La canción de esta tierra
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La canción de esta tierra

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La canción de esta tierra

28/09/2017
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sismo
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Antes de que prospere la gran iniciativa de traer un lord protector internacional para evaluar los daños, diseñar los proyectos y vigilar el uso de los dineros, no estaría mal que se pasara revista a lo que se ha construido en México en esas y otras materias aledañas; tanto en los organismos especializados de las Naciones Unidas sobre desastres y reconstrucciones, como en nuestras propias agencias como la ASF, el Cenapred, el Sismológico Nacional, los institutos de Ingeniería y Geofísica de la UNAM o el Cinvestav del IPN.

Ahí tenemos grupos de investigadores, operadores, especialistas, no sólo dispuestos a compartir generosamente sus conocimientos sino a participar en las deliberaciones que tienen que llevarse cabo para estimar la magnitud de lo perdido total o parcialmente. Y, desde luego, para trazar la ruta más segura y consistente para una reconstrucción que, como se dice en el Marco de Sendai, debe verse y entenderse más como una transformación que como una mera reposición.

Lo perdido deja sus huellas pero la memoria es cada día más rejega. Pronto, uno descubre que las comparaciones no sólo son odiosas, también enseñan, aunque abusar de ellas como método principal de conocimiento puede llevar a conclusiones apresuradas, cuando no de planos erróneos.

Mucho nos enseñó el sismo del 85, de nuestros ingenios constructores y zapadores, de nuestras fallas mayúsculas en el control y registro de las normas y los reglamentos. Mucho más nos dijo aquel año trágico de las ganas solidarias de la población y de la búsqueda de caminos para la participación social y política. En el fondo, mucho nos dijo sobre nuestros subsuelos, físicos y mentales, políticos y morales.

De las profundidades sobre las que hemos construido nuestras tragedias nos habló con elocuencia el gran Cinna Lomnitz, siempre recordado y ahora presente de nuevo en el escenario trágico y doloroso de este redivivo 19 de septiembre 32 años después. En venturosa coincidencia, Héctor Aguilar Camín y Carlos Puig recogen en Milenio (26/09/17) algunas de las reflexiones y contundentes afirmaciones del científico que deben iluminar nuestro nuevo y doloroso recuento.

También deberían contribuir a insuflar algo de modestia en quienes ya distribuyeron los recursos, decretaron a la austeridad como única virtud cardinal y se aprestan a hacerse cargo de los mandos del Estado por la vía rápida.

Recupero algunos párrafos de lo escrito en 2004 por Cinna en el número de Nexos del 1 de septiembre: “(…) La investigación de los fenómenos críticos es bastante reciente, si bien su conocimiento ha avanzado considerablemente en la última década (…) las causas son tanto naturales como sociales (…) La solución del problema sísmico depende de la integración de conocimientos técnicos y científicos muy diversos, incluyendo el estudio de la tierra, de la construcción, de la política, de la economía y de la sociedad (…) El principio del desarrollo sustentable se basa en una necesidad urgente e imprescindible, no tanto de detener este rápido cambio (sería utópico), sino de utilizar la totalidad de los potenciales de desarrollo humano para equilibrar la evolución ambiental o natural con cambios positivos de tipo político y social (…).

“Las raíces sociales de estos importantes fenómenos pueden apreciarse mejor con un sencillo razonamiento: por una parte, es efectivo que los mayores daños sísmicos han ocurrido en ciudades del primer mundo tales como Los Ángeles (1994) o Kobe (1995). Sin embargo, el mayor número de víctimas se registra siempre en los países en desarrollo. Esta paradoja no puede ser casual (…). 

“Cabe recordar que el sismo de 1985 tuvo una magnitud de 8.1 en la escala de Richter; en la región epicentral —frente al puerto de Lázaro Cárdenas, Michoacán— apenas hubo tres muertos. Por otra parte, el sismo revistió características de desastre en la ciudad de México, a casi 400 kilómetros de distancia. Tampoco afectó de igual manera a toda la ciudad. Un factor decisivo fue el tipo de subsuelo.

“La parte baja de la ciudad de México está construida sobre una capa de lodo que tiene un espesor de 30 metros en promedio. Esa zona estaba cubierta originalmente por las aguas de una extensa laguna (…) El sismo produjo la destrucción de casi 400 edificios de siete a 18 pisos de alto, pero solamente en la zona baja que técnicamente se denomina Zona III (…).

“Es necesario comprender que los desastres sísmicos son parte del cambio global, y que la velocidad de dicho cambio es elevada. Sus efectos son de largo alcance. En 30 años, de 1930 a 1960, la ciudad creció de un millón a más de ocho millones de habitantes”.

Termino con un párrafo de la comunicación del Grupo Nuevo Curso de Desarrollo, publicada el martes en La Jornada “(…) México necesita un gran programa de reconstrucción que atienda la emergencia, que no ha sido superada, y contemple acciones de fondo (…) la magnitud de los daños requiere recursos adicionales, disponibles de inmediato (…)  tenemos que arribar a un régimen de impuestos y gasto público para la reconstrucción; a proyectos de planeación presupuestal y urbana que puedan ser evaluados y que fortalezcan al Estado, a fin de articular y promover formas renovadas de cooperación que hagan honor a la vasta solidaridad empeñada en estos aciagos días”. 

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