La IP, glosa y propuesta
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La IP, glosa y propuesta

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La IP, glosa y propuesta

24/05/2018
Actualización 24/05/2018 - 11:01

Para frenar el ascenso de Andrés Manuel López Obrador, en palabras de Antonio Ocaranza, “la iniciativa privada ha intensificado sus esfuerzos por presentarlo como un líder mesiánico, intransigente, vinculado a una pléyade de políticos acusados de corrupción, con ideas tan pasadas de moda que condenarán a México al atraso económico. Cada declaración en materia económica que confronta a AMLO con los empresarios es magnificada y extendida en la cobertura mediática con la esperanza de que los votantes se asusten y desencanten y se reduzcan sus posibilidades de victoria (…). Al final de los ataques las preferencias electorales de AMLO aumentaron de 40 a 50 por ciento”.

Las acciones de la iniciativa privada, sigue Ocaranza, no afectan los votos de AMLO porque existe un gran divorcio entre los empresarios y la sociedad mexicana; en el artículo se consigna:

“Los empresarios son vistos como agentes de continuidad, no de cambio (…). El mensaje de la iniciativa privada se finca en la aversión al cambio, la promoción de la continuidad y el miedo a perder lo ganado, por eso no encuentra ninguna resonancia entre una población indignada, harta de abusos, corrupción, falta de oportunidades e inseguridad.

“La IP no resuena en la gente común: los empresarios carecen de mensajes alineados con los sentimientos y motivaciones del electorado y hablan de los problemas de México desde una perspectiva de negocio (…). La inseguridad la plantean en términos de rentabilidad y pérdidas contables (…). Salvo por el llamado de la Coparmex a elevar el salario mínimo, que otros organismos empresariales critican, las posturas de la iniciativa privada no despiertan simpatía en el ciudadano común (...).

“El activismo contra AMLO contrasta con su pasividad para presionar al gobierno a resolver los problemas más apremiantes (…) la inseguridad, corrupción y falta de crecimiento económico. Las críticas de la IP, cuando las hay, están suficientemente equilibradas para dejar constancia de un descontento sin incomodar a la autoridad.

“López Obrador puede vincular a los empresarios con la mafia del poder sin temor a represalias electorales porque el imaginario social ubica a la iniciativa privada del lado de la estructura de privilegios responsable de las injusticias y falta de oportunidades. Esta no es una creación de AMLO, él sólo se nutre de la impresión popular de que el empresariado es un pequeño grupo que lucha por mantener privilegios (…). El llamado empresarial a razonar el voto y mantener las reformas y el rumbo actual del país no encuentra eco (…)”.

Y concluye Ocaranza: “la clase empresarial y sus organismos cúpula (necesitan) replantear la forma en que desean participar en la vida política y revisar la manera en que se comunican con la sociedad”.

Si, como se señala en el mencionado texto, el hartazgo social “mata” el miedo, entonces bien harían todos los actores políticos (incluidos los empresarios y las organizaciones de la sociedad civil 'independientes') en hacer una lectura que no se quede en frases hechas como “siempre estaremos del lado de la ley y de la democracia; estamos dispuestos a construir con los gobiernos legítimamente electos, y también a levantar la voz, señalar y disentir cuando sea necesario” (desplegado publicado por el CCE el 7 de mayo).

Más allá de las expresiones brutales de la violencia criminal, cuya existencia debe ser cotidianamente repudiada (sería terrible que, como comunidad, pudiéramos llegar a legitimarla) no es el miedo, parafraseando al presidente Obama, sino un quiebre más profundo; una ruptura mayor entre el mundo donde transcurre el gobierno y la política institucional y el de millones de mexicanos.

El malestar tiene múltiples fuentes: impunidad, corrupción, violencia expansiva, falta de crecimiento, desigualdades abismales, resquemores… Por ello es que para empezar a (re)componer nuestros humores sociales no parece haber otro camino que abrir un curso de desarrollo que nos acerque a la trayectoria extraviada en las últimas tres décadas de globalización acelerada con cargo a las señales y mandatos del mercado.

La caída en la obediencia a una utopía abstracta es la razón de fondo de nuestro agrio humor público, expresión de nuestras desdichas sociales, resumidas en una larvada desigualdad económica y social; política y cultural.

El llamado debería ser a denunciar la supuesta justicia de mercado que se ha traducido (en los hechos y los derechos) en una injusticia multidimensional. Si se va a hablar de la cuestión social como se debe, entonces hay que hablar del Estado, sus finanzas y capacidades.

Sin Estado no hay democracia con sentido histórico y social; pero sin capacidades financieras e institucionales en manos de ese Estado, no hay legitimidad para él y sus dichos, usos y costumbres. El único llamamiento que hoy puede encontrar eco alguno es la reconstrucción de un pacto social nacional para el desarrollo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.