articuladas por la desigualdad, la vulnerabilidad y la pobreza masiva.

Como un colofón de lo anterior, que sería un obligado reconocimiento de nuestra dura realidad, será preciso poner sobre la mesa de los debates políticos y técnicos propios de las campañas electorales, la gran cuestión de los cómos. Para empezar, preguntarnos si es viable emprender un cambio en las formas de conducir la economía y, luego, sobre los ritmos y la profundidad de dichos cambios.

Hasta la fecha, los aspirantes han confundido la barandilla del Ministerio Público con el ágora ciudadana, mientras el Congreso en pleno se vuelve salón de compra y venta de baratijas, protección e intercambio de cábalas.

Es ahí, y en la oquedad discursiva de los candidatos y los suyos, donde se expresa la profunda gravedad del vaciamiento de la política democrática. El mayúsculo debilitamiento y corrosión del Estado desde el cual se pretende gobernar la economía, la sociedad y nuestro lugar en el globo.

Tendremos que (re)descubrir la importancia vital que puede revestir para todos la (re)conquista de la política. No sólo para restablecer el respeto y la tolerancia en que debe descansar toda democracia, sino para aspirar a contar con un Estado dispuesto a y en condiciones de (re)tomar las riendas sueltas de una economía flaqueante a la vez que veleidosa, y enfilarla por mejores y más seguros senderos.

El crecimiento importa y su cuasi estancamiento nos afecta a todos. Reconocerlo debería ser primera asignatura para los cursillistas y los aspirantes del poder. Pero para hacerlo y actuar en consecuencia se debe abandonar el mito del libre mercado y su magia ilusoria.

Lecciones de una treintena dolorosa: alimentos para darles la vuelta y trazar un nuevo curso de desarrollo. Darle a la política su lugar, sin la cual la economía se extravía.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.