La austeridad ahoga
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La austeridad ahoga

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La austeridad ahoga

13/09/2018
Actualización 13/09/2018 - 11:54

Podemos suponer que, como predicó la señora Thatcher, ni aquí ni allá hay alternativas. Que todo se secó, como la enramada, al calor del gran vuelco del siglo con todo y su modernidad, barroca o no, diría Bolívar Echeverría. Y que, como magna sentencia, sólo nos resta aprender a vivir el presente continuo de una normalidad cada vez más anormal.

Así parecen pensar el presente y soñar el futuro los ilustres dignatarios de las burbujas de la riqueza y la oportunidad servida en la mesa, así como los entusiastas animadores del comportamiento del nuevo gobierno: entregado al regodeo irracional de una austeridad sin soluciones claras ni promisorias de continuidad y sin horizontes de desarrollo en su portafolio de inversiones. Pensar en caminos alternos se presenta como impertinente.

El campo prometido para debates sobre la economía y la política económica, reflexiones rigurosas y sin concesiones sobre los treinta años nada gloriosos, sigue en espera; las fintas arriesgadas durante los debates no llegaron a puerto reflexivo alguno. Sus panoramas sociales, por lo demás, se han borrado del discurso triunfador, precisamente en la hora en que más debían visitarse.

Por lo tanto hay que seguir insistiendo. México terminó el ciclo de la apertura externa y extrema con un crecimiento económico raquítico y un rostro social punto menos que deforme. Irreconocible para un Estado heredero de la primera revolución social y de una economía merecedora del decimoquinto puesto en el ranking mundial.

Muy lejos estamos de tener los resultados prometidos en materia social y muy cerca de la precariedad laboral, en tanto los empleos generados han sido incapaces de sostener una mejoría progresiva en los niveles de vida de los trabajadores. Para no hablar de sus expectativas y las de sus hijos.

La esperanza ha vuelto a brillar en el imaginario colectivo pero su materialización en bienes terrenales y en la reducción de las desigualdades entre las personas, las familias y las clases sociales, no ha tenido lugar ni parece poder hacerlo en el futuro previsible. Este binomio de la frustración ha dejado de ser un memorial de agravios de unos cuantos.

Los entusiasmos despertados por el gran vuelco de julio, tienen su fuente principal no en la humillación de los perdedores, como querrían algunos desaforados. Se nutren de las posibilidades abiertas por el reiterado compromiso de cambiar de rumbo en una dirección clara y directa: menor desigualdad, mayor protección y seguridad social y una perspectiva segura en materia de crecimiento material de la economía.

De esto se trata el gran dilema que el nuevo gobierno y su presidente tienen entre manos y, espero, en sus intenciones primeras y primarias. Los que tienen mucho deben asumir que toca a ellos hacer punta y contribuir al bien colectivo, tarea que sólo se puede realizar con un Estado benefactor y que, en gran medida, depende de ellos que el clima cooperativo despertado por la elección se traduzca en renovados y duraderos pactos para el desarrollo.

Ninguna duda tiene espacio para empezar a dar los primeros pasos en esta dirección. Nada está escrito, admitámoslo, y los escribas que ahora se acercan al nuevo poder lo saben y lo ocultan. Llegó la hora de tomar riesgos y construir las salvaguardas para siempre “fallar mejor” como recomendaba Beckett.

Lo que no puede hacerse es seguir la actitud del avestruz, el aquí no pasa nada. Ir más allá de paralizantes patrones.

Recordar a Roosevelt y asumir que de lo único que hay que tener miedo es del miedo mismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.