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05/07/2018
Actualización 05/07/2018 - 11:26

El tiempo apremia, pero los recursos no alcanzan: tal podría ser el primer parte al presidente electo enviado a su correo por sus secretarios de Hacienda y Gobernación. El apremio viene de una base esperanzada y descuidada y despreciada por muchos años, más de los que no pocos imaginaron que duraría su paciencia. La carencia se detecta en las cuentas fiscales y el acoso, elegante y no, de las (des) calificadoras que le ponen costo al endeudamiento externo y por esa vía 'empoderan' a los prestamistas directos e indirectos que operan dentro del país y su economía.

La responsabilidad fiscal y financiera prometida por el candidato triunfador en el momento de asumir su victoria, encara aquí su primera perspectiva adversa. Las expectativas despertadas y los compromisos anunciados forman una férrea pinza sobre las finanzas públicas con que empezará el nuevo gobierno. Asimismo, su compromiso de no aumentar impuestos en un contexto incierto en materia de precios petroleros acota el horizonte de la 'ingeniería fiscal' anunciada como puente inicial para sortear sus primeros dilemas políticos que, como suele ocurrir, son también financieros y económicos.

Estos y otros dilemas en el arranque tienen que ver con la pauta distributiva que se implantó en México desde los años ochenta. Al calor de los draconianos ajustes para sortear la crisis de la deuda externa y evitar caer en una letal cuchilla hiperinflacionaria, se congelaron los salarios y los mínimos se sumergieron, mientras que el largo receso productivo de aquellos años empeoró la precariedad del empleo y mermó las magras capacidades de alivio, protección y asistencia del Estado.

En tanto que la inflación no paró de inmediato, los salarios reales descendieron y el efecto de las transferencias estatales siguió el mismo curso. Fueron años de auténtica alarma en los servicios de salud y en la educación pública los sueldos reales cayeron con celeridad. El país entró así en otra trampa, más ominosa y dañina que la de la deuda: la trampa de la desigualdad que se reprodujo debido entre otras causas al mantenimiento de la política salarial a lo largo del tiempo y una estrategia social en extremo acotada por razones y criterios de estabilidad fiscal y financiera.

De esa trampa pasamos a otra de magro desempeño económico y del empleo formal y remunerado que, como señala Jaime Ros en su artículo sobre la economía mexicana en 2017 (Revista de Economía Mexicana. Anuario UNAM. Facultad de Economía, 2018) se ha reproducido a lo largo del siglo XXI para ahondarse después de la gran recesión hasta el panorama actual de una combinatoria nefasta de desigualdad, pobreza, mal empleo y penuria pública.

Cada uno a su manera, pero en grandes números, como lo indica la encuesta de EL FINANCIERO de este martes, los ciudadanos han identificado a la economía y la pobreza como los motivos que los llevaron a votar por un proyecto diferente al de la continuidad resignada promovido por el PRI y en buena medida por el candidato presidencial panista. En esos ejes se alimentará buena parte de sus expectativas y subsecuentes reclamos.

Crecer más con base en el mercado interno, superar la pobreza empezando por los más vulnerables y afectados por esas trampas, 'primero los pobres', formaron una batería que los votantes convirtieron en fuerza política avasalladora de las estructuras inmediatas de dominio, tal y como se expresan en la presidencia de la República, los gobiernos y congresos locales, el Congreso de la Unión y la conformación y distribución del poder político constituido en la capital de la República.

Hasta aquí el prólogo para acometer la siguiente y exigente tarea: conformar un nuevo gobierno cuyos miembros se hagan cargo explícito de dichos apremios y expectativas más que los que surjan en estas semanas. A la vez, tendrán que imbuirse de la dificultad innegable condensada en esta cruel ecuación de esperanzas acumuladas, satisfactores rejegos y escasos y un personal del Estado sometido a la inevitable incertidumbre del cambio de gobierno que muchos han empezado a ver como un cambio de régimen.

Asumir con claridad la negación del futuro en que se embarcaron los gobiernos anteriores es urgente. La estrepitosa e injustificable caída de la inversión pública resume hoy con intensidad y angustia esa sostenida renuencia de los dirigentes del Estado a crear los espacios y las condiciones mínimas indispensables para construir un porvenir mejor y sostenido. Lo grave es que la serpiente se ha mordido la cola y la falta de crecimiento y la renuncia a la reforma fiscal impiden avanzar de inmediato en una recuperación efectiva de las potencialidades estatales resumidas en la inversión pública. Seguirá así la penuria y la autofagia del propio Estado, hasta que podamos encontrar el extraviado hilo de Ariadna del crecimiento autosustentable.

De que hay vida después del desplome del actual formato de dominación política hay que estar ciertos, orgullosos y cautelosos. La democracia de la incredulidad cedió el paso a la democracia del compromiso ciudadano con sus principios y es ahí donde el nuevo gobierno va a encontrar sus primeras fuentes de alivio e inspiración. Pero no será suficiente y el tiempo que su victoria ha comprado e inventado, tiene que reforzarse con un tiempo construido racionalmente en el acuerdo político y una cooperación social de la que siempre se presume pero que suele ser huidiza. Y veleidosa.

Bienvenidos a los nuevos tiempos, que no podrán dejar de ser duros y nublados. De aquí el valor de una política del compromiso nacional y social, comunitario y regional, con el país todo. Si fallamos, este país que sufre y vota se nos 'irá de las manos' como temía el presidente De la Madrid, pero no sólo al gobierno entrante sino a todos, sin excusa ni pretexto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.